Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 1
Capítulo 1
El primer día que no huí
El celular de Emilio Reyes vibró justo cuando cruzaba las puertas giratorias de Grupo Cénit.
No era un mensaje de bienvenida ni una llamada del área de Recursos Humanos. Era la notificación del banco, seca como una cachetada: saldo disponible, $2,800 MXN.
Emilio bajó el brillo de la pantalla antes de que el guardia pudiera verlo.
En su bolsillo interior llevaba el recibo de la inyección estabilizadora de la semana anterior, doblado en cuatro, todavía con olor a farmacia. La mitad de su quincena se había ido en ese líquido transparente que prometía mantener su cuerpo en orden. La otra mitad se iría en renta, transporte y comida barata si tenía suerte.
Tenía que durar.
También tenía que conseguir ese puesto.
La torre de Grupo Cénit se levantaba frente a él con demasiado vidrio, demasiado acero y demasiada gente caminando como si supiera exactamente a dónde iba. Emilio, con su camisa blanca planchada la noche anterior y una carpeta negra bajo el brazo, pasó el control de seguridad sin bajar la cabeza.
—Nombre —pidió el guardia.
—Emilio Reyes. Entrevista para asistente ejecutivo.
El hombre revisó la tableta, levantó las cejas y lo miró con un interés que no intentó ocultar.
—¿Para el piso cincuenta y ocho?
—Sí.
—Suerte.
No sonó como cortesía. Sonó como pésame.
Emilio tomó la credencial provisional y caminó hacia los elevadores. Había escuchado los rumores incluso antes de postularse. Que Sebastián Luján cambiaba asistentes como otros cambiaban corbatas. Que el último había renunciado llorando después de tres días. Que otro se había desmayado en una reunión por la presión feromonal del director general.
Emilio no tenía feromonas. Era Beta. Un Beta común, sin aroma, sin poder, sin privilegios especiales. Eso, por primera vez en su vida, podía ser una ventaja.
El elevador subió sin detenerse. Piso treinta. Cuarenta. Cincuenta.
En el reflejo oscuro de la puerta, Emilio se acomodó el cuello de la camisa. Detrás, una empleada con gafete de Finanzas lo miraba de reojo.
—¿Vas con el señor Luján? —preguntó al fin.
—Eso parece.
Ella soltó una risita nerviosa.
—Si sobrevives hasta la comida, compra boleto de lotería.
Emilio respondió con una sonrisa pequeña.
—Primero tendría que tener dinero para el boleto.
La mujer se quedó callada un segundo y luego se rió de verdad. El elevador abrió en el piso cincuenta y ocho antes de que pudiera decir algo más.
El ambiente cambió de inmediato.
No era solo el silencio. Era la forma en que todos hablaban más bajo, como si una voz demasiado alta pudiera activar una alarma invisible. Los escritorios estaban ordenados con precisión casi militar. Las pantallas mostraban gráficas, contratos, calendarios apretados. Al fondo, detrás de una pared de cristal polarizado, estaba la oficina del director general.
Andrés Lara lo esperaba junto a recepción.
Alto, traje oscuro, rostro sin una sola línea desperdiciada. Tenía el tipo de calma que no invitaba a la confianza, sino a la obediencia.
—Emilio Reyes.
No fue pregunta.
—Sí. Buenos días.
—Andrés Lara. Asistente especial del señor Luján. Recursos Humanos te explicó las condiciones.
—Sí.
Andrés le entregó una tarjeta de acceso definitiva y una pila de documentos tan gruesa que la recepcionista apartó la vista con compasión.
—Ordena estos contratos por prioridad legal, detecta inconsistencias, prepara resumen ejecutivo de máximo una página por expediente y agenda las llamadas críticas antes de las once.
Emilio miró el reloj de pared. Eran las nueve con siete.
—¿Alguna instrucción sobre el formato?
Por primera vez, Andrés pareció un poco menos inexpresivo.
—El señor Luján odia las tablas decorativas, las conclusiones vagas y las personas que dicen "más o menos".
—Entonces no diré "más o menos".
—Bien.
Le señaló un escritorio limpio, frente a la oficina de cristal.
—Si tienes dudas, resuélvelas.
Emilio dejó la carpeta, se sentó y abrió el primer expediente.
Durante los primeros diez minutos, sintió varias miradas clavadas en su nuca. Durante los siguientes veinte, dejaron de mirarlo y comenzaron a susurrar. A la hora, nadie susurraba. Solo se escuchaban teclados y el zumbido discreto del aire acondicionado.
