Él la desea por su pasado. Ella lo busca por su futuro. ¿Podrán escapar de las sombras del pasado? 🖤
Dorian Collins es "El Magnate de los Diamantes" 💸, un CEO millonario, frío y destrozado por la muerte de su amada esposa Anna 🕊️. Para el mundo es indestructible, pero por dentro se consume en la soledad y en un deseo reprimido que no lo deja en paz.
Charlotte Mousier es una valiente obrera del sur de Francia ⚒️. Sin dinero y agobiada por las deudas, lucha por salvar la vida de sus padres enfermos 🏚️. Cuando el corrupto encargado de la mina intenta abusar de ella y la deja en la miseria, Charlotte emprende un viaje desesperado a París para plantarle cara al mismísimo dueño del imperio 🏢.
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Capítulo 4: ¡La Extraño!
Mientras tanto, en París, el tiempo parecía haberse congelado en una rutina monótona y gris. Durante el último año, Dorian Collins se había refugiado en lo único que sabía hacer para no volverse loco: trabajar. Se había sumergido de lleno en sus negocios, cerrando tratos millonarios y expandiendo su imperio de diamantes con una agresividad implacable. Si antes era un hombre serio, ahora se había convertido en un témpano de hielo; un hombre aún más frío, calculador y distante, cuyos empleados temblaban con solo verlo pasar por los pasillos de la corporación.
Para el mundo exterior, Dorian era una máquina indestructible. Pero por dentro, el vacío seguía intacto.
Una mañana, mientras el sol de París intentaba filtrarse tímidamente a través de los enormes ventanales de su elegante oficina, Dorian se tomó un respiro. El imponente escritorio de caoba estaba cubierto de contratos por firmar e informes de producción de diferentes partes del mundo, pero su atención se desvió hacia un rincón específico.
Con dedos lentos, estiró la mano y acercó el portarretratos de plata que descansaba en una esquina.
Al mirar la fotografía, sus ojos grises y gélidos se nublaron de inmediato por la nostalgia. Era Anna. En la imagen, ella sonreía con esa luz natural que a él tanto le hacía falta. Dorian delineó con el pulgar el cristal, deteniéndose en esos hermosos ojos verdes que solían transmitirle tanta paz, y en el desorden perfecto de su cabello rizado, que tantas veces había acariciado antes de que la enfermedad se la arrebatara.
Era el amor de su vida, una herida abierta que no lograba olvidar por más que pasaran los meses y los años.
Un golpe suave en la puerta de la oficina lo sacó bruscamente de sus pensamientos. Dorian parpadeó, tragándose el nudo de la garganta, y con un movimiento rápido regresó el portarretrato a su lugar, recuperando en un segundo su máscara de jefe implacable.
—Señor Collins... —la voz de su secretaria, siempre impecable y prudente, resonó desde la entrada de la oficina.
Dorian levantó la mirada, con el rostro ya convertido en una máscara indescifrable.
—Dígame, Sophie.
—Disculpe la interrupción, pero le recuerdo que en dos horas es la reunión de padres en el colegio de la señorita Lindsey. Me pidió que despejara su agenda para esto.
Dorian guardó silencio por un segundo. Lindsey. Ella era su única prioridad real ahora. Miró a su secretaria, asintió con un breve gesto de la cabeza y se limitó a decir:
—Prepare el coche. Iré directamente desde aquí.
Cumplió con su deber de padre de manera automática, presentándose ante las autoridades del exclusivo colegio parisino como el hombre respetable e imponente que era, pero su mente seguía divagando en el vacío.
Al caer la noche, cuando por fin regresaron a la enorme mansión a las afueras de París, Dorian se aseguró de que Lindsey cenara y se quedara al cuidado de las niñeras. Solo entonces, con el peso del día aplastándole los hombros, caminó hacia el ala principal de la propiedad y entró a su habitación.
El silencio del enorme cuarto era asfixiante. Dorian cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie en la penumbra. Su mirada, oscura y cargada de una frustración acumulada por doce meses de soledad, se clavó inevitablemente en la gran cama matrimonial.
Los recuerdos lo asaltaron sin piedad. En ese colchón, bajo esas sábanas de seda, se había amado con Anna incontables veces. El deseo incontrolable de tenerla, de sentir su calor, volvió a invadirlo como una marea violenta. Sintió una punzada caliente en la entrepierna al recordar las curvas perfectas de su esposa, la suavidad de su piel bajo sus manos y la entrega salvaje de sus besos. La abstinencia y el dolor se mezclaron, transformándose en una excitación urgente y dolorosa que no podía —ni quería— contener. Su cuerpo reclamaba a Anna con la misma fuerza que su mente.
Frustrado, maldiciendo su suerte en un susurro, se desabrochó el saco y la camisa mientras caminaba con paso pesado hacia el baño principal.
Encendió la luz tenue y se miró al espejo, con la respiración ya alterada. No había otra mujer para él, ni la habría jamás. Con el pulso acelerado, se deshizo del resto de la ropa y, apoyándose contra la pared de mármol de la ducha, no le quedó más remedio que cerrar los ojos y masturbarse. Cada movimiento de su mano era guiado por la memoria exacta del cuerpo de su esposa; recreó en su mente el sonido de sus gemidos, la forma en que ella arqueaba la espalda y cómo sus cabellos rizados se enredaban entre sus dedos. Llegó al clímax con el nombre de Anna ahogado en la garganta, dejándolo temblando, exhausto y sumergido una vez más en la más absoluta y amarga soledad.
Excelentes capítulos, quede sorprendida de como una madre sea capaz de tanto 😲