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Dejarte ir no fue olvidarte

Dejarte ir no fue olvidarte

Status: Terminada
Genre:Madre soltera / Doctor / Casarse por embarazo / Completas
Popularitas:3
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.

Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.

Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.

Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.

Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.

Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.

NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bab 22

Capítulo 22

Aquella noche, la mansión de los Montero se hallaba sumida en el silencio. Las luces de la casa seguían encendidas, pero el ambiente se sentía frío y ajeno para Santiago. Llevaba más de una hora encerrado en su habitación.

La habitación que alguna vez había sido su lugar más cómodo ahora le resultaba asfixiante. Los cajones del escritorio estaban abiertos y revueltos. Documentos y varios discos duros viejos yacían desperdigados por el suelo. La laptop sobre el escritorio seguía encendida, mostrando fragmentos de grabaciones de las cámaras de seguridad de la casa que llevaba rato reproduciendo una y otra vez. Los ojos de Santiago estaban enrojecidos.

Sus manos se movían con rapidez, abriendo un archivo tras otro. Pero el resultado era siempre el mismo: varias grabaciones de la noche de su cumpleaños, cinco años atrás, habían desaparecido por completo. Y cuanto más revisaba, más le dolía el pecho.

¡Brak!

El puño del hombre golpeó la mesa con tanta fuerza que el vaso junto a la laptop cayó al suelo y se hizo pedazos.

—Maldición... —Su respiración se agitó, áspera. Sus manos aferraban el borde de la mesa con tal fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Volvió a reproducir las grabaciones restantes.

Pero la pantalla solo mostraba un pasillo vacío de la casa antes de que el archivo se cortara abruptamente. No había registro del momento en que Sara lo había llevado a la habitación. Las grabaciones del segundo piso, del corredor junto al dormitorio, también habían desaparecido.

Como si alguien las hubiera borrado a propósito. Y Santiago sabía que solo había una persona capaz de hacer eso sin levantar sospechas: su madre.

El cuerpo de Santiago se desplomó de pronto. Lentamente retrocedió unos pasos antes de dejarse caer sentado en el suelo de su propia habitación. Su mirada estaba vacía, su mente era un caos.

—¿De verdad mamá... hizo todo esto? —Su voz fue apenas un hilo, casi inaudible. Siempre había confiado en su familia. Siempre había creído que todas sus decisiones se tomaban por su bien. Pero ahora todas esas certezas se derrumbaban en una sola noche.

Sara nunca lo había traicionado. Ella lo había protegido: protegió su futuro y sus sueños. Mientras él, en cambio, la había destruido con sus propias manos.

Santiago agachó la cabeza. Las lágrimas finalmente cayeron sin que pudiera contenerlas. El llanto del hombre estalló en medio de la habitación silenciosa.

—Soy un idiota... —Su voz ronca estaba cargada de arrepentimiento—. La dejé sola...

La imagen de Sara no dejaba de llenarle la cabeza. La mirada de aquella mujer cuando le pidió que terminaran. Las lágrimas de Sara aquella noche en el departamento. La voz de ella diciéndole que lo odiaba, cuando ahora Santiago sabía que todo había sido mentira. Y lo más devastador: Sara había enfrentado todo aquello sola.

Mientras él vivía tranquilo en Londres, persiguiendo un sueño que, al final, había sido pagado a un precio altísimo por la mujer que amaba. Santiago se cubrió el rostro con ambas manos. El pecho le dolía tanto que apenas podía respirar. Entonces otra pequeña imagen apareció en su mente: la de su hijo, Sergio.

El niño que no dejaba de llamarlo "doctol guapo". El niño que reía con inocencia mientras comía helado de fresa y matcha. Y él apenas se había enterado después de cuatro años. Santiago soltó una risa breve en medio del llanto. Sonó amarga y dolorosa.

—¿Qué clase de padre soy...? —Su mirada cayó lentamente sobre el sobre marrón que le había dado el doctor Mario, tirado en el suelo. Con las manos temblorosas, Santiago lo recogió y lo apretó con fuerza contra su pecho.

