Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 3: La peor sesión de fotos del mundo (Y un pastel de bodas amargo)
—¿Matrimonio? ¿Tú? ¿La misma Valeria Grien que juró sobre una caja de pizza familiar que prefería adoptar catorce gatos antes que compartir el baño con un hombre? Por favor, dime que esto es una cámara oculta.
Alma estaba tirada en el sofá del apartamento de Valeria, sosteniendo una copa de vino y riéndose con tantas ganas que las lágrimas amenazaban con arruinarle el rímel. A su lado, Gabriel, con su impecable chaqueta de diseñador y un abanico en la mano, se tapaba la boca para no escupir el sorbo que acababa de tomar.
—¡Es el karma, mi ciela! —exclamó Gabriel, agitando el abanico con dramatismo—. Todavía tengo guardado el mensaje de voz del año pasado donde dijiste, y cito textualmente: *"El día que yo me case será el día que los cerdos vuelen y yo haga una dieta de puros batidos verdes"*. Bueno, resulta que los cerdos ya tienen alas y tu futuro esposo es el rey del brócoli al vapor. ¿Cómo se siente la hipocresía en el paladar, querida?
Valeria les lanzó un cojín con todas sus fuerzas, aunque no pudo evitar que se le escapara una mueca que intentaba ser de indignación, pero terminaba en risa.
—¡Cállense los dos! —reclamó Valeria, acomodándose la blusa de flores ajustada que abrazaba sus curvas—. No lo hago por gusto, ¿está bien? Es por la herencia de la abuela. Si no juego al matrimonio feliz con el témpano de hielo de Maximiliano Starling durante doce meses, perderé las acciones de la constructora. Además, ya dejamos todo claro. Firmamos un acuerdo de paz. Camas separadas y ni un solo roce. El primero que rompa la regla de abstinencia le paga un millón de dólares al otro.
—Un millón de dólares por no tocar a ese monumento de hombre con traje de tres piezas —suspiró Gabriel, mirando al techo—. Cariño, yo ya habría entrado en bancarrota en la primera noche. Ese hombre tiene una mandíbula que podría cortar vidrio.
—Ese hombre tiene la personalidad de un ladrillo de cemento, Gabriel —replicó Valeria, cruzándose de brazos—. Y hoy tengo que sobrevivir a una sesión de fotos romántica porque el abogado de la familia quiere "pruebas" de que nuestro amor es real antes de la boda. Deséenme suerte, porque lo más probable es que termine en las noticias por homicidio.
Dos horas más tarde, Valeria se encontraba en un estudio fotográfico con el ambiente más tenso del planeta. El aire acondicionado estaba al mínimo, pero Valeria sentía que el lugar iba a estallar en llamas en cualquier momento.
Maximiliano Starling estaba de pie frente al fondo blanco, luciendo ridículamente perfecto en un traje azul marino hecho a medida. No tenía ni un solo cabello fuera de su lugar, ni una arruga en la camisa, y una expresión que sugería que prefería estar pasando por una endodoncia sin anestesia antes que estar ahí.
—A ver, chicos, ¡necesito fuego! ¡Necesito pasión! —gritó el fotógrafo, un hombre hiperactivo con una cámara gigante—. ¡Mírense con deseo! Como si no pudieran pasar un segundo más sin devorarse. ¡Acérquense!
Maximiliano soltó un suspiro pesado y dio un paso al frente, extendiendo los brazos con la flexibilidad de un muñeco de madera. Cuando sus manos rodearon la cintura de Valeria, sus dedos se tensaron como si estuviera sosteniendo material radiactivo. Su agarre era tan rígido que Valeria tuvo que contener el aire.
—Si me rompes una costilla, Starling, te demando por lesiones graves antes de que lleguemos al altar —le susurró Valeria entre dientes, manteniendo una sonrisa radiante para la cámara.
—Si te quejaras menos y cooperaras más, esto terminaría en cinco minutos, Grien —respondió él, sin mover los labios, con los ojos grises fijos en los de ella con pura exasperación—. Intenta parecer una novia enamorada y no una prisionera de guerra.
—¿Ah, sí? ¿Quieres que coopere? Perfecto. Vamos a darle lo que pide al fotógrafo.
