Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 6
Capítulo 6
La madre en el hospital
—Mi abogado se pondrá en contacto.
Valentina no le creyó hasta que, dos horas después, el médico le dio el alta con una lista de analgésicos y una recomendación absurda:
—Reposo relativo. Nada de esfuerzos.
Ella casi se rió.
Reposo era una palabra para personas con alguien que pagara la renta mientras descansaban.
Salió del Hospital San Gabriel cojeando, con la rodilla vendada bajo el pantalón del uniforme y la bolsa negra cruzada al pecho. No pasó por su departamento. No se cambió de ropa. No compró desayuno. Tomó un taxi directo a la Clínica Santa Teresa y, durante todo el trayecto, miró la transferencia de Santiago como si el dinero pudiera desaparecer por vergüenza.
Treinta mil pesos.
Lo primero que hizo al llegar fue pagar.
La mujer de administración revisó el sistema, imprimió el recibo y lo deslizó por la ventanilla.
—Queda regularizado este mes, señorita Estrada.
Este mes.
No la vida.
No el futuro.
Solo treinta días.
Valentina dobló el recibo con cuidado y lo guardó junto a la foto de su madre. Luego caminó hacia el ala de cuidados prolongados, donde el olor siempre era el mismo: cloro, crema corporal, medicamentos y flores que alguien llevaba con esperanza aunque nadie las mirara.
Marta, la cuidadora de turno, salió al pasillo con una sábana limpia en brazos.
—Niña, ¿qué te pasó en la pierna?
—Me caí.
Marta miró la venda. No le creyó.
—Tienes que cuidarte.
—Cuando me sobre tiempo.
La mujer suspiró, pero no insistió. Abrió la puerta de la habitación 307.
Isabel Muñoz de Estrada dormía como siempre.
El cabello, que antes llevaba recogido con peinetas de carey, descansaba trenzado sobre la almohada. El rostro se le había afinado con los años, pero Valentina todavía encontraba a su madre en la curva de la boca, en las cejas suaves, en la mano inmóvil que alguna vez pintó peonías durante tardes enteras.
La máquina respiraba con ella.
Valentina se sentó en la silla junto a la cama y tomó esa mano entre las suyas. Estaba tibia. Marta siempre tenía cuidado con eso.
—Ya pagué —dijo, obligándose a sonar ligera—. No te emociones tanto, ¿eh? Seguimos siendo pobres, pero pobres con recibo.
La habitación no respondió.
Valentina apoyó la frente en los nudillos de su madre. La venda de la rodilla le tiró, pero no se movió.
—Sobrevivimos otro mes.
La frase le rompió algo pequeño por dentro.
No lloró. Si lloraba en la clínica, las enfermeras la mirarían con esa ternura cansada que a ella le daba más miedo que la indiferencia.
Le contó a Isabel cosas inútiles: que Patricia seguía metiéndose en problemas por defenderla, que el café de la máquina del hospital sabía a agua triste, que tal vez iba a necesitar otro empleo porque Bar Nocturna no perdonaba escándalos. No mencionó el coche. No mencionó a Santiago.
Menos aún a Santiago pagando en segundos lo que ella había juntado con sangre, turnos y rabia.
Antes de irse, le acomodó la sábana a su madre y le besó los dedos.
—Vuelvo mañana, mamá. No hagas fiesta sin mí.
Llegó a su departamento cuando ya oscurecía.
El lugar era pequeño, en un edificio viejo de Iztapalapa donde las tuberías sonaban como si discutieran entre ellas. Canela, su gata atigrada, la recibió desde la mesa con una mirada ofendida.
—Sí, ya sé. Llegué tarde.
Canela maulló.
—Tú también me cobras intereses, ¿verdad?
Valentina le sirvió croquetas, tomó dos analgésicos con agua del grifo y se dejó caer en el colchón sin quitarse los zapatos. El recibo de la clínica seguía en su bolsa. El mensaje de Santiago seguía en su cabeza.
"Mi abogado se pondrá en contacto."
Lo último que pensó antes de dormirse fue que ojalá el abogado tuviera el decoro de esperar un día.
Soñó con música.
No con las máquinas de la clínica ni con el ruido de los autos, sino con un piano afinado en el salón viejo del Colegio San Patricio. La luz de la tarde entraba por las ventanas altas, dorada, llena de polvo suspendido. Ella tenía diecinueve años y el uniforme ya no le correspondía, pero lo llevaba de todos modos porque había entrado después de la graduación con una llave prestada.
Santiago estaba sentado en la banca del piano, rígido, con la mochila en el suelo y esa expresión de becario que fingía no querer nada de nadie.
—Si nos encuentran, te van a regañar a ti —dijo él.
—¿A mí? Tú eres el que parece delincuente.
—Tú robaste la llave.
—La pedí prestada sin explicar para qué.
—Eso se llama robar.
Valentina se inclinó sobre el piano y tocó dos notas. Luego lo miró de reojo.
—Qué aburrido eres, Santi.
Él bajó la mirada, pero no pudo esconder la sonrisa.
En el sueño, ella recordaba exactamente cómo había sido: la puerta cerrada, el corazón golpeándole en el cuello, la certeza absurda de que nadie en el mundo podía entender lo que ocurría entre ellos. No era una apuesta ya. No era un juego de niñas ricas. Después de la graduación, cuando todos pensaban que Santiago Reyes había desaparecido de su vida, ella lo buscaba en secreto.
Y él siempre llegaba.
—Valentina —dijo él.
—¿Qué?
—No juegues conmigo.
Ella dejó de sonreír.
Se acercó a él, despacio, hasta quedar entre sus rodillas. Santiago no la tocó. Nunca tocaba primero cuando tenía miedo de querer demasiado.
Valentina le tomó la cara con ambas manos.
—Ya no estoy jugando.
Lo besó.
Santiago tardó un segundo en responder. Solo uno. Después la sujetó por la cintura, con una desesperación silenciosa que no se parecía al chico frío del salón ni al hombre que ahora mandaba abogados. El beso sabía a mango, a nervios, a futuro imposible.
Valentina despertó con el pecho apretado y Canela dormida sobre sus costillas.
El timbre sonó.
Una vez.
Dos.
Ella miró la hora en el celular. 8:17 p. m.
Cojeó hasta la puerta, todavía con la boca seca por el sueño.
—¿Quién?
—Licenciado Navarro. Vengo en representación del señor Santiago Reyes.
Valentina cerró los ojos.
Demasiado decoro había pedido.
Abrió la puerta con la cadena puesta.
Del otro lado había un hombre de traje gris, portafolio negro y expresión de quien no venía a negociar sentimientos.
—Señorita Estrada —saludó—. Traigo copia del video del dashcam del vehículo Mercedes-Maybach del señor Reyes.
Valentina apretó la cadena hasta que le marcó la palma.
—¿Y?
El Licenciado Navarro sacó una carpeta.
—El video demuestra que usted se lanzó intencionalmente contra el auto. El daño total del vehículo, más gastos administrativos, asciende a ciento sesenta mil pesos.
El departamento pareció quedarse sin aire.
—¿Cuánto?
—160,000 pesos —repitió él—. Necesitamos hablar de la forma de pago.