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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

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Capítulo 19

Capítulo 19 — La humillación en el Hotel Regencia

El Hotel Regencia olía a lirios caros y a dinero. Subí en el ascensor de espejos con el perchero de ruedas, repasando la orden: entregar el vestuario, que firmen el recibo, volver. Media hora, le había dicho a don Braulio. Media hora.

La suite presidencial tenía las puertas dobles abiertas y adentro un enjambre. Maquilladores, una peluquera, un par de asistentes con audífonos, un fotógrafo revisando su cámara. Y en el centro, sentada en un sillón como en un trono, la tal Yaqui Sarmiento.

Era bonita del modo en que son bonitas las cosas hechas en serie. Pestañas postizas larguísimas, uñas de acrílico como garras rojas, un vestido que se le pegaba a todo. Ni me miró cuando entré.

—Buenas tardes. Traigo el vestuario de la Agencia Manantial —dije—. ¿Dónde lo dejo?

Una asistente me señaló un biombo. Empecé a colgar las fundas. Yaqui, mientras tanto, se probaba los zapatos que yo había traído en la caja de arriba: unos stilettos plateados, altísimos.

Se paró, dio dos pasos y frunció la nariz.

—Me quedan grandes. —Los pateó con el pie—. Estos zapatos están usados.

—Son nuevos, señorita. Salieron esta mañana de la...

—¿Me estás llamando mentirosa? —Giró hacia mí, y ahora sí me miró, de arriba abajo, con asco—. Están dados de sí. Alguien los estiró. —Entrecerró los ojos—. Fuiste tú. Te los probaste, ¿verdad? Te probaste mis zapatos con esos pies de campesina que tienes.

El enjambre entero se quedó quieto. La peluquera bajó el secador. Un maquillador se congeló con el pincel en el aire.

*Respira, Renata. Es de trabajo. Firma el recibo y vete. No le des el gusto. Has aguantado cosas peores de gente que importa más que esta.*

—Le aseguro que no los toqué —dije, la voz plana, profesional—. Vienen en talla estándar, salidos de fábrica. Si le quedan holgados, con una plantilla se soluciona en un minuto. Le traigo una ahora mismo.

—No quiero tu plantilla de pobre. —Se cruzó de brazos—. Lo que quiero es que aprendas cuál es tu lugar. ¿A ti quién te enseñó a hablarle así a la gente? —Chasqueó la lengua, y entonces, con una sonrisita, tiró el cuchillo—. Ah, cierto. A ti no te enseñaron nada. Se te nota. Se nota de lejos que te criaron sin madre.

El aire se me cortó.

*Sin madre.*

Mi madre murió cuando yo tenía seis años. Todavía recuerdo el olor de su ropa y la forma en que me trenzaba el pelo antes de dormir. Después vino Marisol, que me llamó "hija" delante de la gente y me trató de estorbo a solas. Doña Herminia me había humillado con su bastón, Ricardo me había levantado la mano, Damián me había mirado como se mira un contrato. De todos ellos había aguantado, porque todos, de un modo torcido, eran míos: mi familia, mi apellido prestado, mi cruz.

Pero esta desconocida no tenía ningún derecho a meter los dedos en la única herida que yo guardaba intacta.

—A mí me crió una mujer que trabajó hasta el último día de su vida —dije, y ya no me salió la voz plana, me salió afilada—. Y me enseñó algo que a usted, con todo su vestuario prestado, se le olvidó: que el respeto no se compra con pestañas postizas. Usted no me conoce. No hable de lo que no sabe.

La suite entera contuvo el aliento.

A Yaqui se le puso la cara del color de sus uñas.

—¿Cómo te atreves? —Su voz se volvió un chillido—. ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Sujétenla! ¡Sujeten a esta muerta de hambre!

Fue tan rápido que no alcancé a retroceder. Dos de sus asistentes me agarraron de los brazos, uno de cada lado, y me clavaron contra el biombo.

—¡Suéltenme! —Forcejeé—. ¡Suéltenme, están locos!

