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¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Maestro-estudiante / Amor platónico / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

...Valentina...

La Botica Familiar Torres olía a romero, a manzanilla y a tiempo.

Era sábado por la tarde y la luz dorada de las tres entraba por las ventanas altas del local, iluminando los frascos de vidrio alineados en los estantes como soldaditos de cristal. Cada uno tenía una etiqueta escrita a mano con la letra del abuelo: «Hierbabuena», «Valeriana», «Árnica», «Flor de manita».

Empujé la puerta y la campanilla de latón sonó con ese tintineo que me transportaba directamente a los seis años, cuando pasaba las tardes de verano sentada en el mostrador, viendo al abuelo preparar tisanas para los vecinos del barrio.

—¡Abuelo!

Don Emilio Torres estaba detrás del mostrador, con sus lentes de montura redonda y su chaleco de lana que usaba en todas las estaciones porque «el cuerpo del herbolario necesita calor constante». A sus setenta y tres años, tenía la espalda recta como un poste y las manos más firmes que las mías.

Me miró por encima de los lentes.

—Valentina. —Su voz era profunda, pausada, como un río que sabe exactamente a dónde va—. Llegas tarde.

—Llegué a las tres en punto, abuelo.

—Te esperaba a las dos y media. Tu hermano me dijo que salías temprano.

Diego. Por supuesto.

—Siéntate. —Señaló el taburete alto junto al mostrador—. Primero ayúdame con las hierbas. Después hablamos.

Así era el abuelo Emilio. Nunca iba directo al grano. Primero te ponía a trabajar. Después, cuando tus manos estaban ocupadas y tu mente distraída, sacaba la conversación que realmente quería tener.

Me senté y empecé a separar ramas de romero fresco, quitando las hojas secas y colocándolas en frascos limpios. El aroma me llenó las manos y los recuerdos.

—Tu madre me llamó —dijo, sin levantar la vista de las raíces que estaba cortando.

—Lo sé.

—Tu hermano también.

—También lo sé.

—Dicen que vives con un hombre. Un exprofesor tuyo. Mayor que tú.

Me preparé para el interrogatorio. Respiré hondo. Apreté una rama de romero tan fuerte que se partió entre mis dedos.

Pero el abuelo no levantó la voz. No frunció el ceño. Simplemente siguió cortando raíces con su cuchillo de hueso, con la misma calma con la que podaba las plantas del jardín trasero.

—Cuéntame —dijo.

Y le conté.

Le conté todo. Bueno, casi todo. Le conté que Martín era mi profesor de literatura, que lo admiré durante cuatro años, que me ofreció un lugar cuando me quedé sin vivienda. Le conté de las reglas, de los desayunos, de las notas adhesivas. Le conté que era respetuoso, que cocinaba como un profesional, que recordaba detalles que yo misma olvidaba.

No le conté que su voz me hacía temblar. No le conté que a veces lo miraba desde la barra de la cocina y sentía que el pecho se me llenaba de algo demasiado grande para nombrarlo.

El abuelo escuchó en silencio. Cuando terminé, dejó el cuchillo sobre la tabla de madera y se limpió las manos con un trapo bordado.

—¿Es buena persona?

—Sí, abuelo. De verdad.

—¿Te trata bien?

—Mejor de lo que merezco.

Me miró con esos ojos que habían visto setenta y tres años de alegrías y dolores. Ojos que no juzgaban, sino que leían. Como si las personas fueran textos abiertos y él conociera todos los idiomas.

—Mija, la edad y los títulos son accidentes del calendario. Lo que importa es si alguien te cuida el alma o te la desgasta. —Se quitó los lentes y los limpió con la esquina del chaleco—. Tu hermano me dijo que este hombre sabía los gustos de tu madre sin haberla conocido. ¿Es cierto?

—Sí.

—Eso no es atención normal. Eso es intención.

La palabra me golpeó en el pecho. Intención. No casualidad, no cortesía. Intención.

