La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
NovelToon tiene autorización de Frida Escobar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Enemigas.
Estefanía sintió un nudo atorado en la garganta.
Tan fuerte… que le costaba incluso pasar saliva.
Todo comenzó a darle vueltas.
La música.
Las voces.
Las risas elegantes alrededor.
Y frente a ella…
La familia perfecta.
Su padre sonriendo orgulloso junto a su esposa y aquella mujer elegante que claramente era la verdadera hija de los Rosales.
La hija que sí merecía ser mostrada.
Por un instante sintió que las piernas le fallaban.
Pero unos brazos la sostuvieron antes de que cayera.
José.
—¿Estás bien?
Preguntó inmediatamente.
Estefanía asintió por inercia.
Ni siquiera sabía qué responder.
Simplemente comenzó a caminar sin rumbo fijo alejándose del salón.
Necesitaba aire.
Necesitaba salir de ahí.
Terminó deteniéndose en uno de los largos pasillos de la mansión.
Se sostuvo de la pared intentando respirar.
Pero ya no pudo contenerse más.
Las lágrimas comenzaron a caerle silenciosamente.
¿Cómo podían seguir con sus vidas como si nada?
¿Cómo podían reír?
¿Cómo podían fingir que ella no existía?
Su padre la había abandonado.
La dejó encerrada en un convento como si ella tuviera la culpa de nacer.
Y aun así… allá afuera él sonreía como el hombre más feliz del mundo.
Con su familia perfecta.
Lo que Estefanía no sabía…
Era que su padre la había seguido.
La había visto salir casi corriendo.
Y ahora la observaba llorar desde el otro extremo del pasillo.
El hombre frunció ligeramente el ceño confundido.
—¿Estefani?
La llamó con duda y cariño.
Ella levantó la mirada rápidamente.
Los ojos llenos de lágrimas.
Y por un instante… el hombre sintió un extraño dolor en el pecho.
—¿Qué ocurre?
Aquello terminó de romper algo dentro de ella.
—¿Qué qué ocurre?
Repitió con la voz quebrada.
Pero él realmente no entendía.
La miró desconcertado.
—Estefani… llevas años rechazándome.
Ella negó lentamente sin comprender nada.
Y él continuó hablando.
—Me odiabas y lo entendía… pero hace unos meses intenté hablar contigo otra vez y seguiste ignorándome, ya no sabía que hacer.
Estefanía abrió apenas los ojos.
Confundida.
—¿Qué…?
No entendía absolutamente nada.
¿Hablar con ella?
¿Intentarlo?
Ella jamás había recibido nada.
Ni cartas.
Ni llamadas.
Ni mensajes.
Pero antes de que pudiera preguntar algo más, la esposa de su padre apareció.
Y apenas vio la escena, endureció completamente el rostro.
—La gente pregunta por ti querido.
Le dijo secamente a su esposo.
El hombre observó nuevamente a Estefanía.
Aquella mirada triste permaneció unos segundos más sobre ella.
—Espérame.
Murmuró antes de alejarse.
Y Estefanía comprendió algo real.
Su madrastra tenía más poder sobre él del que imaginaba.
La mujer esperó hasta verlo desaparecer.
Entonces sujetó bruscamente el brazo de Estefanía.
Tan fuerte que le dolió.
—Mantén esa boca cerrada.
La voz salió llena de odio.
—Te lo diré fácil. Si los Castellanos descubren que eres la bastarda de los Rosales… te desecharán peor que basura.
Estefanía sintió un escalofrío.
—Y después volverás al convento… donde morirás vieja y sola. Nadie te busco, a nadie la importas, así que a nadie le importara lo que suceda contigo.
Las lágrimas siguieron bajando por sus mejillas.
Pero esta vez no bajó la mirada.
Solo la observó.
—¿Qué le hice yo?
La mujer sonrió con desprecio.
—Nacer.
Las palabras atravesaron directamente el pecho de Estefanía.
—Eso hiciste maldita bastarda. Te odié desde el primer momento que supe de ti.
El aire comenzó a faltarle nuevamente.
—Yo no debía casarme con el señor Alexander… ¿verdad?
La mujer ni siquiera dudó.
—No.
Respondió fríamente.
—Mi hija Victoria merecia algo mejor.
Entonces ambas vieron algo al final del pasillo.
Alexander.
Caminaba directamente hacia ellas.
Estefanía limpió rápidamente sus lágrimas mientras su madrastra recuperaba inmediatamente la compostura.
—Los Castellanos solo protegen su apellido.
Le susurró rápidamente antes de apartarse.
—Si descubren quién eres realmente, a nosotros solo nos quitarán el apoyo… pero a ti te destruirán.
Alexander observó la escena completo silencio.
La tensión era evidente.
Pero la esposa de su suegro sonrió como si nada.
—Hola, querido yerno.
Lo saludó elegantemente al pasar junto a él.
Alexander apenas la miró.
Sus ojos quedaron directamente sobre Estefanía.
Ella intentaba respirar normal.
Intentaba parecer tranquila.
Intentaba fingir que su vida no se había vuelto más confusa de lo que ya era.
Cuando levantó la vista hacia él… incluso sonrió.
Como si nada hubiera ocurrido.
—Hola.
Alexander frunció apenas el ceño.
Porque no entendía que pasaba con esa familia.
—¿Por qué peleaban?
Preguntó directamente.
Estefanía negó rápidamente.
Todavía sentía las palabras de su madrastra retumbando dentro de su cabeza.
Los Castellanos jamás aceptarían a alguien como ella.
No la ayudarían.
No la protegerían.
Y mucho menos alguien como Alexander.
—¿Por dinero?
Preguntó él nuevamente.
No sabía por qué aquella escena le estaba molestando tanto.
Pero algo dentro de él se tensó al verla llorar.
Estefanía soltó una pequeña risa triste.
—Si te digo que sí… ¿qué harías?
La pregunta salió antes de poder detenerse.
Y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
Alexander sostuvo su mirada varios segundos.
—Estamos casados.
Respondió finalmente.
—Solo tenías que decirlo.
Estefanía sonrió apenas.
Pero esta vez la tristeza era demasiado evidente.
—¿Pedirte dinero cada vez que quiera comprar algo? No me digas.
Alexander frunció más el ceño.
—¿Cuál es el problema?
—Nada.
Mintió inmediatamente.
Y justo en ese momento José apareció nuevamente.
Completamente relajado.
—Tu hermana es muy divertida.
Comentó riendo.
Las palabras hicieron que el cuerpo de Estefanía se tensara.
—Dice que siempre has sido difícil desde pequeña.
Y en ese instante…
Estefanía entendió algo aún peor.
Victoria sabía perfectamente quién era ella.
No la veía como hermana… Si no como una enemiga.