Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 4
Hay lágrimas que no despiertan compasión; sin embargo, sí provocan una atractivamente peligrosa obsesión.
AZRAEL
Me muevo sobre el asiento de cuero oscuro cuando la azafata me indica que ya estamos por aterrizar. Miro por la ventana y el paisaje de luces canadienses me obliga a respirar profundo un par de veces. No recuerdo cuándo fue la última vez que estuve aquí y, pese a que en esta ocasión solo vengo para poner orden a ciertas ratas traicioneras que entorpecen mi camino, no puedo evitar sentir algo extraño en lo más profundo de mi ser.
Un par de minutos después, la brisa fría —peor que la de Rusia, aunque sigan sin poder compararse— me golpea el rostro en cuanto bajo del jet. Acomodo las solapas de mi traje y desciendo junto a Vladimir, mi mano derecha y encargado de la seguridad. Un par de camionetas esperan en la pista; los guardias me abren la puerta y me apresuro a subir. Quiero terminar mis asuntos aquí lo más rápido posible.
Sin embargo, los gruñidos de mi estómago me obligan a pedirle al chófer que se dirija al mejor restaurante de la zona; en mi jet no había nada para comer que fuera de mi agrado, un detalle que, por supuesto, no pasaré por alto.
—Creo que deberíamos ir directo al hotel, señor —habla Vladimir a mi lado.
Lo miro y enarco una ceja, exigiéndole una puta razón.
—Acaba de llegar y debemos ser precavidos —suelta—. No podemos arriesgarnos a que se enteren de que ya está aquí.
Sé de quién habla, pero prefiero no darle importancia ahora mismo. Lo último que deseo para terminar mi día es preocuparme por ese imbécil de Brown.
La estructura lujosa se alza frente a nosotros minutos después. Los guardias bajan y se alinean según las órdenes de Vladimir. Tras confirmarme que la zona está custodiada, me encamino a las puertas de cristal que me dan la bienvenida. Grandes candelabros cuelgan del techo; la atmósfera es tranquila, sumamente lujosa y, por suerte, no hay mucha gente.
Me guían hasta una de las mesas más apartadas. Justo cuando me siento, el móvil suena e ignoro la llamada al ver quién es.
—¿Has investigado todos los detalles de la empresa que nos está jodiendo? —le pregunto al alemán frente a mí. Él asiente.
—Mañana a primera hora podrá aparecer allí como un cliente más —me informa.
—Bien.
Sacio el hambre tras un par de platos y agradezco haber podido comer tranquilo; por suerte, ya no me duele la cabeza. El camarero retira los platos y, poco después, la brisa vuelve a azotarme la piel al salir del local. Las camionetas esperan con las puertas abiertas y, justo cuando estoy por subir, el móvil vibra en el bolsillo de mi saco. Contesto sin más al ver el número privado.
—¿Qué diablos quieres? —espeto, intentando no arruinar mis cinco minutos de paz.
—Solo quería darte la bienvenida a mi territorio, Azrael Smirnova —suelta el maldito al otro lado. Y justo cuando estoy por responder…
—¡Al suelo! —grita Vladimir.
Bajo la vista y veo el punto rojo marcándose en mi camisa. Para cuando reacciono al empujón del guardia, siento el impacto en mi costado.
—¡Hijo de perra! —mascullo al caer.
La lluvia de balas que inician mis hombres hacia la terraza del edificio no se hace esperar.
—¡Le han dado! —grita un guardia al ver la sangre—. ¡A un hospital ya! El resto, encárguense de ese miserable —escucho ordenar a Vladimir. Me pongo de pie con ayuda y subo a la camioneta que arranca a toda velocidad.
El olor a antiséptico es algo que odio tanto como a Brown. Sin inmutarme, dejo que el médico termine de suturar la herida.
—Por suerte solo fue un roce profundo —dice—. Mantenga la zona limpia y evite movimientos bruscos mientras tenga los puntos.
El sujeto sale, dejando sola a la asistente que recoge el instrumental. Vladimir me acerca la chaqueta y me la pongo antes de bajarme de la camilla.
—Con cuidado, señor.
Lo ignoro. Me pongo de pie y me acerco al ventanal donde el paisaje nocturno salta ante mis ojos.
—Ocúpate de traerme la cabeza de quien me disparó —demando. Él asiente y se aleja para hacer las llamadas pertinentes.
La asistente no me quita los ojos de encima. Sé que quiere que la empotre contra la pared, pero no estoy de humor. Intento centrarme en la vista, pero la acción queda a medias cuando un grito emerge desde el pasillo, seguido de un llanto que taladra mis oídos y mueve cada fibra de mi cuerpo.
Como si mis pies tuvieran voluntad propia, me muevo hasta la puerta y me asomo por la pequeña ventana de vidrio. Mis ojos la encuentran: la fuente de dicho lamento. Una mata de cabello cobrizo se extiende por su espalda mientras ella se encorva, cayendo de rodillas al suelo. Un escalofrío me recorre la médula cuando levanta el rostro hacia el doctor.
