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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3: La segunda vez

Entonces el vidrio trasero bajó.

Valentina vio primero una mano masculina apoyada sobre el borde de la ventanilla. Después el perfil limpio, la camisa oscura, la mirada que no necesitaba levantar la voz para detenerle la respiración.

Sebastián Montero.

El taxi seguía inmóvil en el semáforo. El conductor tarareaba una canción vieja, ajeno al modo en que a Valentina se le había enfriado la espalda.

—Profesora Solís —dijo Sebastián.

No preguntó. No saludó como si hubiera duda.

Valentina sostuvo el bolso con ambas manos.

—Disculpe, creo que me confunde.

El conductor bajó un poco la música y miró por el retrovisor.

La boca de Sebastián se movió apenas. No fue una sonrisa completa. Fue peor: parecía divertido.

—No suelo confundirme.

—Qué suerte para usted.

El semáforo cambió a verde.

—Señor, siga, por favor —pidió Valentina al taxista.

El hombre obedeció con una velocidad que en cualquier otro día a ella le habría parecido insuficiente. La camioneta no los rebasó. Tampoco tocó el claxon. Solo avanzó detrás, a una distancia correcta, demasiado correcta para ser casualidad.

Valentina abrió el chat de Luciana con dedos rápidos.

`Creo que me está siguiendo una camioneta.`

La respuesta llegó casi de inmediato.

`¿Placas?`

Valentina miró por el espejo lateral, pero el ángulo no le dio nada.

`No veo. Vidrios negros.`

`¿Quieres que llame a la policía?`

Valentina volvió a mirar por la ventana. La camioneta giró cuando el taxi giró. No se acercaba, no invadía, no hacía nada que un policía pudiera considerar amenaza. Esa era la parte más irritante.

`No. Ya casi llego. Quédate pendiente.`

`Estoy en llamada si me marcas.`

Valentina bloqueó el celular y respiró por la nariz.

—¿Todo bien, señorita? —preguntó el taxista.

—Sí.

La mentira ya le salía más fácil. Eso debería preocuparla.

Cuando el taxi se detuvo frente a su edificio, la camioneta negra estacionó media cuadra atrás. Valentina pagó, bajó y caminó hacia la entrada sin mirar. El vigilante del edificio, don Aurelio, estaba hablando por teléfono en su cabina. La puerta de cristal reflejó la calle justo cuando Sebastián bajó de la camioneta.

Valentina apretó la llave entre los dedos.

—No vine a asustarte —dijo él a sus espaldas.

Ella se giró.

La tarde caía sobre San Valero con un calor pegajoso. Sebastián parecía fuera de lugar en esa banqueta estrecha, entre una tienda de abarrotes y una moto mal estacionada. No por la ropa, aunque la camisa y el reloj gritaban dinero, sino por la calma. La ciudad hacía ruido alrededor de él, pero él no parecía pertenecerle al ruido.

—Llegar con una camioneta negra después de lo que pasó no ayuda —respondió Valentina.

Algo cambió en su mirada.

—Tienes razón.

La disculpa fue tan seca que no sonó ensayada.

Valentina tragó saliva. Había prometido no reconocerlo. Había ensayado en su cabeza durante tres días: si lo veía, sería una desconocida. No había suite, no había noche, no había amanecer. Nada.

—No sé quién es usted —dijo.

Sebastián metió una mano al bolsillo y no se acercó.

—Sebastián Montero.

—No le pregunté.

Ahora sí sonrió.

Un segundo, apenas.

—No. Pero lo sabías.

Valentina sintió el golpe en la garganta. Miró hacia la cabina. Don Aurelio seguía al teléfono, pero en cualquier momento podía voltear.

—Si vino a hablar de Rodrigo Serna, ya vi las noticias. Me alegra que la justicia haga su trabajo.

—La justicia recibió ayuda.

—Felicidades a la justicia.

—Valentina.

Escuchar su nombre en esa voz le hizo recordar la toalla fría en la nuca, la mano firme sosteniéndola antes de caer, el amanecer gris sobre la cama. Clavó las uñas en la palma.

—Profesora Solís —corrigió.

Él aceptó el golpe con una inclinación mínima de cabeza.

—Profesora Solís, Rodrigo no va a acercarse a ti.

—A mí no me pasó nada.

Sebastián no parpadeó.

—No tienes que decir eso conmigo.

—No estoy diciendo nada con usted. No lo conozco.

—Me conociste en el Hotel Sierra Verde.

—Se equivoca.

