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El Asistente Del Valle Del Fuego

El Asistente Del Valle Del Fuego

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Doctor / Aventura / Completas
Popularitas:207
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.

En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.

Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent

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CAPÍTULO 1: LA CAÍDA

Seúl, 17 de mayo de 2026. 23:17.

Las puertas del ascensor se abrieron con un zumbido, y Ha-jun salió arrastrando los pies, el uniforme de asistente médico todavía oliendo a desinfectante y a la sopa de algas que se había tomado en la cafetería del hospital. Tenía los ojos rojos de haber estudiado anatomía durante tres horas antes del turno, la mochila le pesaba en el hombro con el botiquín de repuesto y el teléfono a punto de morir, y su único deseo en el mundo era tirarse en la cama, encender el nuevo episodio de *Mi némesis con aires de realeza* y dormir hasta las doce del día siguiente.

No era un héroe. No era valiente. Era un chico de 18 años que había tenido que crecer rápido, que trabajaba para pagarse la carrera de medicina, que sabía curar heridas pequeñas, bajar fiebres y hablar con los abuelos del barrio que nadie más quería atender. Nada más.

Metió la mano en el bolsillo por la llave de su departamento, piso 12, edificio 3, el más viejo de la cuadra, y entonces lo vio.

Un papel doblado en cuatro, blanco, sin sobre, metido justo debajo de su puerta.

Lo agarró, frunció el ceño. Ningún compañero de la clínica sabía dónde vivía. No tenía novia, sus padres vivían en Busan y solo lo llamaban los domingos. ¿Un error del cartero? ¿Un aviso del administrador?

Lo abrió. Letras gruesas, escritas con un marcador negro, a mano:

**Sube a la azotea AHORA. Si no lo haces, te arrepentirás toda la vida.**

Ha-jun miró por el ojo de la cerradura. El pasillo estaba vacío, solo la luz amarilla parpadeando al final. El silencio le erizó la piel de los brazos.

—Esto es una broma de mierda —masculló, pero sus piernas ya se movían hacia las escaleras de emergencia antes de que su cerebro pudiera detenerlo.

La curiosidad siempre había sido su peor defecto. El que le había hecho reprobar química en segundo año por meterse en el laboratorio a ver qué pasaba si mezclaba dos cosas que no debía. El que le había hecho agarrar un gato callejero con sarna que le había arañado toda la mano, solo para curarlo y buscarle una casa.

Subió los dos pisos que faltaban de un tirón, el corazón latiéndole en los oídos. La puerta de hierro de la azotea estaba entreabierta, chillando con el viento frío de la noche de primavera.

La empujó.

El viento le golpeó la cara con fuerza, llevándose el pelo de los ojos. Allá abajo, las luces de Seúl brillaban como un mar de estrellas caídas: coches, rascacielos, neones de tiendas que nunca cerraban. El ruido de la ciudad era un murmullo lejano.

—¿Hola? —gritó, y su voz se la llevó el aire—. ¿Quién está ahí? ¡Esto no es gracioso!

Dio tres pasos hacia el borde, buscando a alguien entre las sombras del tanque de agua y las secadoras de ropa de los vecinos.

Y entonces la figura salió.

Llevaba una sudadera con capucha negra, la cara completamente oculta, guantes en las manos. No dijo nada. No hizo ningún ruido. Solo salió de la sombra de un solo salto, antes de que Ha-jun pudiera reaccionar, y una mano fuerte, dura como la piedra, le empujó el pecho con toda su fuerza.

Perdió el equilibrio.

Un segundo. Solo un segundo en el que vio la cara de su madre, el uniforme de la clínica, el último mensaje que le había enviado a su mejor amigo diciendo *mañana vamos por ramyeon*. Un segundo en el que pensó: **voy a morir**.

Vio las luces girar a su alrededor. Sintió el aire en los pulmones que no podía llenar, por más que abriera la boca. El suelo se acercaba, rápido, demasiado rápido, el asfalto negro listo para romperle todos los huesos.

Y entonces, en vez del golpe duro que esperaba…

*¡SPLASH!*

Frío. Mucho frío. Agua que le entró por la nariz, la boca, los oídos, que le envolvió todo el cuerpo como una mano gigante. Cayó en la fuente de piedra del centro comercial que había al lado de su edificio, la que siempre decían que estaba rota, que nunca tenía agua.

