Elisa Ramos, una brillante graduada en literatura, ve sus sueños destrozados una fatídica noche tras sufrir una brutal agresión en los suburbios que la deja atrapada en un mutismo selectivo severo. Justo cuando su humilde familia se enfrenta a la ruina y a una tragedia irreparable, en su vida irrumpe Liam Vance, un implacable y hermético CEO de la construcción. Lo que comienza como un frío acuerdo corporativo se transforma en un refugio inquebrantable cuando Liam la traslada a su mansión y se convierte en su "sombra pacífica". Mientras Elisa intenta recuperar su voz a través de las páginas de una libreta, Liam utiliza su inmenso poder para tejer una red de ingeniería legal y atrapar al culpable: Hugo Santoro, un heredero arrogante e intocable de la zona alta. Una historia magistral donde la sed de justicia y el amor más puro se unen para demostrar que los cimientos del corazón son indestructibles.
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CAPITULO 5. LA FRAGILIDAD DEL CRISTAL
La lluvia golpeaba con fuerza los cristales del coche mientras Liam conducía a toda prisa hacia el viejo barrio. Las calles estaban semivacías y el cielo gris parecía aplastar los tejados de las casas bajas. Aparcó bruscamente frente a la vivienda de los Ramos. La fachada humilde, que ayer desprendía el calor de un hogar trabajador, ahora se veía completamente lúgubre y abandonada.
Liam bajó del coche, protegiéndose apenas con su abrigo oscuro, y subió los tres escalones del porche. Probó a llamar al timbre, pero el sonido se perdió en el interior sin obtener respuesta. Empujó el pomo por puro instinto y, para su sorpresa, la puerta cedió con un leve gemido de las bisagras. Estaba abierta.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —pronunció Liam, dando un paso hacia el interior del pasillo.
El silencio que lo recibió era denso, casi doloroso. El olor a té frío y a madera vieja flotaba en el ambiente. Avanzó por la sala de estar, deteniéndose un segundo ante la estantería llena de novelas clásicas y cuadernos gastados. Todo permanecía exactamente igual que el día anterior, pero la ausencia de Mateo y Lucía se sentía como un vacío inmenso.
Siguió el estrecho pasillo hasta el fondo, guiado por una puerta entreabierta de la que no salía ni un solo rayo de luz.
Liam empujó la madera con suavidad. La habitación estaba en penumbra, con las persianas completamente bajadas. Tardó unos segundos en acostumbrar los ojos a la oscuridad hasta que descubrió una silueta encogida sobre la cama.
Era Elisa.
La muchacha estaba de lado, con las piernas pegadas al pecho y los brazos envueltos alrededor de una almohada gastada. Llevaba un jersey oversize gris que le quedaba enorme y el cabello castaño le caía desordenado sobre el rostro. Tenía los ojos abiertos, fijos en un punto cualquiera de la pared, pero su mirada no tenía brillo; era la mirada de alguien que ya no estaba allí.
—¿Elisa? —Liam se acercó con cautela, cuidando de no hacer ruido con sus zapatos—. Soy Liam Vance. Estuve ayer con tus padres.
La chica ni siquiera pestañeó. No hubo un sobresalto, ni un gesto de miedo, ni un intento de cubrirse. El silencio de Elisa era absoluto, un muro invisible que la separaba por completo del resto del mundo.
Liam se arrodilló a un lado de la cama para quedar a su altura, impactado por la palidez de su piel y la fragilidad que desprendía. Parecía una figura de porcelana a punto de romperse en mil pedazos. En ese momento, el joven CEO comprendió la magnitud de la tragedia: Elisa no sabía nada. Nadie había ido a avisarla porque no tenía más familia, y ella seguía esperando a que sus padres regresaran con el dinero que supuestamente iba a salvarla.
—Elisa... tienes que escucharme —dijo Liam, y por primera vez en muchos años, su voz firme de negocios tembló de una forma puramente humana—. Hubo un accidente en el puente del río. El autobús en el que venían tus padres... no hubo supervivientes, Elisa. Lo siento muchísimo.
Durante unos segundos, nada cambió en la habitación. Pero de pronto, Liam notó cómo los dedos de la chica se apretaban con fuerza convulsiva contra la tela de la almohada. Su respiración se volvió errática, rápida y entrecortada, como si el aire le quemara los pulmones. Dos lágrimas gruesas y silenciosas desbordaron sus ojos quietos, resbalando por sus mejillas sin que emitiera un solo sollozo, ni un quejido, ni un grito de dolor. Aquel llanto mudo y ahogado resultó desarrador para Liam.
El instinto de Liam siempre había sido resolver problemas de forma práctica, pero esto escapaba a cualquier manual de estrategia. No podía dejarla allí sola en una casa que iba a ser demolida en días. No podía entregarla a los servicios sociales del Estado para que fuera un número más en una lista. Sentía una responsabilidad moral directa; sus padres habían muerto buscando el dinero que él les había entregado.
—No voy a dejarte sola —afirmó Liam, levantándose y tomando una manta limpia del armario—. Te vas a venir conmigo. Te daré un lugar seguro donde puedas recuperarte. Te lo prometo.
Con sumo cuidado, como quien maneja un objeto de valor incalculable, Liam la envolvió en la manta y la tomó en brazos. Elisa no opuso resistencia; su cuerpo pesaba alarmantemente poco y se dejó llevar como una muñeca de trapo, manteniendo la mirada perdida en la nada mientras las lágrimas seguían empapando el abrigo de Liam.
El joven CEO salió de la casa con Elisa en brazos bajo la lluvia torrencial, metiéndola en el asiento del copiloto de su coche. Mientras rodeaba el vehículo para subir al puesto del conductor, Liam tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre: utilizaría todo su poder y su fortuna para reconstruir a esa mujer destrozada, sin imaginar que, en el proceso, ella terminaría derribando los muros de su propio corazón.