Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 21
Cap 21: Diego no se rinde
Diego dejó de hablar un martes.
Valentina —en el cuerpo de Santiago— lo notó en el primer receso. Diego siempre hablaba. Diego hablaba cuando comía, cuando caminaba, cuando no tenía nada que decir. Diego era ruido con patas. Pero ese martes se sentó en la banca de cemento, miró el piso y no abrió la boca.
Beto se encogió de hombros cuando Valentina le preguntó.
—Ni idea, güey. Ayer estaba normal. Hoy parece zombie.
En la clase de matemáticas, Diego no sacó el cuaderno. En la de historia, se quedó mirando la ventana. En la de taller, el profesor le preguntó tres veces si estaba bien y Diego respondió "sí" las tres veces sin mover los ojos del suelo.
A las dos de la tarde, cuando los demás se fueron, Valentina se sentó junto a él.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Diego.
—Nada, güey. Ya déjame.
Valentina no se movió. Se quedó sentada, en silencio, durante tres minutos. Había aprendido que el silencio era más efectivo que las preguntas con gente que no quería hablar. Don Tomás usaba la misma técnica con Mateo: se sentaba, esperaba y dejaba que el silencio hiciera el trabajo.
Al cuarto minuto, Diego habló.
—Mi jefe quiere que deje la escuela.
Valentina no reaccionó. Esperó.
—Dice que ya no le alcanza. Que consiguió una chamba en una obra en Tonalá y que necesita que yo vaya con él. Dice que me pagan cien al día y que eso es mejor que estar sentado en un salón aprendiendo cosas que no sirven para nada.
Diego se talló la cara con las manos.
—Cien pesos al día, güey. Eso es lo que vale mi educación para mi jefe. Cien pinches pesos.
Valentina conocía esa aritmética. La conocía porque la había vivido. Cien pesos al día eran tres mil al mes. Tres mil al mes eran la diferencia entre comer y no comer. Cuando tienes hambre, el futuro pierde el concurso contra el presente.
—¿Cuándo quiere que empieces? —preguntó.
—La semana que viene.
—¿Tu mamá qué dice?
—Mi mamá dice que mi jefe tiene razón. Que la escuela es un lujo.
Diego miró a "Santiago" con una mezcla de vergüenza y desafío.
—No me veas así, güey. No todo el mundo tiene un papá empresario.
Valentina no se ofendió. La frase iba dirigida a Santiago Montero, y Santiago Montero sí tenía un papá empresario. Pero la persona sentada aquí no era Santiago. Era Valentina Reyes, hija de un hombre que cargaba cajas a las cuatro de la mañana para que ella pudiera seguir estudiando.
—No te estoy viendo de ninguna manera —dijo Valentina—. Te estoy preguntando si quieres dejar la escuela.
—No.
—Entonces no la dejes.
—No es tan fácil.
—Lo sé. Pero hay opciones.
—¿Cuáles?
* * *
Valentina pasó las siguientes cuarenta y ocho horas investigando.
Primero fue a la dirección de Prepa 7. Habló con la secretaria administrativa —una señora con lentes de aumento y una torre de carpetas sobre el escritorio— y le preguntó por las becas disponibles para estudiantes en riesgo de abandono escolar.
Las había. Tres tipos. La beca Benito Juárez del gobierno federal cubría una parte. La beca interna de Prepa 7 cubría otra. Y había un fondo de emergencia para casos especiales que casi nadie conocía porque el formulario tenía catorce páginas y requería documentos que la mayoría de las familias no sabían cómo conseguir.
Valentina pidió los tres formularios. Se los llevó a casa. Los leyó esa noche con la atención que le dedicaba a un examen de biología.
Al día siguiente hizo llamadas. Llamó a la oficina de becas del gobierno estatal para confirmar requisitos. Llamó al DIF municipal para preguntar por programas de apoyo. Llamó al departamento de trabajo social de Prepa 7 para pedir una cita. En cada llamada usó la voz de Santiago —grave, directa, sin rodeos— y en cada llamada obtuvo respuestas que Diego y su familia nunca habrían conseguido, porque el sistema estaba diseñado para gente que sabía navegar el sistema.