¡Joder! Es preciosa.
Sus ojos están llenos de lágrimas y sus mejillas teñidas de un rosado que me enciende y me estremece en segundos. El médico dice algo que no alcanzo a escuchar; mis oídos están absortos en su llanto, en ese dolor que parece taladrarle el alma. Jamás he escuchado a nadie llorar así, ni siquiera a los que he sometido y que han muerto suplicando piedad antes de que les enterrara los tiros o les extrajera los órganos en vida.
No sé qué me causa su llanto. Quizás sea por ser el ser femenino más hermoso que han detallado mis ojos, pero no puedo apartar la vista. Ni siquiera esas lágrimas merecen tocar ese rostro angelical.
—Quiero saber todo de esa mujer —ordeno sin más.
—¿Habla en serio, señor?
—Y lo quiero para ayer —demando.
Es imposible dejar de mirarla. Su rostro parece tallado por demonios. Es, simplemente, la mujer más hermosa que he visto en mis veintiocho años. Me veo obligado a apartarme cuando el médico se la lleva para intentar consolarla. Vladimir me mira como si tuviera dos cabezas, pero no cuestiona; vuelve al móvil a dar órdenes. Yo aíslo todo sonido y vuelvo a recordar ese llanto que se ha quedado clavado en mi cabeza.
DASHA
No sé cuántas horas han pasado desde que salí de aquel hospital con el alma hecha trizas y el peso de dos mundos destrozados sobre mis hombros. El agua de la ducha me cae encima mientras sigo tirada aquí, con las rodillas contra el pecho. Creo que ya no me quedan lágrimas.
La cabeza me duele, pero no se compara con el dolor que me corroe el pecho.
—Dasha, debes salir ya —dice Tristán apareciendo—. Debes cambiarte, los niños te esperan.
Al nombrar a los niños, el dolor se intensifica por mil. ¿Cómo olvidar sus caras cuando tuve que decirles lo que le pasó a su madre? Ambos se refugiaron en mis brazos y lloraron sin hacer ruido; sin embargo, yo los escuché romperse contra mi pecho. Los entiendo. ¡Joder, claro que los entiendo!
Dejo que Tristán me ayude a ponerme de pie. Me lleva a mi habitación y me ayuda a vestirme para el funeral de mi hermana. Me pongo un vestido largo, unas zapatillas bajas y dejo mi cabello húmedo suelto. Tristán me entrega el abrigo y salimos.
Al llegar al pie de la escalera, escucho la pequeña voz de Kael hablando con Lisa. Debo enderezar los hombros e intentar sostener el peso de esto. Debo ser fuerte para ellos, aunque mi mundo se esté desmoronando. En cuanto llego a ellos, Kiara corre a mis brazos. La alzo, pegándola contra mí, y ella hunde su cara en mi cuello. Le pido a Tristán que cargue a Kael y yo me las apaño para sostener a Kiara mientras caminamos.
—Todo estará bien —les aseguro.
Y así, con el corazón en un hilo, salimos hacia el auto que nos llevará a la funeraria.
El trayecto hacia la funeraria fue un borrón de luces grises y nieve sucia amontonada en las aceras. El silencio dentro del auto era tan denso que podía escuchar la respiración entrecortada de los niños. Kiara no soltaba mi mano; sus dedos pequeños apretaban los míos con una fuerza que me recordaba que, aunque yo me sentía una niña perdida, ahora era el roble al que ellos se aferraban.
Cuando el auto se detuvo frente a la imponente estructura de piedra gris, un escalofrío me recorrió la columna. Odiaba estos lugares. Odiaba el olor a flores muertas y el falso consuelo de las paredes tapizadas.
—Ya llegamos, mis amores —susurré, aunque mi voz sonó como si viniera de otro código postal.
Tristán bajó primero y me abrió la puerta. El aire gélido de marzo me golpeó el rostro, ayudándome a enfocar la vista. Al bajar, vi el cartel digital en la entrada.
Sienna Rossi – Sala A
Ver su nombre allí, asociado a una sala de velación, fue como recibir un puñetazo en el estómago. Me tambaleé, pero la mano firme de Tristán en mi espalda me sostuvo.
—Respira, Dasha. Solo respira —me pidió él en un susurro.
Tomé a Kael de la mano y cargué a Kiara, quien se negaba a caminar. Al cruzar el umbral, el calor sofocante de la calefacción y el aroma penetrante de los lirios blancos me marearon. La sala estaba llena de gente de la empresa, amigos cercanos y conocidos, pero para mí, el lugar estaba vacío. Solo existía el ataúd de madera clara al fondo, rodeado de coronas de flores que no podían devolverle la vida.
