Charlotte Callahan, una brillante científica investigadora, desaparece sin dejar rastro durante una expedición. Lo que debía ser una misión de rutina termina convirtiéndose en el mayor descubrimiento de su vida... y en el más peligroso.
Despertar en un mundo desconocido, donde la naturaleza desafía toda lógica y criaturas imposibles habitan cada rincón, obliga a Charlotte a hacer lo único que sabe hacer: observar, analizar y sobrevivir. Armada únicamente con su conocimiento, una mochila llena de instrumentos científicos y una inquebrantable curiosidad, comienza a documentar cada hallazgo mientras busca desesperadamente una forma de regresar a casa.
Pero cuanto más se adentra en aquel mundo salvaje, más difícil resulta explicar lo que sus propios ojos contemplan... y aún más difícil ignorar al enigmático hombre de alas de fuego que parece observar cada uno de sus pasos desde las alturas.
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CARA A CARA
Capítulo 20
Charlotte:
El sabor de la carne magra cocinada a la brasa aún dejaba un rastro de calidez en el estómago de Charlotte mientras terminaba de ajustar las correas de su equipaje.
En la entrada de la cueva, las hojas de plátano silvestre que habían servido de envoltorio yacían dobladas sobre la piedra plana. Tras poco más de dos meses de aislamiento estricto, la deducción lógica no dejaba espacio a la duda: el ser que rondaba su refugio poseía una inteligencia superior, destreza para el uso de herramientas afiladas, comprensión de la dieta humana y una inclinación deliberada hacia su protección.
Charlotte se acomodó la correa del detector electromagnético sobre el hombro.
Sabía que la presencia andaba cerca, acechando entre el frondoso dosel del bosque.
Sin embargo, tras analizar que no existía una intención hostil, decidió congelar los dilemas filosóficos sobre la identidad de su benefactor.
No podía permitirse el lujo de perder días intentando cazar sombras cuando su principal objetivo de supervivencia seguía siendo entender las anomalías de ese planeta para poder regresar a casa.
Caminó hacia la mesa de trabajo donde descansaban los frascos de su bitácora.
—Si las criaturas alfa migran hacia el corazón de las Rocas Negras no es por casualidad —murmuró para sí misma, encendiendo el pequeño monitor portátil del sensor de campo.
Durante semanas había formulado una hipótesis sólida: las vetas de magnetita entretejidas con cristales desconocidos en la formación rocosa no solo alteraban las brújulas, sino que actuaban como un amplificador telúrico.
Emitían pulsos electromagnéticos de baja frecuencia que chocaban directamente con el sistema nervioso central de las bestias locales.
Para los grandes depredadores del continente, la zona no era un territorio aleatorio; era una brújula biológica, un faro invisible que despertaba sus instintos territoriales más agresivos.
Para aventurarse de nuevo en esa zona caliente, Charlotte no escatimó en preparación.
Se colocó el voluminoso traje ceremonial de fibras, se aplicó la capa de resinas aromáticas para enmascarar su rastro e integró a la parte posterior del pesado cráneo cornudo una mascarilla artesanal con filtro de carbón activado y capas de tela húmeda.
En su cinturón acomodó su silbato de alta frecuencia, el aerosol de disuasión biológica y su arma principal: una lanza de dos metros con varal de madera densa y una punta cónica tallada en aleación mineral reforzada con resina vulcanizada.
Sabía que la lanza apenas serviría para mantener a raya a una bestia mediana, pero su verdadero as bajo la manga descansaba en el bolsillo táctico de su pecho.
Eran tres ampollas de vidrio de doble compartimento.
Dentro de ellas había aislado un extracto alcaloide altamente concentrado de plantas locales y un ácido mineral volátil extraído de las vetas.
Separados por una delgada capa de cera, los líquidos permanecían inofensivos; pero al romperse mediante un choque mecánico violento, la reacción exotérmica cruzada desataba un gas denso, altamente irritante para las vías respiratorias y las mucosas oculares de cualquier ser vivo.