Sus ojos cambiaron poco a poco. Seguían llenos de dolor. Seguían llenos de arrepentimiento. Pero ahora había algo más en ellos. Santiago se puso de pie lentamente. Se limpió las lágrimas con brusquedad antes de tomar el celular de encima de la mesa. Sus dedos se movieron rápido, abriendo una aplicación de vuelos. El primer destino que buscó: la costa.

Aún quedaba un vuelo en una hora. Sin dudarlo un segundo, lo reservó de inmediato. Cuando todo estuvo listo, el hombre se quedó de pie en silencio, mirando su propio reflejo en el espejo de la habitación.

Su rostro lucía destrozado, los ojos rojos e hinchados. Sin embargo, por primera vez en los últimos cinco años, la mirada de Santiago volvía a tener un propósito.

—Esta vez... —murmuró con voz ronca—, voy a traerlos a casa.

Los pasos de Santiago resonaron rápidos al bajar la escalera de la mansión Montero. El rostro del hombre seguía descompuesto. Los ojos rojos, mientras la mandíbula se le endurecía conteniendo la emoción que no dejaba de arderle en el pecho.

En la mano llevaba el celular y el sobre marrón del doctor Mario, apretados con fuerza. Los empleados de la casa que lo vieron solo pudieron agachar la cabeza, asustados. Jamás habían visto al joven señor Montero tan furioso.

Justo cuando Santiago llegó a la sala, la puerta principal se abrió desde afuera. Teresa entró con la respiración ligeramente agitada. La mujer acababa de volver tras recibir el aviso de los empleados de que Santiago llevaba un buen rato fuera de control en su habitación.

Pero en cuanto vio a su hijo de pie allí, Teresa supo de inmediato que algo era diferente. La mirada de Santiago hizo que el pecho se le encogiera.

—Santi...

—¿Qué le hiciste a Sara? —La voz de Santiago sonó fría y cortante, y la sala entera enmudeció al instante.

Teresa se quedó callada.

—¿De qué hablas? —preguntó en voz baja, intentando mantener la calma.

Santiago soltó una risa breve, cargada de rabia.

—Te pregunto... —su voz se elevó— ¡¿qué le hiciste a Sara hace cinco años?!

Teresa se quedó paralizada. Santiago, en cambio, se acercó con la respiración agitada.

—¿Por qué borraste las grabaciones de las cámaras la noche de mi cumpleaños?

La mirada del hombre enrojeció, llena de dolor.

—¿Por qué le pediste a Sara que me dejara?

Teresa negó con la cabeza de inmediato.

—Mamá solo quería lo mejor para ti...

—¡¿Lo mejor?! —El grito de Santiago retumbó en la sala. Los empleados incluso agacharon la cabeza, atemorizados.

—¡¿Sabes que mi vida se destruyó por todo esto?!

Teresa empezó a verse presa del pánico.

—¡Yo nunca supe que Sara estaba embarazada!

La voz de la mujer comenzó a temblar.

—¡Mamá pensó que todo había terminado esa noche! ¡Sara tampoco volvió nunca a buscarte!

—¡Porque fuiste tú quien le pidió que saliera de mi vida!

Teresa se quedó en silencio. Santiago miraba a su madre con los ojos vidriosos, llenos de decepción.

—Ella no se fue porque no me amara... —la voz de Santiago comenzó a quebrarse—. Se fue porque tú la amenazaste.

Teresa cerró los ojos un instante.

—Mamá solo tenía miedo de que tu futuro se arruinara por culpa de una mujer pob...

—¡Basta! —Santiago la cortó en seco.

El hombre negó con la cabeza, incrédulo. Sentía una decepción inmensa hacia su propia madre.

—Sara nunca destruyó mi vida...

Las lágrimas de Santiago volvieron a caer sin que pudiera detenerlas.