—Quiero conocerlo —dijo el abuelo, poniéndose los lentes de vuelta—. Tráelo un sábado. Le voy a servir un té y lo voy a observar. Un abuelo conoce el carácter por los gestos antes que por los discursos. Quiero ver cómo te mira, cómo te habla, cómo se mueve cerca de ti.

—Abuelo, no es un paciente.

—Todos somos pacientes de algo, mija. Y el amor es la enfermedad más reveladora.

Sonreí con los ojos húmedos. Porque ese era el abuelo Emilio: poeta disfrazado de herbolario, filósofo con delantal de jardín.

Seguimos trabajando en silencio. Él preparaba un frasco de tintura de valeriana; yo etiquetaba las bolsas de té de manzanilla que venderíamos la semana siguiente. La radio del local tocaba boleros viejos y la campanilla de la puerta sonaba cada vez que entraba un cliente habitual.

El abuelo también sacó otro tema, más suave pero igual de importante:

—¿Has pensado en aprender más de esto? —Señaló los estantes con un gesto amplio—. La botica necesita a alguien que la continúe. Tus primos no tienen interés. Tu hermano tampoco. Tú siempre fuiste la que se quedaba mirando las plantas como si pudieran hablar.

Me mordí el labio. Era cierto. De niña, pasaba horas en la trastienda, oliendo hierbas, preguntando nombres, memorizando para qué servía cada una. Pero la vida me llevó por otro camino: la universidad, la agencia, el mundo profesional.

—Lo pienso a veces —admití—. Pero no sé si puedo hacer las dos cosas.

—No tiene que ser ahora. Pero no lo olvides. Las raíces que se cortan no siempre vuelven a crecer.

Asentí. Guardé sus palabras en el mismo lugar donde guardaba las notas adhesivas de Martín: en ese rincón del pecho donde se almacenan las cosas que importan de verdad.

A las cinco, salí de la botica. El sol estaba más bajo y la calle tenía ese brillo anaranjado del atardecer en sábado. Caminé dos cuadras hacia la parada del autobús, con una bolsa de manzanilla que el abuelo me regaló «para que tu profesor pruebe un té de verdad».

Y entonces, una voz detrás de mí:

—¡Vale! ¡Valentina!

Me giré.

Felipe Morales estaba ahí. Alto, sonrisa amplia, camisa de marca y un batido verde en cada mano. Parecía un anuncio de ropa deportiva con licuado incluido.

—¡Qué casualidad! —dijo, acercándose con una energía que me agotó antes de que llegara a mi lado—. Estaba comprando unas cosas aquí cerca. Mira, te traje un batido. Bueno, compré dos porque no sabía si te gustaba el de espinaca o el de kale.

Me extendió ambos vasos como si fueran trofeos.

—Felipe, no tenías que…

—¡Para nada! Oye, ¿qué haces por aquí? ¿Vienes seguido? Porque yo vengo bastante, hay un gimnasio a dos cuadras. ¿Cenamos hoy? Conozco un lugar nuevo de comida fusión que está increíble. ¿Ya tienes mi contacto guardado?

Todo eso en treinta segundos. Sin pausa para respirar. Sin esperar respuesta.

Acepté el batido de espinaca por cortesía. Le dije que tenía planes. Le di mi número cuando sacó el teléfono porque negarme me pareció demasiado brusco con alguien del consejo estudiantil con quien compartí dos años de reuniones.

Pero mientras él hablaba de restaurantes y gimnasios y eventos de networking, mi mente estaba en otro lugar. En una cocina con olor a tortilla quemada. En una voz que decía «Te ves muy bonita cuando te sonrojas» como si fuera un hecho científico.

—Bueno, te escribo entonces —dijo Felipe, con una sonrisa que era demasiado blanca, demasiado entusiasta, demasiado todo.

—Claro. Hasta luego.

