Es una cumbre empresarial internacional de alto nivel.
Él espera ver a otra ejecutiva manipulable o intimidada por su presencia.
Ella llega con su armadura de hierro, luciendo impecable, sin dejar que nadie pase por encima de ella.
La chispa: Cuando él intenta imponer su poder o coquetear de forma dominante, ella lo frena en seco y lo pone en su lugar frente a otros magnates. Nadie le ha hablado así jamás. Por primera vez, "El Demonio" encuentra a una mujer que no solo lo aguanta... sino que desafía su autoridad.
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EL REINO DEL DEMONIO
A miles de kilómetros de allí, en la planta más alta del rascacielos de Grupo Kronos Capital, el ambiente no era de disciplina elegante, sino de un poder aplastante e intimidante.
Kael Montero Sotomayor ajustaba los gemelos de oro en los puños de su camisa hecha a medida. A sus treinta y cinco años, Kael era la definición viviente de la arrogancia y la perfección física. Para la élite financiera global, era el genio de las inversiones, un magnate implacable que compraba y vendía conglomerados como si fueran fichas de ajedrez. Pero en los callejones oscuros de las finanzas internacionales y en las rutas clandestinas del contrabando, su nombre no se pronunciaba en alto. Allá abajo, él era sencillamente "El Demonio".
—El puerto de Rotterdam está despejado, Kael —dijo Héctor Prado, su asistente personal y mano derecha, cerrando una carpeta de documentos confidenciales—. La carga pesada de Kronos pasó los controles de aduana sin un solo rasguño. Tu fachada como gigante de la energía sigue siendo impenetrable.
—Nunca fue una fachada, Héctor. Es un imperio —respondió Kael con una voz grave, rasposa y cargada de una autoridad natural que no admitía réplicas.
En ese momento, la puerta de la oficina privada se abrió de golpe. El Dr. Fabián Lanza entró quitándose un par de guantes quirúrgicos y lanzándolos a la papelera con desdén.
—Tu hombre del sector este ya está cosido, Kael —dijo Fabián, sirviéndose un trago de whisky del decantador de cristal a pesar de ser apenas las diez de la mañana—. Un tiro limpio en el hombro. Le dije que si vuelve a meterse en el territorio de las familias rivales sin tu orden, el próximo balazo se lo pongo yo mismo en la frente.
Kael ni siquiera pestañeo. Sirvió dos dedos de licor para sí mismo y miró la ciudad desde el gran ventanal.
—El respeto en este negocio no se pide, Fabián. Se impone con sangre o con dinero. Y yo tengo demasiado de ambos.
—Hablando de imponer... —intervino Héctor, revisando la agenda electrónica—, la Cumbre Internacional de Negocios en Ginebra es la próxima semana. Tienes la conferencia magistral. Todos los CEOs del planeta estarán ahí esperando conseguir una migaja de Kronos Capital.
Incluyendo las mujeres más codiciadas de la alta sociedad.
Una sonrisa amarga y ladina se dibujó en los labios de Kael.
—Las mujeres en Ginebra buscan lo mismo que todas: dinero, estatus o una noche en mi cama —dijo Kael con absoluto desprecio—. Ninguna aguanta mi ritmo en la intimidad, Héctor. Se rompen al primer intento. Sabes perfectamente que necesito dos para quedar satisfecho, y aun así me aburren a los diez minutos. El amor es un invento para los débiles que necesitan anestesiar su soledad.
—Deberías decírselo a tu madre —bromeó Fabián, sonriendo de lado—. Ayer doña Carmen me llamó preocupada porque no vas a las cenas familiares. Sigue rezando todas las noches para que encuentres una 'buena mujer' que te enderece el camino.
El rostro de Kael se suavizó solo una fracción de segundo.
Sus padres, Don Santiago y Doña Carmen, junto con sus dos hermanas casadas, Mariana y Valeria, eran el único rincón sagrado en su vida. Para ellos, Kael era un hijo y hermano ejemplar, un orgullo nacional que había levantado un imperio legítimo.
Ellos ignoraban por completo la sombra de sangre y mafias que lo rodeaba.
—Mi madre vive en un cuento de hadas —sentenció Kael, apurando el vaso de un solo trago—. Ninguna mujer ha nacido con el carácter, las agallas o la fuerza para estar a mi lado. Ni en la mesa de negociaciones, ni en mi cama.