Caminé por el pasillo central. Cada paso pesaba una tonelada. Sentía las miradas de lástima clavadas en mi nuca, los susurros de "pobre chica" y "qué hará con esos niños". Apreté la mandíbula. No quería su lástima.
Me detuve a unos metros del féretro. Mis ojos se nublaron. Allí estaba ella. Parecía que solo estaba tomando una de sus siestas de tarde, pero la rigidez de su rostro y el maquillaje excesivo de la funeraria gritaban la verdad.
—Mami está durmiendo mucho, tía —susurró Kael, tirando de mi mano.
Se me rompió el corazón en mil pedazos. Me puse a su altura, abrazándolos a ambos frente al cuerpo de su madre.
—Sí, mi vida. Ella está descansando —mentí, con la garganta ardiendo.
En ese momento, el sonido de unos tacones afilados golpeando el suelo de mármol interrumpió el luto. Una fragancia de perfume caro y rancio inundó el aire antes de que ella hablara.
—Vaya, qué escena tan conmovedora —la voz era gélida, cargada de un veneno que reconocería en cualquier parte.
El aire en la capilla se volvió irrespirable en cuanto Elena puso un pie cerca de nosotros. Su sola presencia me revolvía el estómago. Verla allí, vestida de un luto impecable que no sentía, era el insulto final para la memoria de mi hermana.
—Tristán, por favor, llévate a los niños un momento —le pedí, sin quitarle los ojos de encima a la mujer frente a mí.
—Dasha... —intentó protestar él.
—Ahora, por favor.
Esperé a que los pasos de mis sobrinos se alejaran. No iba a permitir que esos pequeños escucharan el veneno de la mujer que los desprecio desde el vientre. Con un gesto de cabeza, le indiqué a Elena que me siguiera a una de las salas privadas de descanso al fondo del pasillo. En cuanto la puerta se cerró, el silencio cayó sobre nosotras como una losa de cemento.
—¿Qué haces aquí, Elena? —espeté. Mi voz no era más que desprecio—. Tienes mucho valor al presentarte después de años de decidir qué son invisibles para ti.
Elena soltó una risita seca mientras se ajustaba los guantes de encaje.
—Soy su madre, Dasha. Tengo todo el derecho de estar en el funeral de mi única hija.
—¿Derecho? —Me acerqué a ella, sintiendo cómo la sangre me hervía—. Perdiste cualquier derecho el día que Sienna te llamó llorando, aterrada porque estaba embarazada, y tú solo le ofreciste dinero para un aborto. La echaste de tu vida como si fuera basura por "meter la pata". No la buscaste cuando nacieron los niños, no estuviste en sus cumpleaños, no estuviste cuando ella se mataba trabajando para que no les faltara nada.
Elena enarcó una ceja, imperturbable. Su frialdad era casi inhumana.
—No sabía que eran dos —comentó con desapego, mirando hacia la puerta por donde se habían ido los mellizos—. Un error doble, por lo visto. Pero no vine a hablar de sentimentalismos baratos, Dasha. He venido a saber qué pasará con los bienes de Sienna. Su cuenta bancaria, su seguro de vida y esa propiedad que compró el año pasado.
Me quedé sin habla. El corazón me dio un vuelco de pura indignación.
—¿Bienes? Tu hija está en un ataúd a unos metros de aquí y tú solo piensas en el dinero.
—Soy su heredera legal —declaró ella con una sonrisa gélida—. Y también he estado pensando en los niños. Una mujer como tú, tan joven y... tan entregada a la vida nocturna, no puede hacerse cargo de dos criaturas. Ya he estado buscando opciones. Hay un internado en las afueras de la ciudad, muy prestigioso. Estarán bien allí hasta que tengan la edad suficiente para no ser una molestia.
El mundo se detuvo. La imagen de Kiara y Kael, tan pequeños y vulnerables, encerrados en un internado bajo el control de esta mujer, me dio la fuerza que creía haber perdido.
—Sobre mi cadáver —sentencié, dando un paso que la obligó a retroceder—. No vas a tocar a esos niños. No vas a tocar ni un centavo de lo que Sienna dejó para ellos. Lárgate de aquí ahora mismo, Elena. Lárgate antes de que olvide que estamos en una funeraria y te saque a rastras yo misma.
Elena me sostuvo la mirada un segundo, evaluando la furia en mis ojos. Se acomodó el abrigo con una parsimonia exasperante y caminó hacia la puerta.
—Disfruta tu pequeña victoria, Dasha Lincor —dijo antes de salir—. Pero recuerda que la sangre pesa más que la amistad ante un juez. No me quedaré de brazos cruzados viendo cómo te quedas con lo que me pertenece. Volveré, y para entonces, más vale que tengas mejores argumentos que tus gritos y tu sentimentalismo barato.
La puerta se cerró con un clic metálico. Me quedé sola, temblando de rabia, Me apoyé en la pared, sintiendo que las piernas me fallaban y la respiración se me volvía irregular.