Subí al autobús. Miré el batido verde. No lo tomé.

El teléfono vibró. Un mensaje de Martín:

«¿Cómo estuvo la visita al abuelo?»

Sonreí. Seis palabras. Sin signos de exclamación. Sin emojis. Sin preguntar si quería cenar en un lugar de comida fusión.

«Bien. Te cuento en casa.»

«Bien.»

Otra vez «Bien». Y otra vez, esa palabra de cuatro letras me supo a todo lo que las cien palabras de Felipe no pudieron darme.

Cuando llegué al 302, Martín estaba en la cocina. Olía a ajo y cilantro. Levantó la vista cuando entré y vi que había puesto dos platos en la barra.

Dos. Sin preguntar si iba a cenar ahí. Simplemente dos.

—El abuelo quiere conocerlo —dije, dejando la bolsa de manzanilla en la barra.

Él miró la bolsa. Leyó la etiqueta escrita a mano. Y algo en su expresión se suavizó.

—¿Cuándo?

—Cualquier sábado. Dice que le va a servir un té y lo va a observar. —Hice una pausa—. Es su forma de evaluar a las personas.

—Me parece justo. —Volvió a la sartén—. ¿Qué tipo de té prefiere?

—Profesor, el abuelo va a ser quien le sirva el té a usted.

—Lo sé. Pero quiero saber cuál es su favorito para llevárselo yo a él.

Me quedé mirándolo. Este hombre. Este hombre que preparaba dulces con los sabores favoritos de mi madre, que quería llevarle té al hombre que lo iba a evaluar, que ponía dos platos sin preguntar.

—Té de hierbabuena con un toque de canela —dije, con la voz un poco rota.

—Anotado.

Cenamos. Arroz con verduras, plátano frito y una sopa de lentejas que sabía a sábado por la tarde. Le conté todo: el romero, la valeriana, las raíces, la pregunta del abuelo sobre la botica.

No le conté lo de Felipe Morales. No porque fuera un secreto, sino porque no importaba.

—Tu abuelo suena como un hombre sabio —dijo, recogiendo los platos.

—Lo es. Dice que el amor es la enfermedad más reveladora.

Él se detuvo con un plato en la mano. Me miró con esos ojos castaños que siempre parecían saber más de lo que decían.

—Tiene razón.

Y esa noche, antes de dormir, le escribí al abuelo:

«Él dice que le parece justo. Y quiere saber qué té te gusta para llevártelo.»

La respuesta del abuelo llegó tres minutos después:

«Un hombre que quiere llevarle té al que lo va a evaluar no tiene nada que esconder. Me cae bien antes de conocerlo.»

Abracé el teléfono. Cerré los ojos. Y por primera vez en días, dormí sin peso en el pecho.

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1
Cristina Gomez
Gracias porque muy pocas veces me sorprende darme cuenta que sonrío mientras leo y está vez me pasó.
Vanessa Soto Garcia
que hermosa novela ☺️
Cristina Gomez
que hermosa novela,este el tipo de amor que todas buscamos y muy pocas logramos encontrar.
Vanessa Soto Garcia
😂😂😂😂😂😂
Helizahira Cohen
Es bonita, diferente pero se me hizo muy larga, la voy a terminar porque esta muy bien narrada
Helizahira Cohen
Es bonita pero muy lenta y veo que es larga
Helizahira Cohen
pero ya que avance
Helizahira Cohen
ya pueden hablar, no son profesor y alumna, ambos lo quieren
Alesi Mendiola
Que tierno un hombre que recuerde asta el mas mínimo detalle
Flor Perez: en donde encuentro un profesor así 🤭🤭🤭
total 1 replies
Sofy Solis
🥰🥰🥰 Qué lindo que es él!!!
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela hermosa un poquito larga pero muy hermosa espero sigas escribiendo tan hermoso muchas bendiciones y muchos éxitos más
Tere Jimenez
hermoso final felicidades
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