Yaqui se acercó, despacio, saboreándolo. Levantó la mano con esas garras rojas.

—Vamos a ver si con la cara marcada sigues siendo tan valiente.

Sentí el ardor antes de entender lo que pasaba. Las uñas me rasgaron la mejilla, de la sien al pómulo, tres surcos que quemaban. Volví la cara y lo hizo de nuevo, más abajo, en la mandíbula. El escozor me llenó los ojos de lágrimas de puro dolor físico.

—¡Basta! —grité—. ¡Basta!

—Cállate. —Levantaba la mano otra vez.

—¡Yaqui! —Un hombre del equipo de producción se metió entre las dos, blanco como el papel, con el teléfono en la mano—. ¡Yaqui, para! ¡Para ya! —Bajó la voz, apurado, mirando la puerta—. Me acaban de avisar. El presidente del Grupo Boreal viene al hotel esta misma tarde. A supervisar la sesión. Si te ve en este escándalo, se cae la campaña, se cae todo. ¡Suéltenla, por Dios!

El nombre "Grupo Boreal" obró como un balde de agua fría. Yaqui bajó la mano de golpe. Los asistentes me soltaron los brazos.

Ella se acomodó el pelo, recompuso la sonrisita y me miró como quien mira algo que se saca del zapato.

—Ya conseguiste lo que querías, ¿no? Arruinarme la tarde. —Me señaló la puerta con un dedo—. Lárgate. Y llévate tu carro de trapos. No quiero volver a verte.

No le contesté. No podía. Tenía la mano apretada contra la mejilla y entre los dedos ya me corría algo tibio.

Agarré el perchero y salí. Salí sin firmar recibo, sin mirar a nadie, con la cabeza gacha y el fuego encendido en la cara.

*No llores. No aquí. No delante de ellos.*

En el vestíbulo la gente elegante iba y venía y yo caminaba pegada a la pared, tapándome la mejilla como si pudiera esconder la humillación entera detrás de una mano. Me piqué la nariz para no llorar. Me temblaba el labio.

Llegué al ascensor de espejos. Apreté el botón. Las puertas se abrieron.

Y choqué de frente con un pecho.

Un traje oscuro. Un aroma que me sabía de memoria.

Levanté la vista.

Damián.

*No. Él no. Cualquiera menos él. La única persona ante la que no quería, jamás, mostrarme así.*

Bajé la cara de inmediato, pero ya era tarde. Él me había visto la mano contra la mejilla, la mueca, los ojos brillantes.

—Renata. —Su voz cambió—. ¿Qué...?

Me tomó de la muñeca y me apartó la mano de la cara, con firmeza pero sin lastimarme. Y entonces lo vio. Los tres surcos rojos de la sien al pómulo. Las marcas de más abajo. El hilo de sangre ya seca en la mandíbula.

Lo sentí quedarse muy quieto. Un tipo de quietud que da más miedo que cualquier grito. La gente elegante seguía cruzando el vestíbulo a nuestro alrededor, ajena, y nosotros dos éramos una isla de silencio en medio del mármol.

*No me preguntes, por favor. No aquí. No me hagas decir en voz alta que me arañó la cara una mujer a la que le llevaba zapatos.*

Con la otra mano me levantó la barbilla, apenas, para verme entera bajo la luz del vestíbulo. Su rostro no se movió. Pero sus ojos, sus ojos se volvieron dos pozos negros, y algo en el fondo de ellos se prendió y ya no se apagó.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó. Muy bajo. Cada palabra cortaba como un bisturí—. Quiero ver quién fue el valiente que se atrevió a tocar a mi mujer.

Abrí la boca. No me salió nada.

Damián me tomó de la mano, entrelazó sus dedos con los míos, y me hizo girar hacia el ascensor del que él acababa de bajar.

—Llévame a donde está esa mujer.

—Damián, no hace falta, yo...

—Llévame.

Aturdida, con la mejilla ardiendo y la mano prisionera en la suya, me dejé guiar. Entramos los dos al ascensor de espejos.

Las puertas se cerraron sobre nuestros reflejos.

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