Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 24
Valentina, en cambio, sintió que la jacaranda entera le florecía en la cara.
—Mariana —dijo entre dientes—, cállate.
—No puedo. Es información de interés público.
Natalia soltó una risa bajita. Adrián, por supuesto, no ayudó. Se acercó a Valentina, le acomodó un mechón detrás de la oreja con una calma que no combinaba con el incendio de su cara y le ofreció la mano.
—¿Vamos?
—¿A que me ejecuten socialmente?
—A que te saluden.
—Eso dicen todos antes de una emboscada.
Mariana le pasó una taza de ponche.
—Toma. Azúcar para el shock.
Valentina aceptó la taza y caminó con ellos hacia la sala principal de la hacienda. Las puertas dobles estaban abiertas. Adentro ardía una chimenea enorme; sobre la repisa había ramas de pino, velas blancas y esferas de vidrio soplado. El lugar olía a canela, naranja y madera caliente. No era una fiesta ruidosa. Era peor: una reunión de gente que no necesitaba levantar la voz para imponer apellido.
Máximo Delgado fue el primero en ponerse de pie.
—Mírenla nada más —dijo, con una copa de mezcal en la mano—. La mujer que hizo que Adrián Castellán mandara un documento navideño a un suegro antes de tener suegro.
Valentina casi se atragantó con el ponche.
—¿Eso ya lo sabe todo el mundo?
—Aquí las noticias llegan antes que las maletas —respondió Máximo.
Adrián lo miró.
—Máximo.
—Hermano, estoy siendo amable.
—Intenta más.
Máximo sonrió y se acercó a Valentina con un pequeño estuche negro.
—Bienvenida, Valentina Serrano. Por si vuelves a tener la brillante idea de entrar a un lugar como Club Dorado sin refuerzos.
Ella abrió el estuche. Dentro había un llavero del tamaño de una moneda, negro mate, con un botón lateral.
—¿Qué es?
—Contacto directo con mi equipo de seguridad. No graba, no rastrea si no lo activas, no hace nada raro. Lo aprietas tres segundos y Braulio recibe ubicación. Después me grita a mí.
Valentina levantó la vista hacia Adrián.
Él no había pedido el regalo. O, por lo menos, tuvo la decencia de parecer sorprendido.
—No es una correa —añadió Máximo, más serio—. Es una puerta de salida.
Esa frase hizo que Valentina cerrara los dedos sobre el llavero.
—Gracias.
—Úsalo nunca, por favor.
Mariana aplaudió una vez.
—Ese sí es un regalo útil. Yo traje galletas y ansiedad.
Desde el sillón junto a la ventana, Regina Quintana cruzó una pierna con elegancia.
—Las galletas suelen ser más honestas.
Valentina giró hacia ella. Regina llevaba un vestido verde oscuro y unos aretes mínimos que, por supuesto, parecían carísimos. A su lado estaba Emilio Montiel, silencioso, con una mirada tan quieta que hacía parecer habladores a todos los demás.
—Regina —dijo Valentina—. No sabía que venías.
—Yo tampoco sabía que tú venías como protagonista.
—Qué gusto que ambas estemos aprendiendo.
La boca de Regina se curvó apenas.
Emilio se levantó.
—Valentina Serrano.
Su voz era baja, sin adorno.
—Emilio Montiel —respondió ella.
—Santiago habla bien de tu trabajo. Mariana habla demasiado.
—Eso suena correcto.
Emilio le entregó una caja plana de madera clara.
—Para Juramento. Un proveedor de perlas cultivadas en Baja California Sur. No es compromiso de compra. Solo contacto.
Valentina abrió la caja. No había joyas terminadas, sino una tarjeta en papel grueso, una muestra mínima y un catálogo con certificaciones. Era el tipo de regalo que no la trataba como adorno, sino como diseñadora.
—Esto vale más que un collar —dijo, sincera.
Regina levantó su copa.
—Por fin alguien entiende.
—¿No estabas compitiendo conmigo? —preguntó Valentina.
—Sigo compitiendo contigo. Por eso prefiero que tengas buenos materiales. Ganarte con ventaja sería vulgar.
Mariana se inclinó hacia Valentina.
—¿Ves? En su idioma eso fue un abrazo.
—No exageres —dijo Regina.
Adrián, que hasta ese momento había permanecido a medio paso detrás de Valentina, habló al fin.
—Valentina Serrano —dijo, y la sala se aquietó sin que nadie lo pidiera—. Mi novia.
La palabra no fue un anuncio teatral. Fue una colocación exacta, como si acabara de poner una pieza en el único lugar donde podía ir. Valentina sintió todas las miradas caer sobre ella. No fueron burlonas. No fueron curiosas de manera barata. Eran evaluaciones limpias, afiladas, de gente que entendía que Adrián no prestaba su nombre para juegos.
