Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 13: El pasado del Tejedor de Han
El martes por la mañana, el ambiente en el aula seguía pesado como plomo mojado. Min‑jun llegó con el pelo revuelto y la camisa mal abotonada, tropezó con la pata del pupitre al entrar y fingió una sonrisa tonta cuando todos lo miraron. Lo que nadie supo es que había pasado media noche despierto, dándole vueltas a la pregunta que Ámbar Negro le había hecho la tarde anterior: *¿estás bien?*. Nadie se lo había preguntado de verdad desde que empezó todo. Ni sus amigos, ni siquiera Seo‑jun.
Estaba sacando los libros de la mochila cuando se le cayó el lápiz de dibujo al suelo. Rodó unos metros hasta parar justo frente a los pies de Seo‑jun. El chico se agachó sin decir nada, lo recogió, lo alargó hacia Min‑jun sin mirarlo a los ojos y volvió a abrir su cuaderno como si nada hubiera pasado. Fue un gesto pequeño, casi invisible, pero a Min‑jun le dio vueltas en la cabeza toda la mañana. Todavía había algo. Todavía no se había ido del todo. O al menos eso quiso creer.
Ji‑eun se giró de nuevo en su asiento, con los ojos entrecerrados.
—Oye… de verdad que no queréis decirme qué pasa —susurró—. Lleváis tres días sin hablaros y ayer Tae‑ho dijo que Seo‑jun se fue del entrenamiento más serio que nunca. Podéis contarme lo que sea, ¿vale? No se lo diré a nadie.
Min‑jun forzó una risa nerviosa, jugueteando con el lápiz que acababa de recuperar.
—No hay nada, de verdad. Solo… bueno, hemos tenido un pequeño malentendido y cada uno necesita su espacio. Ya se pasará. No es para tanto.
No era una mentira del todo. Pero tampoco era la verdad. La verdad era demasiado grande, demasiado peligrosa, para contársela ni siquiera a su mejor amiga.
Justo en ese momento, el brazalete de jade bajo su manga empezó a vibrar con una secuencia larga y pausada que solo significaba una cosa: convocatoria urgente al Santuario, no por una sombra suelta, sino por algo importante que Yeo‑wol quería mostrarle. Min‑jun apretó los dientes por dentro. Otra vez. Otra vez tendría que irse. Otra vez tendría que inventar una excusa que todo el mundo se creería a medias.
Se puso de pie de golpe, agarró el estómago con ambas manos y puso la cara más pálida y enfermiza que sabía hacer.
—Perdone, profesora… otra vez me encuentro muy mal… ¿puedo ir a la enfermería? —preguntó con voz débil, temblorosa, perfecta.
La mujer asintió sin dudar, acostumbrada ya a sus desmayos frecuentes. Min‑jun notó la mirada de Seo‑jun clavada en su espalda mientras salía del aula. No se ofreció a acompañarlo. No dijo nada. Solo lo miró irse. Y eso dolió más que cualquier grito.
En cuanto dobló la esquina del pasillo, la torpeza desapareció. Espalda derecha, mirada de acero, paso rápido y decidido. Era Jade Blanco. Corrió hacia el bosque del Monte Namsan, llegando al Santuario en menos de ocho minutos. Yeo‑wol lo esperaba en la sala principal, delante del cofre de nogal con los siete Sellos, y en sus manos tenía un pergamino antiguo, amarillento por el paso del tiempo, con símbolos dibujados en tinta roja y negra.
—Llegas justo a tiempo —dijo ella sin darle la bienvenida, con la voz seria que solo usaba cuando hablaba de cosas que no podían salir de esas cuatro paredes—. Hoy tienes que saber la verdad completa sobre él. Sobre el Tejedor de Han. Porque si no entiendes de dónde viene, no podrás detenerlo al final. Y tampoco podrás aceptar lo que tú eres.
Min‑jun se acercó despacio, sin tocar nada todavía.