Con la lanza en la mano derecha y el detector pitando en la izquierda, Charlotte abandonó el refugio y se adentró en la espesura hacia el extremo occidental de las Rocas Negras.
Desde la horqueta superior de un roble ancestral, Zaeryn observaba la silueta cornuda avanzar con paso firme por el sendero.
El príncipe Fénix ya no hacía el menor esfuerzo por ocultar los leves crujidos de las ramas a su paso.
Sabía que la científica notaba su proximidad, y le resultaba fascinante la forma en que ella continuaba con sus rutinas, aceptando la tregua silenciosa entre ambos.
Al verla avanzar con su bizarra vestimenta de fibras y aparatos que emitían pitidos rítmicos le provocaba una mezcla inusual de respeto y cautela.
Las lecturas del sensor en las manos de Charlotte comenzaron a elevarse.
El medidor digital mostraba oscilaciones erráticas y un zumbido agudo empezó a brotar de la caja de metal.
—Frecuencias de trescientos hertz... la carga está aumentando exponencialmente —dijo Charlotte en voz alta, deteniéndose junto a una pared de roca negra cubierta de vetas cristalinas purpúreas.
Absorta en la pantalla del sensor, ajustando los potenciómetros con sus dedos enguantados, no notó la alteración en el viento.
En lo alto del árbol, los párpados de Zaeryn se contrajeron. Sus pupilas se dilataron al percibir una sombra que se desplazaba sin emitir el menor ruido entre los arbustos a espaldas de la mujer.
Era un acechador de riscos: una bestia masiva, de extremidades muscularmente hipertrofiadas y piel mimética que cambiaba de tono al contacto con las rocas. El depredador se arrastraba con una lentitud escalofriante, aprovechando el zumbido del aparato electromagnético para ahogar el sonido de sus garras contra la grava.
Estaba a menos de cuatro metros de Charlotte, tensando las patas traseras para el zarpazo letal.
Charlotte, concentrada en tomar una muestra con la mano libre, escuchó de pronto un chasquido seco detrás de su nuca.
El instinto la hizo girar el rostro.
Lo único que vio fue la masa oscura de la criatura proyectándose sobre ella, con las fauces abiertas y hileras de colmillos amarillentos a centímetros de su rostro. No había tiempo para levantar la lanza. No había tiempo para retroceder.
Antes de que las garras tocaran el traje de la científica, el cielo sobre el cañón pareció rasgarse.
Un estruendo sónico retumbó entre las paredes de piedra.
Una masa ardiente bajó en picado desde el dosel del bosque como un meteorito desencadenado.
¡BOOM!
El impacto contra el suelo levantó una ráfaga de aire caliente, tierra y esquirlas que arrojó a Charlotte un par de metros hacia atrás, cayendo de costado sobre la gravilla.
Aturdida tras la máscara, Charlotte alzó la vista y la imagen que presenció congeló el aire en sus pulmones.
En el centro del claro, cubriendo el cuerpo del depredador sometido bajo sus garras, se erguía una figura impresionante.
Era un hombre de porte guerrero y muscular, con el torso al descubierto manchado de hollín y marcas doradas, y dos descomunales alas compuestas por fuego plasmático e incandescente que rugían con el ímpetu de una tormenta de llamas.
Zaeryn emitió un rugido gutural que resonó con la vibración de un trueno.
Con la mano desnuda envuelta en fuego ancestral, sujetó la mandíbula del acechador de riscos y lo arrojó violentamente contra la pared de piedra.
La bestia, sofocada por el calor extremo y las quemaduras de tercer grado en su lomo, lanzó un aullido de puro terror y huyó a toda prisa perdiéndose entre las breñas.
Charlotte se quedó petrificada en el suelo, con la mente bloqueada.
La física moderna, la biología y la termodinámica colapsaron en su cabeza al mismo tiempo.
Un hombre con alas de fuego puro.
Fuego que no consumía su piel.
Sin embargo, el peligro no había terminado.
El olor a sangre atrajo de inmediato a un segundo depredador.