—Quien destruyó mi vida fuiste tú, mamá...

Teresa miró a su hijo sin poder creerlo.

—Santi...

—Perdí a la mujer que amo —la voz de Santiago se quebró—. Perdí cuatro años de la vida de mi hijo. —Sus puños se cerraron con fuerza, conteniendo el temblor.

—Y durante todo este tiempo... —el hombre rio con amargura— odié a Sara porque confié en ti, mamá.

La sala se sumió de pronto en un silencio absoluto. Teresa comenzó a llorar. Pero Santiago estaba demasiado destrozado como para sentir compasión. Su mirada ahora solo estaba llena de dolor y arrepentimiento.

—De verdad confié en ti, mamá... —La voz del hombre se debilitó—. Pero resulta que... —negó despacio, con una risa amarga— las personas que más me lastimaron fueron mi propia familia.

—¡Santiago! —La voz de Teresa resonó por toda la sala. Pero el hombre no se detuvo. Santiago dio media vuelta y salió de la casa a paso rápido, sin mirar atrás ni una sola vez.

—¡Santiago, espera! —Teresa lo persiguió hasta el porche.

La noche se sentía fría, pero no tanto como la mirada que su hijo le había dedicado. Santiago abrió la puerta del auto con brusquedad y subió sin hacer caso a los llamados de su madre.

Teresa sintió que el pánico la invadía; las lágrimas no dejaban de caerle.

—Santiago, no te vayas...

Demasiado tarde. El motor ya estaba encendido. Santiago se quedó inmóvil unos segundos detrás del volante. La mandíbula tensa, mientras ambas manos aferraban el volante con fuerza.

El pecho aún le dolía y la mente se le llenaba de Sara y de Sergio. Todas las mentiras que durante años les habían destruido la vida.

Teresa golpeó el vidrio del auto con desesperación.

—Por favor, escúchame...

Santiago no abrió la puerta. Lentamente, giró la cabeza. La mirada en sus ojos hizo que el corazón de Teresa se derrumbara. Una mirada llena de decepción, una que su hijo jamás le había dirigido.

—Estoy cansado, mamá... —La voz de Santiago se oyó apagada tras el vidrio del auto—. Cansado de perder a la persona que más amo.

Teresa rompió a llorar con más fuerza. El auto de Santiago arrancó y se alejó del jardín de la mansión Montero.

—No... ¡Santiago! —Teresa corrió unos pasos detrás del auto, pero fue inútil. El auto negro se alejaba cada vez más hasta que finalmente desapareció por la reja de la propiedad.

Teresa se desplomó en el jardín. Su llanto estalló aquella noche. El miedo de perder a su único hijo. Durante todo ese tiempo había estado convencida de que todo lo que hacía era por el futuro de Santiago. Y apenas ahora comprendía que sus acciones habían hecho sufrir a su hijo durante años.

Con las manos temblorosas, Teresa tomó su celular. Buscó un nombre y presionó de inmediato el botón de llamar.

La llamada se conectó unos segundos después.

[¿Hola, tía?]

—Andrés... —la voz de Teresa temblaba, presa del pánico—. Por favor, ve tras Santiago.

Andrés frunció el ceño al instante.

[¿Qué pasó, tía?]

—Se fue... —el llanto de Teresa volvió a estallar—. Sabe que fui yo quien le pidió a Sara que lo dejara.

El rostro de Andrés se tensó de inmediato.

[¿A dónde fue?]

Teresa negó con la cabeza, aunque el joven no podía verla.

—No sé... —su voz se debilitó—. Pero tengo miedo de que haya ido a buscar a Sara.

Un silencio de varios segundos. Luego Andrés se frotó el rostro con brusquedad. Se puso de pie de inmediato.

[Está bien, tía. Voy a buscarlo ahora mismo.]

La llamada se cortó.

Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, el auto de Santiago avanzaba a toda velocidad por las calles nocturnas rumbo al aeropuerto.

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