NovelToon NovelToon
El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

---

NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: La casa que olía a comida

Valentina no respondió el mensaje de Isabella hasta diez minutos después.

"Sí. Y no empieces."

La respuesta llegó de inmediato.

"¿Cómo que no empiece? ¡Medio Polanco está diciendo que Santiago Montero llevó novia al club! Emilio está insoportable de curioso."

Valentina se sentó en el borde de su cama y miró la palabra "novia" como si siguiera siendo una prenda que no sabía si le quedaba. Santiago la había dicho con tanta seguridad que no le dejó espacio para discutir. Ahora el mundo empezaba a repetirla.

"No fue planeado", escribió.

Isabella mandó un audio.

—Nada de esto fue planeado, Val. Empezando por el hotel. Pero escucha: si ese hombre te presenta como novia frente a su club de víboras, mínimo está tomando una postura. Eso no lo hacen todos.

Valentina se acostó de espaldas.

—También puede estar siendo impulsivo —respondió en otro audio.

—Mejor impulsivo contigo que cobarde con todos. Créeme.

La última frase llevaba una sombra que Valentina reconoció. Emilio.

—¿Estás bien con él?

Isabella tardó en contestar.

—Luego te cuento. Hoy tu chisme es más entretenido que mi tragedia.

Valentina no insistió, pero guardó la incomodidad en algún lugar. Con Isabella, los silencios nunca estaban vacíos.

La semana siguiente, Santiago no le pidió que cambiara su vida. Esa fue su forma más peligrosa de entrar en ella. La llevaba a casa después del trabajo cuando ella aceptaba, se quedaba abajo si ella no quería subirlo, le mandaba mensajes sin exigir respuesta inmediata. Un jueves apareció con una bolsa de pan de Doña Carmen porque "preguntó por ti y se ofendió de que no hubieras vuelto".

El sábado, Valentina volvió a Lomas.

Esta vez no hubo recorrido solemne ni portón como sentencia. Doña Carmen la recibió con un delantal en la mano.

—Señorita Valentina, ahora sí me va a ayudar. Este muchacho dice que le gusta la comida casera, pero no sabe distinguir un comal caliente de una amenaza.

Santiago, desde la entrada de la cocina, levantó una mano.

—Vengo en son de paz.

—Usted viene a estorbar, señor.

Valentina se rió y tomó el delantal.

—¿Qué vamos a hacer?

—Mole de olla sencillo, arroz y unas quesadillas para que el señor no pregunte cada cinco minutos si falta mucho.

—Yo nunca pregunto eso —dijo Santiago.

Doña Carmen y Valentina lo miraron al mismo tiempo.

—Está bien —admitió él—. Pregunto poco.

La cocina de Lomas dejó de parecerle museo cuando empezó a ensuciarse. Valentina lavó verduras, picó calabacitas, puso jitomates a asar y se movió entre la isla y la estufa con una seguridad que no tenía en el salón de Country Club. Ahí sí sabía dónde poner las manos. Ahí sí sabía qué hacer.

Doña Carmen la observaba con aprobación.

—Tiene buena mano, señorita.

—Mi mamá dice que si una aprende a sazonar frijoles, sobrevive en cualquier ciudad.

—Sabia su mamá.

Santiago se apoyó en el marco de la puerta, con las mangas dobladas.

—¿Puedo hacer algo?

—Sí —dijo Valentina—. Lavar cilantro.

Él se acercó al fregadero con expresión de ejecutivo frente a una crisis internacional. Valentina le puso el manojo en las manos.

—No lo mates.

—Es cilantro.

—Tiene derechos.

Doña Carmen soltó una carcajada breve.

Durante una hora, la casa olió a verduras, ajo, chile asado y tortillas calentándose. Valentina se olvidó de los ventanales, de los cuadros caros, de los guardias. Santiago no. Él la miraba como si acabara de descubrir que su casa podía sonar distinto. No fría, no perfecta. Viva.

—Deja de mirarme —dijo ella, sin levantar la vista del arroz.

—No puedo.

La cuchara se detuvo un segundo.

Doña Carmen carraspeó.

—Voy por más servilletas.

—Hay servilletas aquí —dijo Santiago.

—Voy por servilletas espirituales, señor.

Valentina se mordió el labio para no reírse mientras la mujer salía.

Santiago se acercó por detrás, pero se detuvo antes de tocarla.

—¿Puedo?

La pregunta le calentó más la piel que cualquier contacto. Valentina asintió.

Él la rodeó por la cintura, suave, y apoyó la barbilla cerca de su hombro. No la apretó. Solo estuvo ahí, respirando el mismo olor a comida.