—¿Quién era antes? —preguntó en voz baja—. No siempre fue… esto, ¿verdad?
Yeo‑wol negó con la cabeza y extendió el pergamino sobre la mesa de piedra. En él había un dibujo de un joven de unos veinte años, de ojos claros y sonrisa amable, con el mismo símbolo del Santuario bordado en su túnica.
—Se llamaba Dae‑ho. Hace veinte años, era el aprendiz más prometedor que habíamos tenido en siglos. Inteligente, fuerte, leal, bueno con todo el mundo. Igual que tú. Creía que si lograba reunir los siete Sellos Sagrados al mismo tiempo, podría acabar con todo el mal del mundo para siempre. Que nadie más tendría que sufrir, que nadie más perdería a nadie por culpa de las sombras.
Hizo una pausa, pasando un dedo por el dibujo con tristeza.
—Se creyó capaz. Se creyó lo suficientemente fuerte. Una noche, sin decírselo a nadie, abrió el cofre y se puso tres brazaletes a la vez: Jade, Zafiro y Rubí. Al principio todo parecía ir bien. Podía hacer cosas increíbles. Pero la energía de los Sellos no es algo que se domine solo con querer. Entran en tu cabeza, te muestran todos los miedos, todos los dolores, todas las voces de los guardianes que los portaron antes tú. Su mente no aguantó. Se rompió por dentro. Perdió la razón.
Min‑jun sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo.
—¿Y entonces?
—Entonces se convirtió en lo que es ahora —continuó Yeo‑wol, con la voz baja—. Mató a tres de los guardianes mayores esa noche, intentó robarse los otros cuatro Sellos y huyó. Desde entonces se hace llamar el Tejedor de Han. Ya no quiere salvar a nadie. Solo quiere reunir los siete para llenar el vacío que su propia locura le dejó dentro. Cree que si tiene todos, volverá a ser quien era. Pero ya no hay vuelta atrás para él. Nadie ha logrado nunca portar más de dos Sellos y seguir siendo el mismo. Nadie… hasta ahora.
Señaló el cofre abierto, con las cinco piedras dormidas esperando.
—Tú ya has tocado el Zafiro. No te hizo daño. Te aceptó. Quiero que lo intentes con otro. Con el Rubí Carmesí. Si reacciona igual… entonces estaremos seguros de que eres realmente el Sucesor. El único en toda la historia que podría llegar a llevar los siete sin romperse.
Min‑jun miró la piedra roja, brillante y apagada a la vez, en el fondo de su hueco. Respiró hondo, extendió la mano y apoyó la yema del dedo índice sobre ella.
No dolió.
Al contrario: sintió una corriente cálida, fuerte, decidida, subiéndole por el brazo hasta el pecho, como si alguien le pusiera una mano en el hombro y le dijera *yo estoy contigo*. Vio por un segundo imágenes de golpes precisos, de fuego que solo quemaba lo malo, de protección para los más débiles. El Rubí no lo rechazó. Lo reconoció.
Apartó el dedo despacio, mirando su propia mano como si no le perteneciera. Yeo‑wol tenía los ojos brillantes de emoción contenida.
—Lo has vuelto a hacer. Nadie más lo ha logrado en dos siglos. Tú eres el elegido, Min‑jun. Los Sellos te quieren a ti. Pero recuerda siempre lo que le pasó a Dae‑ho. El poder no es lo importante. Lo importante es no perderte a ti mismo en el camino. Porque si te rompes por dentro… ni los siete Sellos juntos podrán arreglarlo.
Justo en ese momento, la tierra tembló levemente bajo sus pies. Un grito metálico, lleno de odio y de una tristeza antigua, resonó desde la entrada del bosque:
—¡YA SÉ QUE ESTÁS AHÍ, SUCESOR! ¡SÉ QUE LOS QUIERES TODOS PARA TI! ¡VEN A ENFRENTARTE A MÍ!
