Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 16
Renata llegó a la casa de Beatriz el jueves al mediodía, como habían quedado, con el recorte de periódico doblado en el bolso y el corazón en la garganta.
La anciana la esperaba sola. Le había dado el día libre al servicio, hasta al chofer, y la mansión vieja estaba tan silenciosa que los pasos de Renata sobre la madera sonaban como disparos. Beatriz la recibió en un saloncito interior, lejos de las ventanas, con las cortinas corridas y dos tazas de té ya servidas que ninguna de las dos iba a tocar.
—Cierra la puerta —dijo Beatriz—. Y siéntate cerca. Lo que voy a decirte no lo he dicho en veinte años, y no pienso gritarlo.
Renata cerró la puerta y se sentó en el borde de la silla, tan cerca que sus rodillas casi tocaban las de la anciana.
—Traje algo. —Sacó el recorte del bolso con dedos que no le obedecían del todo y lo desdobló sobre la mesita—. Encontré esto entre las cosas de mi mamá. Es la nota del accidente. Y hay algo que… léalo usted, señora Beatriz. La parte del perito.
Beatriz se puso los lentes, tomó el recorte y leyó. Renata la vio recorrer las líneas, la vio detenerse exactamente donde ella se había detenido, y la vio cerrar los ojos un momento antes de bajar el papel.
—"Sin evidencia de maniobra de frenado" —leyó Beatriz en voz baja—. Sí. Yo también me quedé clavada en esa línea, hace veinte años.
—¿Usted la vio? —Renata se inclinó—. ¿Usted leyó esto antes?
—Yo leí todo lo que se publicó sobre la muerte de tu madre, niña. Cada línea, cada nota, mil veces. —Beatriz dejó el recorte sobre la mesa con mucho cuidado, como si pudiera romperse—. Porque yo sabía que Elena no se durmió al volante. Yo sabía que no se distrajo. Tu madre manejaba esa carretera desde los dieciocho años, la conocía mejor que a su propia casa, y era la conductora más prudente que conocí en mi vida. Elena no se salió de esa curva por descuido.
—Entonces…
—Un carro no baja por un barranco sin frenar, Renata. —Beatriz la miró por encima de los lentes, y su voz, aunque baja, no tembló—. El cuerpo frena solo. Es un reflejo, uno no lo decide. A menos que no puedas. A menos que pises el pedal y el pedal no responda porque alguien se encargó, antes, de que no respondiera.
A Renata se le heló la sangre, aunque era exactamente lo que ella misma había pensado sentada en el piso de su apartamento.
—Los frenos. —murmuró—. Usted cree que le hicieron algo a los frenos.
—No lo creo. Lo supe siempre. —Beatriz se quitó los lentes y se apretó el puente de la nariz, y por un segundo pareció mucho más vieja de lo que era—. Elena me llamó tres días antes de morir. Estaba asustada, Renata. Me dijo que había descubierto algo, algo sobre tu padre, sobre… sobre una mujer, y sobre negocios que no cuadraban. Me dijo que tenía miedo de lo que iba a pasar si hablaba. Yo le dije que se cuidara, que se fuera unos días, que te sacara de la ciudad. —La voz se le quebró apenas—. Tres días después estaba muerta en un barranco. Y el reporte decía que no había frenado.
Renata sintió que el saloncito le daba vueltas.
—¿Qué había descubierto mi mamá? ¿Qué mujer, qué negocios?
—A eso llegaremos. Todo a su tiempo, porque si te lo suelto todo de golpe vas a hacer una locura, y una locura es exactamente lo que nos va a matar a las dos. —Beatriz le tomó las dos manos entre las suyas, secas y firmes—. Primero necesito que entiendas una cosa, la más difícil de todas, la que llevo veinte años sin poder decirle a nadie.
—¿Cuál?
Beatriz la miró a los ojos, y Renata vio que a la anciana le costaba, que la frase se le atoraba en el pecho antes de salir, como si decirla en voz alta la volviera definitiva.
—Yo fui a la policía, después. —Beatriz habló despacio—. Con mis sospechas, con lo de la llamada de Elena, con lo de los frenos. Insistí. Moví contactos, gasté dinero, presioné a quien pude. Y todo se cerró. Todo. El caso se archivó en tiempo récord, el perito cambió su versión, los documentos desaparecieron. Alguien con mucho poder se aseguró de que la muerte de tu madre quedara como un accidente y nunca se volviera a tocar.
—¿Quién?
Beatriz apretó las manos de Renata con fuerza, y cuando habló, su voz salió con una tristeza tan honda que a Renata se le llenaron los ojos antes de entender del todo las palabras.
—Tu padre, niña. —dijo Beatriz—. Armando lo supo. Supo que a Elena la habían matado, tuvo las mismas sospechas que yo, tuvo la llamada, tuvo todo. —Hizo una pausa, y bajó aún más la voz—. Y no hizo nada. Tu padre supo que asesinaron a tu madre, y en lugar de buscar justicia, ayudó a enterrarlo todo.