Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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El encuentro
Noelia pasó la noche en vela, con la carta de Carlos Santiesteban arrugada entre sus dedos como un talismán maldito. Capitán dormía enroscado a sus pies. Su respiración ronca y tranquila, mientras ella repasaba mentalmente cada posible escenario. ¿Quién era ese hombre? ¿Y cómo demonios conocía a Noelia? Cuando el sol comenzó a asomar por el horizonte, tomó una decisión. Se levantó, preparó el desayuno para los chicos que todavía dormían después del agitado día anterior y dejó una nota en la mesa de la cocina: "Chicos, he salido a hacer un recado. No tardo. Hay comida en la nevera. Los quiero. Lía"
El camino hasta la nueva finca era más corto de lo que recordaba. La carretera, recién asfaltada, serpenteaba entre pinos y robles. Noelia notó que los postes de luz ya estaban colocados, igual que las tuberías de gas que asomaban junto al camino. Todo aquello era un recordatorio de cómo el mundo moderno se abría paso en el refugio del valle. La verja de la propiedad era imponente. Hierro forjado con motivos geométricos que imitaban las ramas de los árboles. Noelia tocó el interfono y una voz masculina, grave y educada, respondió.
-Adelante, señora Pérez. La esperaba.
El camino de entrada estaba recién pavimentado y flanqueado por árboles jóvenes que probablemente habían sido plantados a propósito. La casa, cuando finalmente apareció, era un prodigio de arquitectura moderna. Cristal, acero y madera, integrada en la ladera como si hubiera crecido allí. Noelia recordó la vieja finca de Lía, con sus paredes de piedra y su techo de teja destruido por el incendio y el abandono. Sintió un extraño vacío. Probablemente un rezago de la verdadera Lía.
-No he venido a tomar café. -dijo cuando la puerta se abrió. -¿Quiero saber qué sabe usted de mí? -Carlos Santiesteban la observó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Era un hombre de unos cincuenta años, canoso en las sienes, con el traje impecable de alguien que nunca ha tenido que preocuparse por el precio de la ropa, pero había algo en su mirada. Una sombra que le recordó a su propio hijo de la otra vida. Este hombre se parecía a Miguel. No en sus rasgos físicos sino en esa forma de medir el tiempo.
-No se preocupe, señora Pérez. O debería decir, ¿Señora Noelia? He investigado bastante sobre usted antes de enviarle esa carta.
-¿Investigar? -la palabra le supo a veneno. -¿Y quién le da derecho a investigarme?
-La curiosidad, supongo y el hecho de que mi esposa Fátima me describió a una mujer que encajaba a la perfección con alguien que conocí hace tres años. No físicamente claro, pero su forma de enfrentar un problema y ciertas frases que dijo a Fátima me alertaron. También está la declaración de Tomás. Ese hombre afirma que él mató a Lía en esa montaña y que usted es Noelia una mujer que el pueblo creyó que se había ahogado en el río hace más de sesenta años.
-Entiendo.
-No lo niegue. Ahora que la veo se ve diferente, pero sé que no estoy equivocado. A usted la conocí en el hospital hace tres años. Mi hermana era su enfermera. -Noelia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Ese hospital. Esa vida, antes de morir y despertar en el cuerpo de Lía, pero eso era imposible. Nadie podía saberlo.
-No sé de qué me habla. -dijo. -Pero su voz tembló.
-Claro que sabe. Mi hermana Elena era la única que la trataba con dignidad. La única que la escuchaba cuando nadie la visitaba y también la única a la que le dejó toda su fortuna en su testamento cuando falleció. -Carlos dio un paso adelante, sus ojos ahora brillaban con una intensidad casi febril. -Gracias por eso. Usted fue el ángel que le permitió a mi hermana divorciarse de su esposo. Sin su carta de despedida ella no habría tenido ni el valor ni la fuerza. Gracias por ello una y mil veces.