—Y antes de eso, en la Universidad de San Valero.

Valentina se quedó quieta.

Sebastián miró un punto sobre su hombro, como si la escena estuviera proyectada ahí: el auditorio de la facultad, las sillas llenas de estudiantes, la mesa del festival cultural cubierta con flores de papel morado. Él no había ido por poesía. Había ido por una donación de Grupo Montero al programa de becas. Tenía diez minutos libres antes de reunirse con el rector, y entonces una mujer joven subió al escenario con una carpeta roja.

Valentina Solís.

Leyó a Neruda en español con una voz clara, sin adornos, y luego tradujo un fragmento al inglés con una naturalidad que hizo que hasta los estudiantes distraídos levantaran la cabeza. A mitad de la lectura, una hoja se le cayó. Ella no se agachó. Continuó de memoria, con la barbilla alta y una sonrisa nerviosa que desapareció en cuanto el público empezó a aplaudir.

Sebastián la recordó porque nadie en ese auditorio había mirado a los patrocinadores. Todos la miraban a ella.

—Festival Voces de la USV —dijo él—. Marzo. Llevabas una carpeta roja.

Valentina sintió que el piso se inclinaba.

—Eso es inquietante.

—Tengo buena memoria.

—Úsela para olvidar.

—No puedo.

La respuesta salió demasiado rápido. Ella lo notó. Él también.

Durante un segundo, ninguno habló.

Una señora pasó junto a ellos con bolsas del mercado y miró a Sebastián de arriba abajo antes de seguir. Valentina sintió que el mundo era demasiado público para una conversación tan privada.

—Lo que pasó no debe repetirse —dijo ella, bajando la voz—. No voy a pedirle nada. No voy a denunciarlo a usted, si eso le preocupa. No voy a buscar dinero, ni favores, ni explicaciones. Usted siga con su vida. Yo sigo con la mía.

La mandíbula de Sebastián se endureció.

—¿Crees que vine por miedo a un escándalo?

—Creo que los hombres como usted siempre vienen por control.

Él recibió la frase sin defensa inmediata. Eso la irritó más.

—Vine porque te fuiste sin saber si estabas bien.

Valentina quiso reírse, pero la risa se le quedó en el pecho.

—Estoy viva. Es suficiente.

—No para mí.

—Ese no es mi problema, señor Montero.

Ahí estaba. El apellido. La prueba de que la mentira ya se le había roto.

Sebastián bajó la mirada a sus manos. Luego sacó una tarjeta negra, sobria, con letras plateadas. No la extendió hasta que ella lo miró.

—Por si necesitas algo.

Valentina observó la tarjeta como si fuera una trampa.

—No necesito nada.

—Entonces tírala.

Ese desafío tranquilo le tocó un nervio.

Tomó la tarjeta de golpe.

—Con gusto.

Entró al edificio antes de que él pudiera decir otra cosa. Don Aurelio levantó la vista.

—Buenas tardes, profesora.

—Buenas tardes.

Caminó hasta el bote de basura junto a los buzones, levantó la tapa y dejó caer la tarjeta sin mirar.

El sonido fue pequeño.

Patético.

Subió al tercer piso con la espalda recta. Cerró la puerta de su departamento. Se apoyó contra la madera.

Uno.

Dos.

Tres minutos.

No pasó nada.

Nadie tocó. Nadie llamó. La camioneta no hizo sonar el claxon. Sebastián Montero, por primera vez desde que apareció en su vida, obedeció una frontera.

Eso la desarmó más que una insistencia.

Valentina dejó el bolso sobre la mesa, caminó hasta la cocina y se sirvió agua. Bebió dos tragos. Miró su celular. Luciana había escrito siete mensajes. Abuela Carmen preguntaba si pasaría por el pan dulce.

La tarjeta seguía abajo.

En la basura.

Donde debía estar.

Valentina se cambió de blusa, recogió los exámenes que tenía que terminar y aguantó exactamente once minutos.

Luego bajó las escaleras casi sin hacer ruido.

Don Aurelio ya no estaba en la cabina. La entrada olía a cloro y a papel húmedo. Valentina levantó la tapa del bote, apartó un recibo de luz y una envoltura de galletas, y recuperó la tarjeta negra con dos dedos.

Sebastián Montero Reyes.

Director General, Grupo Montero.

Abajo, en una línea más pequeña, había un número directo.

Valentina la limpió contra el borde de su blusa, la guardó dentro de la funda de su celular y volvió a subir antes de arrepentirse.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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