Emilio separó contratos con cláusulas de penalización ocultas, marcó tres inconsistencias en una adquisición de Puerto Esmeralda, reorganizó la agenda de dos ejecutivos que habían programado llamadas imposibles en horarios cruzados y resumió dieciséis expedientes sin usar una sola frase de relleno.
No era magia. Era hambre.
Había trabajado desde la preparatoria, había estudiado en Universidad Soberana con turnos dobles encima y había aprendido que la gente rica confundía cansancio ajeno con incompetencia. Él no podía darse ese lujo.
A las diez con cincuenta y dos, Andrés apareció a su lado.
—¿Avance?
Emilio giró la pantalla hacia él.
—Contratos uno al nueve listos. Diez y once requieren revisión legal antes de firma. Doce tiene una cláusula de salida que contradice el memorando interno. Las llamadas críticas están reagendadas. Laboratorios Farías respondió que Felipe Farías solo acepta reunión si el señor Luján confirma personalmente.
Andrés leyó en silencio.
Una arruga mínima apareció entre sus cejas. Si Emilio no hubiera pasado años observando profesores arrogantes, clientes abusivos y a su propia madre fingiendo lágrimas, no la habría notado.
—¿Quién te ayudó?
—Nadie.
—¿Ya conocías estos expedientes?
—No.
—¿Eres Alfa?
La pregunta cayó más fría que el aire acondicionado.
Emilio no parpadeó.
—Beta.
—Tu prueba genética.
—Beta —repitió—. Mi expediente médico está en Recursos Humanos.
Andrés lo sostuvo con la mirada un segundo más, luego tomó la tableta y envió algo.
—El señor Luján quiere verte.
La oficina de cristal se abrió antes de que Emilio pudiera levantarse.
Sebastián Luján salió sin prisa.
Emilio lo había visto en fotos de revistas de negocios, en entrevistas donde los periodistas parecían hablarle con miedo y en una portada donde lo llamaban "el Alfa que reescribió el poder corporativo". Nada de eso servía para prepararse.
En persona, Sebastián era más alto, más afilado, más difícil de mirar sin que el cuerpo entendiera primero el peligro. Su traje gris oscuro parecía hecho para recordarle al mundo que algunas personas no pedían espacio; lo tomaban. Los ojos, de un negro limpio y duro, recorrieron el escritorio de Emilio antes de detenerse en su rostro.
—Reyes.
—Señor Luján.
La voz de Sebastián era baja. No necesitaba volumen.
—¿Estos resúmenes son tuyos?
—Sí.
—El expediente doce tenía esa cláusula desde hace dos semanas. Legal no la vio.
Emilio no sabía si aquello era una acusación o una prueba.
—Entonces Legal necesita café o vacaciones.
Alguien detrás de él tosió.
Andrés no se movió.
Sebastián bajó la mirada al documento. Cuando volvió a mirar a Emilio, su expresión no había cambiado, pero el aire alrededor de la oficina pareció tensarse.
—Lento —dijo.
Emilio sintió que todos los escritorios del piso contenían la respiración.
Sebastián dejó el expediente sobre la mesa.
—Pero sin errores.
No era un elogio. En boca de Sebastián Luján, sonó casi peor: una sentencia provisional.
—Puedes quedarte.
La frase tardó medio segundo en llegarle al cuerpo.
Emilio apretó los dedos bajo el escritorio para no mirar otra vez su celular, para no recordar los $2,800, el recibo de la farmacia, la renta pendiente, los estabilizadores que tendría que comprar antes de fin de mes.
—Gracias, señor Luján.
—No me agradezcas. Trabaja.
Sebastián se dio la vuelta.
Y entonces pasó.
No fue una presión completa. No fue una descarga brutal de Alfa supremo como las historias que contaban en voz baja. Apenas un roce. Un hilo de aire helado, limpio, como escarcha bajando desde una montaña al amanecer.
Tocó la parte posterior del cuello de Emilio.
La glándula que, según todos sus informes, no debía reaccionar a nada, palpitó una vez.
Emilio dejó de respirar.
El dolor fue pequeño. Más extraño que intenso. Como si algo dormido bajo la piel hubiera abierto los ojos.
Sebastián se detuvo en la puerta de su oficina.
Por un instante, Emilio creyó que él también lo había sentido.
Pero el director general solo giró apenas el rostro.
—Reyes.
—¿Sí?
—A las doce quiero el informe de Farías en mi escritorio.
La puerta de cristal se cerró.
Emilio bajó la mirada a sus manos. Seguían quietas. Su cara también. Nadie en el piso parecía haber notado nada.
Mejor así.
Abrió el siguiente expediente, enderezó la espalda y fingió que la nuca no le ardía.
Pero debajo del cuello de la camisa, donde no debía existir ninguna respuesta, el pulso siguió latiendo.