Valentina sabía navegar el sistema. Había aprendido a los doce años, cuando tuvo que llenar los formularios de la beca del Instituto Británico ella sola porque Don Tomás no sabía leer las letras pequeñas y Asun no entendía qué significaba "ingreso per cápita familiar."
El viernes, Valentina se sentó con Diego en la taquería de la esquina.
—Toma —dijo, y le puso una carpeta sobre la mesa. Dentro estaban los tres formularios, ya llenados, con notas al margen en cada sección que requería documentos. "Aquí va la CURP de tu papá." "Aquí va el comprobante de domicilio (sirve el recibo de luz)." "Aquí firman tus dos padres."
Diego abrió la carpeta. La hojeó. Su expresión pasó de la confusión al asombro.
—¿Tú hiciste todo esto?
—Sí.
—¿Por qué?
Valentina lo miró. Quiso decir: porque yo sé lo que se siente cuando tu educación depende de un papel que no sabes cómo llenar. Porque mi papá casi no pudo pagar mi uniforme de secundaria y yo pasé tres noches llenando formularios de beca a los trece años. Porque nadie debería tener que elegir entre comer y aprender.
Pero no era Santiago quien pensaba esas cosas. Y Santiago no habría dicho nada de eso.
—Porque eres mi amigo —dijo—. Y porque eres demasiado burro para llenar formularios solo.
Diego se rio. Una risa real, la primera en días. Le dio un golpe en el hombro a "Santiago" que probablemente le dejaría moretón.
—Güey, eres un idiota. Pero eres mi idiota.
* * *
Dos semanas después, Diego recibió la confirmación: beca completa. Matrícula, libros y un apoyo mensual de mil quinientos pesos. No era mucho. No resolvía todo. Pero era suficiente para que su padre aceptara que la escuela tenía valor.
Diego invitó a "Santiago" a comer tacos. Pagó con dinero de su trabajo de fines de semana —empacador en un Bodega Aurrerá.
—Cuatro de suadero y dos de tripa —pidió, con la autoridad de alguien que sabe exactamente lo que quiere en la vida.
Comieron en silencio durante los primeros dos tacos. Luego Diego dijo algo que Valentina no esperaba:
—Santiago, no sé qué te pasó últimamente. No sé por qué cambiaste. Pero lo que hiciste por mí... —Se detuvo. Se limpió la boca con la servilleta. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja—. Eres mejor persona de lo que crees.
Valentina sostuvo la mirada de Diego. Quiso decirle que esas palabras no eran para ella. Que pertenecían a un Santiago que todavía no existía pero que algún día existiría: un Santiago que ya no rompía floreros, que ya no resolvía todo con puños, que había aprendido en un departamento de tres cuartos que la fuerza no se mide en golpes.
—Gracias, güey —dijo Valentina.
Diego asintió. Pidió dos tacos más. No volvió a mencionar el tema.
* * *
Esa noche, Valentina le escribió a Santiago: "Tu amigo Diego es un buen tipo. No lo pierdas."
Santiago respondió: "No lo haré."
Luego, después de un minuto de pausa visible en la pantalla, Santiago mandó otro mensaje:
"¿Y tú? ¿Estás bien?"
Valentina miró el mensaje. Lo leyó dos veces. Era la primera vez que Santiago le preguntaba cómo estaba sin que hubiera una crisis, un problema o una emergencia de por medio. Solo preguntaba. Solo quería saber.
Escribió: "Estoy bien."
Borró el mensaje. Escribió: "Sí, gracias."
Lo borró también. Al final escribió: "Mejor que ayer."
Santiago no respondió con palabras. Mandó un emoji que Valentina nunca lo había visto usar: un pulgar arriba. Simple. Directo. Torpe. Perfectamente Santiago.
Valentina sonrió. Puso el teléfono en la mesita de noche, se acostó en la cama de Puerta de Hierro y cerró los ojos.
En algún lugar de Lomas del Paraíso, Diego estaba en su cuarto, leyendo por tercera vez la carta de confirmación de la beca. La dobló con cuidado y la metió debajo de su almohada, como quien guarda algo que no puede permitirse perder.