Noelia se aferró al marco de la puerta. La memoria la golpeó como una ola. Elena, una mujer menuda de ojos tristes, que siempre dibujaba mariposas en las servilletas. Habían compartido tantas tardes de silencio, tantas confidencias a media voz cuando sustituía a su enfermera asignada, la gélida de nombre impronunciable.
Noelia simpatizaba con Elena que lloraba por miedo a morir a manos de su violento marido. La verdad no se arrepentía de haber dejado toda su fortuna a ella, porque su verdadera familia no merecía nada. La habían abandonado en ese hospital. Su hijo era el único que volvía para verla una vez a la semana, pero no por cariño, sino para verificar cuánto le quedaba. No, no se arrepentía de haberlos excluido a todos de su testamento. Noelia permaneció en silencio. Carlos continuó.
-Así que cuando Fátima regresó ayer, me habló de usted, empecé a indagar con la gente del pueblo y descubrí que la señora Lía Pérez había estado encerrada contra su voluntad durante siete años y que cuando salió de la montaña, su personalidad había cambiado por completo. También descubrí la historia de Tomás y uní los cabos. Es imposible que me equivoque aunque parezca imposible. -el silencio se alargó, denso como el humo. Noelia sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Al principio no pretendía que esto fuera un secreto, ni una mentira piadosa. No pretendía construir una vida sobre los cimientos de otra, pero ahora estaban los chicos y esa verdad les haría daño.
-¿Qué quiere de mí? -preguntó Noelia sin afirmar ni negar nada.
-Nada. Absolutamente nada. -Carlos levantó las manos en un gesto de paz. -Solo quería conocerla. Agradecerle personalmente por mi hermana. Hasta que no heredó su fortuna, yo y la familia desconocíamos el infierno por el que estaba pasando y gracias a usted y su carta ella pudo hacer acopio de valor para separarse de esa bestia. Quiero... -dudó y por primera vez, su máscara de hombre de negocios se resquebrajó. -Deseo pedirle ayuda. No está obligada claro. Ya ha hecho suficiente por nosotros pero...
-¿Ayuda?
-Mi hijo, Andrés. Usted lo vio ayer en el colegio. Sé que parece un chico problemático, pero hay mucho más detrás. Cosas que no puedo contarle ahora. Sin embargo, usted es la única persona que ha sido capaz de ver a través de las apariencias. Fátima me lo dijo. Dijo que la miró y supo que había algo más. -Noelia cerró los ojos. Esta no era la conversación que esperaba tener. Había venido preparada para defenderse, para negar todo, para escapar si era necesario y ahora este hombre le estaba pidiendo ayuda para su hijo. El mismo chico que había golpeado a Mateo e insultado a Lian.
-No sé si puedo ayudar a su hijo. O si su hijo querrá mi ayuda. -dijo finalmente. -No soy psicóloga, ni siquiera soy la persona que usted cree que soy.
-Pero es la persona que ayudó a Elena. Su ángel de la guarda. Alguien que escucha, que no juzga, que ve más allá de las apariencias. -Carlos dio un paso atrás. -Tómese su tiempo, señora Pérez. Piénselo. Si acepta, le contaré toda la historia. Si no... guardaré su secreto. Se lo prometo. No soy de los que paga bien con mal. Además cuente con todo mi apoyo.
-Gracias. -dijo Noelia sin añadir ni una palabra más.
Se marchó de la finca con la cabeza hecha un nudo. El camino de vuelta a la cueva se le hizo eterno ahora y cuando llegó, encontró a los chicos sentados en la entrada, con el desayuno intacto y los rostros preocupados. Mateo, con el brazo aún vendado, le sonrió tímidamente. Lian, con el ceño fruncido como si intentara resolver un enigma. Aritza, con su energía incansable a pesar de las circunstancias.
-¿Qué hacen sin ir a la escuela?
-Técnicamente tenemos tres días de expulsión. Para reflexionar y todo eso. -dijo Mateo irónico.
-¿Aritza también?
-No. Yo... Lía no tiene problemas. Es solo un día y ya mi hermano lo sabe.