Y aun así, a ella le dieron ganas de pellizcarlo.
—También diseño joyería —dijo, porque necesitaba recuperar aire.
Máximo alzó la copa.
—Eso nos quedó más claro que lo otro.
Una mujer de rostro dulce se acercó con una sonrisa cálida. Venía tomada del brazo de un hombre de ojos tranquilos, barba bien cuidada y un aire de profesor que había visto demasiadas piezas antiguas para impresionarse con el dinero nuevo.
—Elena Delgado —se presentó ella—. Y él es Alejandro. Puedes decirle Álex si no está en modo museo.
—Mucho gusto —dijo Valentina.
Alejandro le ofreció una pequeña caja envuelta en papel artesanal.
—No es joya. Es obsidiana pulida de una colección de estudio. Legal, documentada, sin historia robada. Pensé que podría servirte como inspiración.
Valentina desenvolvió una pieza negra, ovalada, con un brillo profundo como agua de noche.
—Es preciosa.
—La obsidiana corta si se la trabaja mal —dijo Alejandro—. Pero bien pulida refleja sin deformar. Me pareció una metáfora útil para alguien que entra a este círculo.
Elena le dio un codazo suave.
—Te dije que estaba en modo museo.
Valentina sonrió.
—Me gusta.
Elena le entregó entonces una bolsita de tela.
—Y esto sí es de parte de una persona normal. Bálsamo para manos. Aquí el frío engaña, y si trabajas con metal, te va a salvar.
Ese regalo, pequeño y atento, le tocó una parte distinta. Valentina apretó la bolsita.
—Gracias. De verdad.
Adrián la miraba como si cada respuesta suya le estuviera enseñando algo. No intervino, no la cubrió, no contestó por ella. Solo estaba allí, una presencia pesada, pero quieta.
Santiago entró con Natalia detrás.
—Ya conociste a la mitad peligrosa —dijo él—. La otra mitad llega mañana.
—¿Hay más?
Mariana se dejó caer en el sofá.
—Vale, esto apenas empieza.
Paloma apareció desde el comedor con una charola de buñuelos y cara de haber encontrado refugio entre el personal de cocina.
—Traje comida porque la gente rica me da hambre.
Máximo señaló la charola.
—Esa mujer entiende la vida.
El ambiente se aflojó. La conversación empezó a moverse: proyectos, viajes, chismes de patronatos, bromas sobre quién había perdido más dinero en una subasta benéfica. Valentina descubrió que Máximo hablaba demasiado para ocultar lo que observaba, que Emilio decía poco pero veía todo, que Regina atacaba solo a quien consideraba digno de responderle, y que Elena tenía una forma de incluir a Paloma sin hacerla sentir invitada de segunda.
Por primera vez desde que conocía a Adrián, Valentina sintió el peso real de su mundo.
No era solo dinero.
Era una red. Una mesa donde cada gesto abría o cerraba puertas.
Y Adrián la había sentado allí sin pedir permiso a nadie.
Pero cuando él le acercó un plato con dos buñuelos y una servilleta, no hubo declaración de poder.
—Come algo —dijo.
—No me mandes.
—No te mando. Te conozco.
—Me conoces muy poco.
—Lo suficiente para saber que con nervios se te olvida comer.
Ella quiso discutir. No pudo. Tomó un buñuelo.
Regina, desde el sillón, levantó la mirada.
—Esto sí es nuevo.
—¿Qué cosa? —preguntó Valentina.
Regina señaló a Adrián con la copa.
—Él pendiente de si alguien come.
Máximo se llevó una mano al pecho.
—Yo también estoy conmovido. Casi llamo a Doña Elena.
—Hazlo y te retiro de mi testamento —dijo Adrián.
—No estoy en tu testamento.
—Exacto.
La risa general terminó de romper la tensión.
Un empleado apareció en la puerta y se inclinó hacia Santiago, pero fue Adrián quien levantó la vista primero. El hombre dudó.
—Señor Montiel, llegó confirmación de la reunión de mañana. La señorita Daniela Reyes estará aquí a las diez.
El nombre cayó con suavidad, pero no pasó inadvertido.
Máximo dejó de sonreír medio segundo. Regina miró su copa. Emilio no se movió, aunque sus ojos fueron hacia Adrián.
Valentina notó todos esos pequeños cambios.
Adrián tomó un buñuelo del plato de ella como si nada hubiera ocurrido.
—Confirma la sala azul —dijo.
—Sí, señor.
Cuando el empleado se fue, Valentina inclinó la cabeza.
—¿Daniela Reyes?
Regina sonrió sin alegría.
—La mujer más puntual de México cuando Adrián Castellán está en la agenda.
excelente
Gracias.