Valeria soltó una carcajada fuerte y sonora, una de esas risas suyas que llenaban cualquier habitación y que a Maximiliano siempre le parecían un insulto al orden público. Aprovechando el movimiento, Valeria dio un paso hacia adelante y pegó todo su cuerpo exuberante contra el pecho de él. Sus curvas generosas se moldearon contra la rigidez del traje de Maximiliano de una manera tan repentina que el empresario dio un respingo, perdiendo el equilibrio por un segundo.
—¡Eso es! ¡Magnífico! ¡Sostengan eso! —exclamó el fotógrafo, disparando la cámara como un loco.
Valeria apoyó una de sus manos en el pecho cubierto por el chaleco de Maximiliano, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la tela fina. Subió la mirada con picardía pura, disfrutando al máximo del efecto que estaba causando. Maximiliano, el hombre que jamás perdía los papeles, se estaba poniendo completamente rojo. Primero de la rabia por el atrevimiento, y luego, notablemente, de los nervios. Sus ojos grises se abrieron un poco más de lo normal y su respiración se volvió errática mientras sentía el calor de la piel de Valeria tan cerca de la suya.
—Estás rompiendo el espacio personal, Valeria —murmuró él, con la voz un octavo más grave de lo habitual.
—El fotógrafo pidió fuego, "cara de iceberg". Solo soy una profesional entregada al arte. Disfruta del calor, que en tu oficina seguro no lo conoces.
La tortura fotográfica terminó, pero el día del juicio final continuó en el restaurante del hotel de lujo donde se celebraría el banquete. La mesa estaba dispuesta para la prueba del menú, con el chef ejecutivo esperando sus opiniones y el abogado de la familia observando cada interacción desde una mesa cercana para evaluar la "armonía conyugal".
Fue en ese momento cuando la tregua forzada se desmoronó por completo.
—Para el primer tiempo, sugiero un tartar de pepino con infusión de menta silvestre sobre una cama de aire de hinojo —explicó el chef, sirviendo un plato con una porción tan diminuta que parecía una muestra de laboratorio.
Maximiliano asintió con aprobación, anotando algo en su tableta.
—Perfecto. Limpio, minimalista y eficiente para la digestión de los invitados. No queremos que la gente se sienta pesada durante los discursos.
Valeria miró el plato con horror, sosteniendo el tenedor como si fuera un arma de defensa personal.
—¿Aire de hinojo? ¿Me estás diciendo que voy a pagar una fortuna para que mis invitados coman viento? —Valeria miró al chef y luego fulminó a Maximiliano con la mirada—. De ninguna manera. Esto parece comida de hospital para alguien que está a dieta forzada. Yo quiero un banquete de verdad. Tacos gourmet con tres tipos de salsas, una estación de pastas artesanales y, por lo menos, una fuente de chocolate gigante con frutas y churros para el postre.
Maximiliano dejó la tableta sobre la mesa con un golpe seco, perdiendo por fin la poca paciencia que le quedaba.
—Valeria, esto es una boda de la alta sociedad, no el cumpleaños de un niño de diez años en un parque de atracciones. No voy a permitir que mis socios comerciales terminen con las manos llenas de grasa de taco y manchas de chocolate en camisas de setecientos dólares. Necesitamos sofisticación.
—¡Lo que tú llamas sofisticación, el resto del mundo lo llama aburrimiento crónico! —le espetó Valeria, levantando la voz y olvidándose por completo del abogado que los miraba a lo lejos—. Quieres que todo en tu vida sea un gráfico de barras, Maximiliano. Tu paladar es tan plano y soso como tu personalidad. Un poco de grasa y de picante no te va a matar, te lo juro. ¡Incluso podría recordarle a tu cuerpo que estás vivo!
—Mi personalidad es perfectamente funcional, gracias —respondió él, levantándose de la silla, con los ojos echando chispas de pura indignación—. Y prefiero mil veces un menú plano a pasar la noche de mi boda limpiando salsas exóticas del piso porque tu "caos creativo" decidió que era una buena idea.
—¡Pues te aguantas, Starling! Porque si me voy a casar por contrato, ¡por lo menos pienso comer delicioso en mi propia boda!
El chef dio un paso atrás, visiblemente incómodo, mientras Valeria y Maximiliano se sostenían la mirada con una furia tan intensa que los camareros del lugar prefirieron desviar la vista. Eran, sin duda alguna, como el agua y el aceite, el perro y el gato; dos fuerzas de la naturaleza destinadas a colisionar en un matrimonio que prometía ser cualquier cosa, menos pacífico.