La fuerza de la caída lo llevó hasta el fondo. Abrió los ojos bajo el agua, y lo último que vio antes de desmayarse fue algo imposible: las luces de neón de la ciudad se apagaban una por una, como si alguien estuviera apagando el mundo con un interruptor.

Luego, todo se volvió negro.

---

Cuando despertó, no sentía frío. Sentía calor.

Un olor fuerte le llenó los pulmones: tierra mojada, madera quemada, hierba silvestre y algo… salvaje, algo que no podía nombrar, que no olía a nada que hubiera respirado en sus 18 años de vida.

Abrió los ojos de golpe.

No estaba en una ambulancia. No estaba en una habitación de hospital con su madre llorando a su lado. No estaba en su cama.

Estaba sobre una cama hecha de ramas de pino y musgo suave, en una cueva alta, con paredes negras por el humo de años. A su lado, un fuego chisporreaba en un círculo de piedras, con un trozo de carne clavada en un palo encima, soltando grasa que caía y hacía saltar las llamas.

Y encima de él, inclinado tan cerca que sus narices casi se tocaban, había un hombre que no podía ser real.

Era enorme. Más de 1,90 metros, hombros anchos como puertas dobles, piel de un tono marrón dorado por el sol, cabello negro rizado que le caía por la espalda hasta la cintura. Una cicatriz blanca y gruesa le cruzaba la ceja izquierda, bajando hasta la mejilla. Vestía una túnica de piel de ciervo mal cosida, llevaba un collar de dientes de animales de diferentes tamaños, y sus manos —grandes, con los dedos gruesos, las uñas duras y sucias— le recorrían el cuello, la frente, los brazos, como si estuviera revisando un objeto extraño que había encontrado en el camino.

Olía a humo y a menta silvestre.

Ha-jun se puso rígido de golpe. Su cerebro, entrenado durante años para ver kdramas históricos, funcionó más rápido que el miedo.

*¡AH! ¡YA SÉ! ¡ES UN SET DE RODAJE! Seguro que es la nueva temporada de *Bon appétit, *, o una serie nueva de época que nadie me había contado. ¿Por qué me metieron aquí sin avisar? ¿Es un programa de cámaras ocultas? ¿Dónde están las cámaras?*

—Hola —dijo en coreano, riendo nervioso, intentando sentarse despacio para no asustarlo—. Perdón, ¿me puedes decir dónde está el director? ¿O el encargado de los extras? Me caí en la fuente y… creo que me golpeé la cabeza. ¿Me pueden devolver mi teléfono? Se me cayó, creo…

El hombre no respondió. Frunció el ceño, como si el sonido de las palabras le doliera los oídos. Dijo algo en una lengua de sonidos gruesos, cortos, profundos, que Ha-jun no entendió ni una sola palabra. Luego agarró su muñeca con una mano que le cubría toda la extremidad, sin hacerle daño, y le apretó suavemente la frente con la otra, como si buscara algo.

—¡Oye, me duele! —se quejó Ha-jun, quitándose de un manotazo—. ¡Ya pará! No soy un muñeco de práctica. ¿Dónde está el guion? ¿Me tienen que decir mis frases o improviso? ¿Me pagan por esto o es voluntariado?

Se levantó de un salto, se sacudió la ropa —su uniforme de asistente médico, todo mojado, roto por las ramas, con una mancha enorme de barro en la pierna derecha— y miró alrededor de la cueva.

Había lanzas de madera con puntas de piedra afiladas apoyadas en la pared. Recipientes de barro cocido, mal hechos, con frutas rojas dentro. Pieles de animales de todos los tamaños colgadas para secarse. Cestas de mimbre llenas de raíces y nueces.

Nada de cámaras. Nada de focos. Nada de micrófonos. Nada de cables por el suelo.

El miedo empezó a colarse por los agujeros de su teoría, frío y húmedo como el agua de la fuente.

Salió corriendo de la cueva antes de que el hombre pudiera detenerlo. Los pies descalzos le dolieron al tocar las piedras afiladas del suelo. Se paró en la entrada, respirando fuerte, y su corazón se detuvo completamente.

No había rascacielos. No había avenidas. No había coches. No había nadie.

Delante de él se extendía un valle verde infinito, más grande que cualquier parque que hubiera visto en su vida. Árboles gigantescos, con troncos tan anchos que cinco personas como él no alcanzarían a rodearlos, se alzaban hasta las nubes. Un río brillaba como plata bajo el sol de la mañana, corriendo de una montaña nevada que había allá a lo lejos. El aire era puro, tan puro que le dolió los pulmones al respirarlo hondo.