Oculto entre el humo del impacto, un segundo acechador de mayor tamaño emergió de la espesura, abalanzándose de forma traicionera por el flanco ciego de Zaeryn mientras este reajustaba su postura de combate.
—¡Atrás! —gritó Charlotte.
Su entrenamiento y su instinto de conservación reaccionaron por encima del choque sicológico.
Sin dudar un solo segundo, la científica se llevó la mano al bolsillo del pecho, extrajo una de las ampollas de doble compartimento y se aseguró el filtro de la máscara contra el rostro.
Con una precisión quirúrgica, Charlotte lanzó el matraz de vidrio directamente al hocico del monstruo que se abalanzaba sobre el guerrero.
El matraz chocó contra la placa ósea de la cabeza del animal y se fracturó.
La mezcla exotérmica del ácido mineral y los alcaloides volátiles reaccionó en una fracción de segundo.
Una detonación seca liberó una nube densa, amarillenta y concentrada de gas irritante.
El depredador frenó de golpe en el aire, cayendo torpemente al suelo.
El compuesto químico penetró al instante en sus fosas nasales y ojos, provocándole un espasmo violento de asfixia y ceguera temporal.
La bestia comenzó a sacudir la cabeza con desesperación, clavando su propio rostro con las garras antes de dar media vuelta y huir despavorida entre los matorrales, dejando tras de sí un rastro de bramidos agónicos.
Charlotte dejó escapar un par de toses ahogadas tras el filtro por la densidad del vaho que se disipaba a su alrededor, pero permaneció firme, apoyándose en su lanza para ponerse de pie.
En el centro del claro, Zaeryn replegó sus alas lentamente.
El fuego incandescente que lo envolvía fue extinguiéndose en un suave chisporroteo de destellos dorados que se reabsorbieron sobre su piel, revelando los contornos de su rostro y su torso.
El príncipe Fénix giró despacio la cabeza hacia Charlotte.
Sus ojos del color del fuego, encendidos por la adrenalina de la batalla, se fijaron en la mujer.
Estaba genuinamente impresionado: no había visto magia, sino una reacción rápida, fría y metódica con la que la hembra le había salvado las espaldas.
Zaeryn dio un par de pasos lentos y cautelosos hacia ella.
Instintivamente, Charlotte reaccionó a la defensiva, retrocediendo medio paso y empuñando la lanza con ambas manos, apuntando el mineral afilado hacia el pecho del desconocido.
Zaeryn se detuvo a tres metros de distancia.
Observó la lanza, luego los ojos de Charlotte tras las aberturas del cráneo de la máscara, y dejó escapar un largo suspiro.
—No te voy a hacer daño —dijo el Fénix.
Su voz brotó profunda, grave y resonante, cargada de un acento antiguo pero con una claridad impecable que retumbó en los oídos de la científica.
Charlotte se congeló.
La lanza tembló levemente en sus manos.
Podía entender su idioma.
No era un monstruo, ni una criatura salvaje; era un ser sintiente, con lenguaje, conciencia y la misma voz noble que intuía detrás de los regalos en la entrada de su cueva.
Poco a poco, Charlotte bajó la punta de la lanza hasta apoyarla en el suelo.
Llevó sus manos hacia la parte posterior de su cabeza, desató las correas de cuero y se retiró el pesado cráneo cornudo junto con la mascarilla de filtro de carbón.
El aire fresco de la montaña le dio de lleno en el rostro.
Su cabello se agitó con la brisa matutina y sus ojos, cansados pero encendidos por una curiosidad científica insaciable, sostuvieron directamente la mirada del príncipe de fuego.
A la luz del día, rodeados por el humo de la química y las chispas extinguidas del fuego ancestral, el guerrero Fénix y la mujer de la Tierra se contemplaron cara a cara por primera vez.
De verdad, la mente de un científico porque tiende a ser tan compleja a la hora de empatía o ceder en algo a temas del corazón.
Vaya mujer 😔
pq, pobre pichoncito 🐦
su relación con la dra está más enrredada que unos fideos/Frown/