-Abuela -Lian se levantó. -¿Estás bien? Llevas horas fuera. -dijo esto para desviar el tema claro. Lía adivinó sus intenciones. No obstante, estaba cansada y respondió conciliadora.
-Estoy bien. Solo necesito pensar en cosas de adultos. -pero los vecinos y los chicos no se lo pusieron fácil. Esa misma tarde Amparo los visitó y contó que en el colegio los rumores sobre Andrés se habían desatado.
-Dicen que su familia fue desterrada de la ciudad por una pandilla. -explicó mientras pelaba patatas para la cena como si fuera dueña del lugar. -Otros dicen que son agentes secretos y que están aquí por una misión, pero la mayoría cree que algo malo pasó con un chico de su antiguo colegio. Que alguien murió o fue asesinado. Todavía no lo investigo bien, pero yo me entero como que me llamo Amparo Escobar Matienzo.
Noelia no dijo nada y los chicos tampoco. Hablar delante de Amparo era suicidio social. Se limitaban a escuchar, hacer asentimientos neutrales y mantener muy bien guardada la lengua dentro de sus bocas. Noelia recordó la sombra en los ojos de Carlos, la forma en que había hablado de su hijo. Algo en el fondo de su instinto le decía que la verdad era mucho más oscura que cualquier rumor que Amparo hubiera escuchado.
-Amparo, ya se hace tarde y bajar la montaña se vuelve peligroso. Especialmente ahora que el deshielo está casi completo. Te aconsejo que no hagas caso a los rumores y comentarios. Puedes buscarte un problema con los de la ciudad. -cuando finalmente Amparo se fue todos suspiraron aliviados. Hasta Capitán maulló complacido. Lian miró a Noelia con sus ojos serios, demasiado viejos para su edad.
-¿Tú sabes algo, Lía? ¿Es por eso que fuiste a esa casa?
-No, no sé nada. Solo fui a dar cara por ustedes. -pero para sus adentros pensó: "creo que pronto sabré."
La noche cayó sobre la montaña como un manto de terciopelo negro. Noelia se sentó frente a la entrada de la cueva, acariciando a Capitán, mientras las estrellas brillaban como pequeñas promesas rotas. En la distancia, las luces de la nueva finca parpadeaban, un faro en la oscuridad ¿Ayudar a Andrés? ¿Enredarse en los problemas de una familia rica? ¿Exponer su propio secreto? Todo su instinto le decía que se mantuviera al margen, que protegiera la vida que ahora tenía, pero entonces recordó a Elena, dibujando mariposas en las servilletas para ella cuando nadie tenía ni un minuto para dedicarle. Elena, la enfermera de los ojos llenos de miedo y esperanza. Sería ese el propósito de su segunda vida. No solo cuidar de jóvenes perdidos, sino también tender puentes entre el dolor y la redención.
-No me mires así, bicho. -dijo a Capitán que la miraba con su único ojo con incredulidad y cierta burla felina. -Puede que esto termine mal, pero al menos habré intentado hacer lo correcto. Siempre lo hago y no voy a cambiar ahora. -el gato maulló y se fue a dormir a su cama, como si dijera: "-Allá tú. Yo ya cumplí mi cuota de sabiduría por hoy." Noelia sonrió. No sabía qué encontraría en casa de los Santiesteban al otro día. No sabía cómo se sentiría al escuchar la verdad sobre Andrés, pero comprendería cómo protegerse y proteger a los suyos. Al día siguiente, cuando el sol teñía de rosa el horizonte, Noelia llamó a la puerta de la finca de los Santiesteban nuevamente.
-Señor Santiesteban, acepto su oferta, pero quiero que me cuente toda la verdad sobre su hijo. Sin medias verdades, sin mentiras piadosas. Todo. Al fin y al cabo su chico ha lastimado a los míos. -hubo un silencio y luego la voz de Carlos habló, más aliviada de lo que cualquier hombre de negocios debería permitirse.
-Gracias, señora Pérez. Le contaré todo, pero le advierto. No es una historia bonita.
-Las historias bonitas rara vez son ciertas. -respondió Noelia.