Y en la cima de una colina, caminando lento, con el paso pesado que solo tienen las cosas enormes, vio una mancha gris y peluda con dos colmillos largos que le salían de la boca.

Un mamut.

Pequeño, para ser mamut, pero mamut al fin y al cabo. De esos que solo había visto en museos, en esqueletos de huesos blancos. Allí, vivo, comiendo hierba tranquilamente.

Ha-jun se llevó las dos manos a la cabeza. Sus rodillas flaquearon, y se sentó de golpe en el suelo de piedra, sin importarle las espinas que le clavaba.

—No… no puede ser —susurró, los ojos llenos de lágrimas que no sabía si eran de miedo o de pánico—. Esto es un sueño. Me golpeé la cabeza al caer. Estoy en coma. Voy a despertar en el hospital y mi mamá me va a regañar por no dormir lo suficiente, y me va a dar kimchi jjigae, y todo va a volver a la normalidad…

—Te encontré en el río.

La voz vino de detrás. Baja, profunda, con un acento raro, lenta, como si cada palabra le costara trabajo sacarla de la garganta. Pero Ha-jun lo entendió. Perfectamente.

Era coreano. Raro, cortado, pero coreano.

Se giró de golpe. El hombre estaba en la entrada de la cueva, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándolo con una mezcla de curiosidad y desconfianza, como si fuera un animal raro que podía morderle en cualquier momento.

—Tú… tú hablas coreano? —preguntó Ha-jun, arrastrándose hacia atrás un poco.

El hombre negó con la cabeza. Señaló su propio pecho con un dedo grueso.

—Kael —dijo, y luego señaló a Ha-jun, repitiendo despacio, como si probara el sabor de las letras—: Tú… vienes… del agua. El río te trajo, medio muerto. No sé… cómo hablas… como nosotros. Pero diferente.

*Como nosotros*.

Esa frase le rompió el último hilo que le quedaba a la cordura.

—¿Dónde estoy? —preguntó, la voz temblando tanto que casi no se le entendía—. ¿Qué… qué año es? ¿Dónde está Seúl?

Kael miró hacia el valle, hacia el mamut que seguía comiendo allá en la colina, como si la pregunta no tuviera ningún sentido.

—Es el tiempo del lobo y el mamut —dijo, despacio—. El tiempo antes de que el hielo vuelva y se coma todo. Tú… no eres de aquí. Tu piel es muy clara. Tu ropa es… rara. Hueles a cosas que no conozco. Eres frágil. Caminas como si el suelo te quemara los pies. No sabrías ni matar un conejo para comer.

Antes de que Ha-jun pudiera responder, se escucharon risas y pasos rápidos acercándose entre los árboles.

Seis personas salieron de entre los arbustos, cargando ramas, frutas y una liebre muerta atada a un palo: tres hombres, dos mujeres y una niña pequeña que corría delante de todos, con los pies descalzos y el pelo lleno de hojas.

Se detuvieron en cuanto lo vieron a él, sentado en el suelo como un idiota, con el uniforme roto y los ojos como platos.

Era la familia. Siete en total, contando a Kael.

La mujer más alta —de cabello negro trenzado hasta la cintura, ojos duros como dos piedras, un cuchillo de piedra en la cintura— fue la primera en hablar. Su mirada le recorrió todo el cuerpo de arriba abajo, como si estuviera decidiendo si valía la pena comérselo o no.

—¿Qué es esa cosa, Kael? —preguntó, en la misma lengua que él, pero más rápida, más cortante—. ¿Por qué lo trajiste a la cueva? Es débil. No sirve para cazar. No sirve para cargar leña. Traerá mala suerte. Los espíritus se van a enojar.

—Mara —dijo Kael, con una voz tan tranquila que se notaba que estaba acostumbrado a que ella le cuestionara todo—. Estaba muriendo en el río. No lo podía dejar. La ley de la familia es clara: no abandonamos a nadie, aunque sea extraño.

Un joven de casi la misma edad que Ha-jun —alto, fuerte, con el mismo cabello rizado que Kael, una lanza de madera afilada en la mano, la cara llena de pecas— se acercó caminando lento, como quien se acerca a una serpiente venenosa. Levantó un pie y le empujó el hombro con dureza, sin ninguna piedad.