El Tejedor de Han. Había seguido la energía de los Sellos hasta la entrada misma del Santuario.
Min‑jun se tocó el brazalete y se transformó en un abrir y cerrar de ojos. Jade Blanco salió corriendo fuera, encontrándose con que Ámbar Negro ya estaba allí, de pie frente a la figura envuelta en la capa oscura, los puños cerrados listos para luchar.
—He venido en cuanto he sentido la alerta —dijo Ámbar sin mirarlo, sin quitarle el ojo de encima al villano—. Este tipo se está atreviendo ya a venir hasta aquí.
—Porque ya no le importa esconderse —respondió Jade, colocándose a su lado—. Sabe que estoy cerca de ser el Sucesor. Y tiene miedo.
El Tejedor soltó una risa rota, hueca, que les heló la sangre. Por un segundo, al moverse la capa, Jade alcanzó a ver un trozo de su rostro: no era el monstruo que imaginaba. Era un hombre joven todavía, con los ojos vacíos, llenos de una locura triste que dolía incluso mirar.
—¿Miedo? —susurró la voz metálica—. Yo no tengo miedo, niño. Yo sé lo que te espera. Tú crees que serás diferente. Tú crees que podrás con los siete y no te romperás. Pero yo también lo creía. Y mira en qué me convertí. Los Sellos no te dan poder. Te lo quitan todo. A tu familia. A tus amigos. A la persona que amas. ¡Al final te quedas solo! ¡SOLO Y ROTO COMO YO!
Lanzó un golpe de energía oscura hacia ellos. Jade y Ámbar se movieron al unísono, saltando a cada lado, devolviendo el impacto con sus poderes combinados. El Tejedor retrocedió unos pasos, pero no volvió a atacar. Se limitó a mirar a Jade a los ojos a través de la capa, con esa tristeza infinita en la mirada.
—Tú ya lo estás perdiendo, ¿verdad? —susurró solo para él—. Ya la estás alejando por tu culpa. Por las mentiras. Por el deber. Al final ganarás las batallas… y lo perderás todo. Igual que yo.
Y antes de que pudieran reaccionar, se disolvió en una nube de humo negro y desapareció entre los árboles.
Ámbar resopló, apretando los puños.
—¡Maldito! Siempre se va justo cuando lo tenemos al alcance. Oye… ¿qué te ha dicho al final? No le he oído bien.
Jade se quedó callado un segundo, con las palabras del Tejedor dándole vueltas en la cabeza como cuchillas. *Ya lo estás perdiendo. Igual que yo.*
—Nada —mintió—. Solo amenazas tontas. Vamos. No volverá hoy.
Se despidieron como siempre, cada uno por su lado. Min‑jun recuperó su ropa normal, volvió a encoger los hombros y caminó de regreso al liceo justo cuando terminaban las clases. Se detuvo un momento detrás de la valla del gimnasio, sin que nadie lo viera. Allí dentro estaba Seo‑jun, entrenando solo, tirando a canasta una y otra vez, con la cara seria, concentrada, tan guapo que a Min‑jun le dolía solo mirarlo. Se quedó allí diez minutos, en silencio, deseando poder quitarse el antifaz de una vez, entrar y decirle toda la verdad. Pero no podía. Nunca podía. Dio media vuelta y se fue a casa sin que nadie lo hubiera visto.
---
📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN
Martes por la noche
Querido cuaderno:
Hoy he aprendido cosas que no me esperaba y que no se me van a ir de la cabeza nunca jamás.
Yeo‑wol me ha contado quién era el Tejedor de Han antes. Se llamaba Dae‑ho. Hace veinte años era como yo: el aprendiz mejor, el más fuerte, el que todos creían que salvaría el mundo. Quiso reunir los siete Sellos para acabar con todo el mal de una vez. Se puso tres brazaletes a la vez… y su mente no aguantó. Se rompió. Mató gente. Huyó. Y ahora es ese ser triste y enfadado que lucha contra nosotros cada noche.