—Esta cocina nunca había olido así —murmuró.

—¿A cilantro amenazado?

—A casa.

Valentina dejó la cuchara sobre la estufa. El vapor le subió al rostro, pero no fue por eso que tuvo que parpadear.

—Santiago...

—No tienes que decir nada.

Ella cubrió las manos de él con las suyas. Era un gesto pequeño. No prometía futuro. No resolvía familias, apellidos ni portones. Pero en esa cocina enorme, con una olla hirviendo y Doña Carmen fingiendo buscar servilletas inexistentes, Valentina sintió algo parecido a pertenecer.

Comieron en una mesa más pequeña junto a la terraza, no en el comedor formal. Santiago repitió arroz. Doña Carmen probó el mole de olla y declaró que la señorita Valentina podía volver "cuando quisiera, pero de preferencia antes de que el señor pidiera comida de aplicación".

—No soy tan inútil —protestó Santiago.

—No, mijo. Solo privilegiado.

Valentina casi se atragantó de risa.

Santiago aceptó el golpe con una mano en el pecho.

—Traición en mi propia casa.

—Verdad en su propia casa —corrigió Doña Carmen.

Más tarde, cuando Doña Carmen se retiró y la tarde empezó a caer sobre el jardín, Santiago llevó a Valentina a la biblioteca. No la besó de inmediato. Se sentaron en el piso, junto a un ventanal, con una taza de café entre ambos y los zapatos de ella abandonados cerca.

—¿Te das cuenta de que ya dejaste cosas aquí? —dijo él.

Valentina miró sus zapatos.

—Eso no cuenta.

—También hay una liga de cabello en la cocina.

—Eso menos.

—Y Doña Carmen guardó un delantal "para la señorita".

Valentina lo señaló.

—Eso fue una emboscada.

—Una muy eficiente.

La palabra "semi" no se dijo. "Vivir juntos" tampoco. Pero los domingos empezaron a tener una forma nueva: a veces ella cocinaba en Lomas; a veces Santiago llegaba a Narvarte con pan, café y la paciencia de sentarse en una silla incómoda mientras ella pagaba recibos. Una vez, Valentina encontró un cepillo de dientes suyo en el baño de visitas de Lomas.

—¿Esto qué es? —preguntó, levantándolo como prueba criminal.

Santiago ni siquiera tuvo la decencia de verse culpable.

—Un cepillo de dientes.

—Santiago.

—Por si te quedas tarde y no quieres volver cansada.

—No voy a mudarme.

—No te lo pedí.

Valentina dejó el cepillo donde estaba.

No lo usó ese día.

Lo usó una semana después.

Lucía, por supuesto, se dio cuenta antes de que Valentina lo dijera.

—Traes cara de mujer que ya tiene cajón en casa ajena.

—No tengo cajón.

—Pero tienes cepillo.

Valentina se quedó muda.

Lucía apuntó con su cuchara de sopa.

—Ajá. Los hombres como él te compran un cepillo y cuando acuerdas estás firmando acuerdos prenupciales con tres abogados viéndote feo.

—Dramática.

—Preventiva. Val, te lo digo en serio. Me gusta que te brillen los ojos, pero no entregues tus llaves internas tan rápido.

Valentina bajó la mirada al plato.

—No las estoy entregando.

—Entonces guárdate una copia.

Esa frase se le quedó.

El domingo siguiente, en Lomas, mientras Doña Carmen discutía con Santiago porque él había comprado un vino carísimo para acompañar comida que, según ella, pedía agua fresca, Valentina se sintió peligrosamente feliz.

Santiago la miró desde el otro lado de la cocina.

—¿Qué?

—Nada.

—Ese "nada" me preocupa.

—Estoy pensando que tu casa es menos insoportable cuando huele a comida.

Él dejó la botella sobre la mesa y se acercó.

—Entonces ven a hacerla menos insoportable más seguido.

Valentina no respondió. Pero tampoco dijo que no.

El teléfono de Santiago sonó antes de que él pudiera besarla.

Esta vez no cambió solo la expresión. Se le fue el color del rostro.

Valentina lo notó de inmediato.

—¿Qué pasa?

Santiago contestó.

—Mamá.

El silencio de él duró apenas unos segundos, pero a Valentina le bastó para entender que algo se había roto.

—Voy para allá —dijo Santiago, con la voz baja—. Sí. Ahora mismo.

Colgó y buscó las llaves con una mano que no estaba tan firme como de costumbre.

—Santiago.

Él la miró.

—Mamá está en el hospital.

1
Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play