Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 14
Sebastián
Me estaba cansando de Marina.
Al principio había sido útil. Demasiado útil, incluso. Tenía conocimiento fresco, contactos, acceso a información que no cualquiera podía conseguir. Pero últimamente se había vuelto empalagosa. Su voz me chirriaba en la cabeza, y su necesidad constante de atención empezaba a resultarme insoportable.
—¿No crees que deberíamos llegar más temprano? —me preguntó esa mañana, ajustándose el vestido frente al espejo.
—Llegar temprano no es sinónimo de impresionar —respondí con fastidio—. La presencia lo es.
No entendía. Nunca entendía. Por eso Camila había sido distinta. Camila sabía cuándo hablar y cuándo callar. Marina, en cambio, llenaba los silencios con ruido.
Ese día teníamos la primera reunión formal con Maximilian Brandt.
El hombre se imponía sin esfuerzo. No solo porque era el más alto de la oficina, sino por ese carácter frío, calculador, propio de su raza. No perdía tiempo en cortesías innecesarias. No sonreía. Observaba. Medía.
Y se había atrevido a poner a Camila en un puesto de jefe.
Me hervía la sangre al pensarlo.
Aunque, siendo objetivos, ese cargo no era tan importante como el que yo estaba destinado a ocupar. Yo no pensaba quedarme como empleado toda la vida. Mi plan era claro: hacerme socio. Y una vez socio, no tendría que rendirle cuentas a nadie. Mucho menos a un alemán recién llegado.
Debía ser perfecto frente a Brandt. Impecable. Seguro. Brillante.
Durante la reunión hablé con confianza. Usé términos técnicos, cifras grandes, proyecciones ambiciosas. Me aseguré de sonar visionario. Cuando terminé, noté su expresión. Lo había dejado impactado. No lo admitió, pero se notó. Especialmente cuando dijo:
—Gracias, Arismendi.
Ese tono neutro escondía algo. Yo lo sabía.
Lo tenía donde quería.
Al salir de la sala, sonreí para mis adentros. Esto apenas comenzaba.
Lo que sí me sorprendió —y me enfureció— fue el asunto del indigente.
Había sido claro. Muy claro. Solo tenía que asustar a Camila. Nada más. Un susto oportuno para recordarle que no era intocable. Que no debía subestimarme.
Pero no.
El muy maldito había desaparecido con el dinero.
Cuando finalmente logré contactarlo, solo dijo que no volvería a acercarse a ella. Que ese hombre alemán la había defendido. Que no quería problemas.
Cobarde.
Apreté los dientes con rabia. Eso no solo había fallado; había salido mal. Y yo no toleraba los errores, mucho menos los ajenos.
Debía demostrarle a Camila que yo era el que mandaba. No ella. No su nuevo cargo. No su apellido alemán. Yo.
Necesitaba su dirección.
Pero Lina no había podido conseguirla todavía. Todo porque el departamento donde trabajaba Camila estaba estrechamente ligado al área de Talento Humano, y los accesos eran limitados. Demasiados filtros. Demasiada discreción.
Maldita sea.
—¿Pasa algo? —preguntó Marina, entrando a la habitación sin tocar.
—No —mentí—. Nada que no pueda solucionar.
La miré entonces. De verdad la miré. No como amante. Como herramienta.
Marina siempre había sido ambiciosa. Envidiosa. Dispuesta a todo por sentirse superior. Y, sobre todo, resentida con Camila desde siempre.
—Necesito que me ayudes con algo —le dije.
Sus ojos brillaron de inmediato.
—Lo que sea.
Sonreí. Eso era lo que me gustaba de ella. No preguntaba primero. Ejecutaba.
—Camila cree que es intocable ahora —continué—. Cree que ese alemán la va a proteger. Necesito recordarle que no.
—¿Qué quieres que haga?
Me acerqué despacio.
—Tú tienes acceso a información que otros no —le dije—. Contactos. Gente. Rumores.
—Puedo averiguar cosas —sonrió—. Siempre lo he hecho.
—Hazlo —respondí—. Quiero saber dónde vive, con quién se mueve, qué hace cuando sale del trabajo.
Marina asintió, complacida.
—Ella siempre creyó que era mejor que yo —dijo—. Me encantará bajarla de esa nube.
Perfecto.
Mientras ella hablaba, yo ya pensaba en el siguiente movimiento. El alemán era un obstáculo, sí. Pero no invencible. Todos tenían un punto débil. Solo había que encontrarlo.
Camila creía haber ganado.
No sabía que apenas estaba entrando al juego.
Y yo…
yo siempre juego para ganar.