Ha-jun cayó de nuevo al suelo de espaldas.

—Es un inútil —dijo el chico, escupiendo al lado con desprecio—. Mira cómo cae. Un niño de 10 años pelea mejor que él. Échalo, Kael. Devuélvelo al río. Que el agua decida qué hacer con él. Los tigres de dientes largos se lo comerán antes de que se ponga el sol, y nos ahorramos el problema.

Ha-jun se tocó el hombro, el ardor del empujón mezclándose con la rabia que le subía por el pecho. Iba a responder, iba a decirle que él era asistente médico, que sabía cosas que ellos ni siquiera podían imaginar, que no era un inútil por más que no supiera lanzar una lanza, cuando una niña pequeña se le acercó corriendo, saltando por encima de las piernas de su hermano.

No tenía miedo. Tenía los ojos grandes y brillantes como dos canicas negras, las mejillas sucias de barro, y llevaba un lagarto de madera tallada en una mano.

Se agachó delante de él, tan cerca que sus narices casi se tocaban, y le tocó el botón plateado del uniforme con el dedito índice, una y otra vez, maravillada.

—Mamá —dijo, mirando a la mujer de la trenza sin quitarle los ojos de encima a los botones brillantes—. Su ropa tiene piedras de luna. ¿Me las das? ¿Me haces un collar con ellas?

Otra chica —un poco mayor que Ha-jun, de cabello castaño suelto que le caía por la espalda, ojos grandes y curiosos, con una canasta de nueces en los brazos— se acercó también. No lo tocó, pero lo miró de arriba abajo despacio, estudiando cada centímetro de su ropa, de su cara, de sus manos callosas por los guantes de látex de la clínica.

—No es malo —dijo ella, en voz baja, solo para que Kael y Mara la oyeran—. Solo… perdido. Mira sus ojos. Tienen miedo, pero no maldad. Como cuando encontramos al zorrito herido el invierno pasado.

Un hombre mayor —encorvado, con el cabello completamente blanco, un ojo cerrado por una cicatriz vieja, apoyado en un bastón de madera tallada— fue el último en acercarse. Caminaba lento, pero sus pasos eran firmes. Se paró delante de Ha-jun, lo miró fijamente con su único ojo bueno durante varios segundos que le parecieron una eternidad, y luego sonrió, mostrando pocos dientes, pero una sonrisa llena de algo que Ha-jun no pudo nombrar.

—El agua lo trajo —dijo el viejo, con la voz ronca como el crujir de la madera seca—. El agua siempre trae lo que el valle necesita. No lo echemos todavía. Dejemos que demuestre de qué sirve. O de qué no sirve.

Kael asintió. Miró a toda la familia, uno por uno, y luego clavó la mirada en Ha-jun, que seguía sentado en el suelo, la mochila de asistente médico —con el botiquín, la navaja suiza, las barritas energéticas y el teléfono muerto— apretada con fuerza contra el pecho.

—Se queda —sentenció. Todo el mundo se calló de golpe. Rian bufó de rabia, Mara frunció el ceño, pero nadie dijo nada más—. Le damos siete lunas. Si en ese tiempo sirve para algo, se queda con nosotros. Si no… lo llevamos de vuelta al río. Y que los espíritus decidan.

El sol subió un poco más en el cielo, calentando la espalda de Ha-jun. A lo lejos, el mamut bramó, un sonido profundo que hizo temblar las hojas de los árboles.

Ha-jun miró a las siete caras que lo miraban: el jefe que lo había salvado, la madre que desconfiaba, el rival que lo odiaba, la chica curiosa, el niño que aún no había hablado, la niña que quería sus botones y el viejo que parecía saber todos los secretos del mundo.

Siete lunas. Siete días para demostrar que no era un inútil. Siete días para aprender a sobrevivir en un mundo donde todo lo que sabía de su vida no servía para nada.

Siete días… o los tigres de dientes largos se lo comerían antes de que terminara la primera semana.

Tragó saliva. Apretó más fuerte la mochila.

Y por primera vez desde que cayó en la fuente, Ha-jun dejó de llorar. Dejó de pensar en Seúl, en el 2026, en su cama caliente.

Miró a Kael a los ojos.

—Acepto —dijo, con una voz que no tembló ni un poco—. Siete lunas. Pero les advierto algo: ustedes creen que soy un inútil. Y se van a sorprender mucho.

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