Me ha dado mucho miedo saberlo. Porque yo soy igual que él. Los Sellos también me quieren a mí. Ya he tocado dos de los cinco que están dormidos y los dos me han aceptado sin hacerme daño. Yeo‑wol dice que soy el Sucesor, el único en siglos que podría llevar los siete sin romperme. Pero… ¿y si ella se equivoca? ¿Y si al final termino igual que Dae‑ho? Solo, loco, hablando con voces que nadie más oye, habiendo perdido a todo el que quiero? No me lo puedo ni imaginar. Me da pánico.
Luego él ha venido hasta la misma entrada del Santuario. Hemos luchado un poco con Ámbar. Y antes de irse me ha dicho algo que no se me quita de la cabeza. Me ha dicho que ya estoy perdiendo a la persona que quiero por mi culpa. Por las mentiras, por el deber. Que al final ganaré todas las batallas y me quedaré solo. Igual que le pasó a él.
Creo que tiene razón. Muchas veces lo pienso. Cada vez que tengo que irme corriendo del liceo con una excusa nueva. Cada vez que veo que Seo‑jun me mira con esa cara de no saber quién soy realmente. Cada vez que nuestros amigos nos preguntan qué pasa y yo tengo que mentirles otra vez. Estoy salvando a mucha gente… y estoy perdiendo a todos los que me importan de verdad.
Hoy por la mañana se me cayó un lápiz y Seo‑jun me lo recogió sin decir nada. Fue un gesto pequeño, casi nada. Pero me hizo darme cuenta de cuánto lo extraño. De cuánto echo de menos hablar con él, reír con él, sentarme a su lado sin que haya silencios incómodos ni miradas de más. Ahora estamos en la misma clase todos los días y, sin embargo, siento que estamos más lejos que nunca.
Ámbar me preguntó ayer si estaba bien. Fue la primera persona que me lo preguntaba de verdad en mucho tiempo. Y yo le mentí también. Le dije que solo estaba cansado. Me da mucha rabia tener que mentirle también. Somos el mejor equipo que puede existir cuando luchamos juntos. Nos entendemos sin hablar. Confiamos el uno en el otro ciegamente. Y sin embargo, no sé ni cómo se llama, ni cómo es su cara sin el casco. Es tan injusto todo.
No quiero terminar como Dae‑ho. No quiero quedarme solo. Tengo que ser más fuerte que él. Tengo que demostrar que se puede ser el Sucesor y no perder la cabeza. Y también… tengo que encontrar alguna forma de no perder a Seo‑jun en el proceso. No sé cómo todavía. Pero tengo que intentarlo. Porque si al final gano todo y me quedo sin él… no habrá valido la pena nada de nada.
Mañana será otro día. Ojalá sea más tranquilo. Ojalá no haya sombras, ni peleas, ni excusas que inventar. Ojalá, por una vez en mucho tiempo, pueda ser solo yo. Sin brazaletes, sin deberes, sin secretos. Solo Min‑jun.
Buenas noches.
Min‑jun.
---
Cerró el cuaderno despacio, lo escondió bien bajo el colchón y se tumbó a oscuras. El brazalete de jade brillaba suave en su muñeca, y en el fondo del armario, donde guardaba los Sellos que ya lo habían aceptado, el Zafiro y el Rubí respondieron con un parpadeo tenue de luz, como si estuvieran de acuerdo con él.
Fuera, la noche caía sobre Seúl. Y en algún lugar oscuro de la ciudad, el Tejedor de Han también estaba despierto, mirando su propia mano vacía, recordando quién había sido una vez, y esperando el momento en que el nuevo Sucesor terminara rompiéndose, tal como él había hecho veinte años atrás.
FIN DEL CAPÍTULO 13