El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 14 — Entre la Vida y la Muerte
El mundo de Christine se había deshecho en niebla fría y oscuridad. No había dolor, ni miedo, ni recuerdos: solo un vacío suave y pesado, como si flotara en un sueño del que no podía despertar. A veces, entre sombras, escuchaba voces lejanas, ecos que la llamaban, que le suplicaban que volviera. La voz de él, grave y rota, la voz que conocía mejor que la suya propia, diciéndole que luchara, que no se rindiera, que él la esperaba. Y cada vez que esa voz llegaba, su corazón daba un vuelco, y con ello, una chispa de fuerza regresaba, suficiente para no dejarse hundir del todo en la oscuridad.
En la habitación, el tiempo se había detenido en un limbo de tensión y miedo. El médico trabajaba con manos temblorosas, mezclando líquidos en frascos de cristal, midiendo gotas con precisión extrema, mientras Damon permanecía junto a la cama, inmóvil como una estatua de piedra, sin apartar los ojos de ella ni un instante. Su pulsera, su reloj, todo lo que llevaba puesto parecía pesarle, como si cada segundo que pasaba sin que ella abriera los ojos fuera un castigo personal.
—El antídoto está listo —dijo el médico, con voz apenas audible, sosteniendo una jeringa con un líquido transparente—Pero debo advertirle, señor: su sistema está muy débil. La reacción podría ser violenta. Si su corazón no resiste.
—Ponlo —ordenó Damon, sin dudar—Hazlo. Si hay riesgo, que sea para salvarla. No esperes más.
La inyección entró lentamente. Minutos después, el cuerpo de Christine se estremeció. Un temblor violento le recorrió los brazos y las piernas, y un gemido ahogado se le escapó de los labios. Damon la tomó de la mano con fuerza, murmurando frases suaves, palabras de aliento, promesas que solo él podía escuchar, mientras la miraba con el alma en vilo, como si con su propia voluntad pudiera mantenerla anclada a la vida.
—Vuelve a mí, mi amor —le susurró, rozando su frente con la suya—No te vayas. Aún nos queda toda una vida por delante. Te lo prometí, y no rompo mis promesas.
Y entonces, como si sus palabras hubieran sido la llave que abría la puerta de regreso, los párpados de Christine se movieron. Respiró hondo, un suspiro profundo y tembloroso, y abrió los ojos lentamente. Todo estaba borroso al principio, luces difusas, sombras, pero luego, la imagen se enfocó: él. Su rostro, cansado, demacrado, con ojeras oscuras y una expresión de alivio tan inmensa que le dolió en el pecho.
—Damon—susurró ella, con la voz rasposa y débil, como si hubiera estado gritando durante horas.
Él cerró los ojos un instante, como si estuviera rezando, y apretó su mano contra sus labios. —Estoy aquí. Estoy contigo. No te fuiste. Viniste de vuelta.
—Me sentí, tan lejos —murmuró ella, intentando incorporarse, pero él la detuvo con suavidad.
—Descansa. El veneno aún está en tu cuerpo. Tienes que recuperar fuerzas. —Se giró hacia el médico, que esperaba en silencio—¿Está fuera de peligro?
—El antídoto neutralizó el veneno —respondió el hombre, con respeto— Pero su cuerpo está débil. Necesita reposo absoluto, líquidos, y vigilar su corazón durante las próximas horas. Si no hay complicaciones, sobrevivirá.
Damon asintió con un gesto seco. —Vete. Y nadie entra aquí sin mi permiso. Nadie. Ni siquiera mis hombres. Si alguien se acerca a la puerta, que responda ante mí.
Cuando quedaron solos, él se sentó al borde de la cama y la miró durante largo rato, como si necesitara asegurarse de que era real, de que no era una visión creada por su propia desesperación. Christine lo observaba también, notando los cambios en él: la camisa arrugada, el cabello revuelto, una pequeña herida en el puño de la mano que no se había molestado en limpiar. Nunca lo había visto tan desordenado, tan humano, tan roto.
—Pensé que te había perdido —dijo él de pronto, rompiendo el silencio, con la voz quebrada por la emoción contenida—Cuando te vi caer, sentí que me arrancaban el pecho. No sabes lo que fue para mí, verte indefensa, saber que alguien te lastimó bajo mi techo.
—No fue tu culpa —respondió ella, con esfuerzo, levantando la mano para tocarle la cara—Fui yo, confié cuando no debía. Tú me advertiste.
—No debí dejarte sola —replicó él, tomando su mano y besándola con devoción—Debí saber que la traición no siempre viene de frente. A veces viene sonriendo, trayendo té caliente y palabras amables. Pero te juro por todo lo que soy que nadie volverá a acercarse a ti con malas intenciones. Desde ahora, yo mismo vigilo cada puerta, cada ventana, cada persona que entra en esta casa. Nadie te toca. Nadie.
—¿Marco? —preguntó ella, recordando de golpe la amenaza, la nota, el hombre que había venido a destruirlos.
La mandíbula de Damon se tensó de inmediato, y en sus ojos brilló una determinación fría y peligrosa. —Se fue. Pero no se saldrá con la suya. Lo que hizo, no se lo voy a perdonar nunca. No importa que sea de mi sangre. Si quiere una guerra, la tendrá. Pero no te preocupes por eso ahora. Tú te curas. Yo me encargo del resto.
—No quiero que te pase nada —susurró ella, sintiendo cómo el sueño volvía a pesarle, más suave esta vez, sin oscuridad— No quiero perderte a ti también.
—Nada me va a pasar. Tengo demasiadas razones para vivir —le respondió, acostándose a su lado con la ropa puesta, abrazándola con cuidado de no lastimarla—Duerme, mi vida. Estás a salvo. Y mientras yo respire, siempre lo estarás.
Christine cerró los ojos, y por primera vez desde que despertó, no sintió miedo. Su cuerpo dolía, su cabeza pesaba, pero su corazón estaba ligero, porque él estaba ahí, fuerte y cálido a su lado, su escudo y su refugio. Había estado al borde de la muerte, y al volver, comprendía algo que antes solo presentía: lo que sentían era más fuerte que el veneno, más fuerte que el miedo, más fuerte que cualquier amenaza. Y mientras estuvieran juntos, no había oscuridad que pudiera vencerlos.
...La muerte la llamó… pero el amor la trajo de vuelta a casa....
...CONTINUARÁ ...
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