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Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Lo primero que Serena Mora vio al abrir los ojos fue sangre seca en sus propias manos.

No era mucha. Solo una mancha oscura entre los dedos, otra bajo la uña del pulgar y una línea delgada que se había pegado al borde de una manga roja que no era suya. Aun así, el olor metálico le trepó por la garganta con tanta fuerza que tuvo que cubrirse la boca.

El piso estaba frío.

Demasiado frío para ser el azulejo barato de su departamento en Ciudad de México.

Serena levantó la cabeza de golpe.

Una lámpara de aceite colgaba del techo de piedra. Las paredes estaban húmedas, marcadas por símbolos que brillaban como brasas casi apagadas. Había una mesa de madera, un cuenco con agua turbia, vendas sucias, una cuerda enrollada y, a dos pasos de ella, una cadena gruesa que se perdía entre las sombras.

La cadena se movió.

Serena dejó de respirar.

En el rincón opuesto había un hombre atado por las muñecas. Tenía el cabello negro pegado al rostro, la camisa rota y la espalda apoyada contra el muro como si sentarse derecho le costara demasiado. Uno de sus ojos estaba cubierto por la sombra, pero el otro, oscuro y frío, la miraba con una calma que no tenía nada de humana.

No pidió ayuda.

No suplicó.

Solo sonrió apenas, como si ya supiera de qué era capaz ella.

—¿Ya terminaste de divertirte?

La voz ronca le partió la nuca.

Serena retrocedió tan rápido que chocó con la mesa. El cuenco cayó al piso y el agua se extendió sobre la piedra, arrastrando una hebra roja.

—No, no, no... —susurró.

Reconoció ese rostro, esa celda y esas cadenas con símbolos de contención.

La noche anterior, antes de dormirse encima de los apuntes de su tesis, Serena había leído hasta las tres de la mañana una novela de fantasía larguísima, de esas que una abre para distraerse y termina odiando con compromiso profesional. El protagonista se llamaba Adrián Navarro: heredero de la Corte de las Sombras, niño torturado, hombre destinado a destruir medio mundo, villano para todos menos para el lector.

Y en los primeros capítulos, antes de que escapara y se volviera imparable, Adrián había sido prisionero de una mujer caprichosa de Ciudad Azul.

Una mujer llamada Serena Mora.

La misma Serena que lo había encerrado.

La misma Serena que lo había lastimado solo porque podía.

—Esto no está pasando —dijo Serena, con la voz seca—. Me desvelé, me dio una embolia por exceso de café y ahora estoy teniendo una alucinación de lujo.

El hombre de la cadena no cambió de expresión.

—Si vas a fingir demencia, al menos hazlo mejor.

Serena se miró otra vez las manos. Eran sus manos, pero no exactamente: más pálidas, más finas, con un anillo de plata en el índice y pequeñas cicatrices que no reconocía. Su ropa era un vestido de tela pesada, rojo oscuro, bordado con hilos negros. Nada de pantalón deportivo, nada de camiseta vieja de la universidad, nada de celular bajo la almohada.

Buscó sus bolsillos por instinto.

No había celular.

Claro.

Porque despertar en una mazmorra ajena no podía traer incluido un cargador.

Un golpe seco sonó dentro de su cabeza.

Serena se llevó ambas manos a las sienes.

—¡Activación completa!

Una luz verde reventó frente a su cara. Serena gritó y dio otro paso atrás. La luz giró, se encogió y tomó la forma de un loro pequeño, de plumas verdes con amarillo, ojos redondos y expresión de funcionario cansado.

El loro flotaba.

Flotaba.

Serena lo señaló con un dedo tembloroso.

—Un loro. Perfecto. Me secuestró un loro.

—Técnicamente no te secuestré —respondió el ave con dignidad—. Soy Lilo, manifestación visible de El Vínculo. Sistema de guía, supervivencia y gestión emocional para almas desplazadas.

—¿Gestión emocional? —Serena soltó una risa sin fuerza—. Pues empieza gestionando el infarto que me está dando.

En el rincón, la cadena volvió a sonar. Adrián Navarro miraba al loro con la misma desconfianza con la que la miraba a ella, aunque en su rostro apareció algo nuevo: alerta. No podía ver a Lilo como una mascota cualquiera. Eso ya era pésima noticia.

—Serena Mora —anunció Lilo, hinchando el pecho—, has despertado dentro del cuerpo de la antagonista secundaria de la historia. Condición actual: alto riesgo de muerte violenta. Probabilidad de supervivencia sin intervención: cero punto cero tres por ciento.

—¿Antagonista secundaria? —Serena sintió que la sangre se le iba a los pies—. ¿Secundaria? ¿Ni siquiera soy la villana principal?

—No te recomiendo aferrarte a ese detalle.

—Yo no me estoy aferrando a nada. Estoy procesando que voy a morir por culpa de una señora que no conozco, en un vestido carísimo y con sangre en las manos.

Adrián soltó una risa baja. No era diversión. Era una piedra raspando otra piedra.

—Qué actuación tan nueva.

Serena se quedó quieta.

El comentario dolió más de lo que tenía derecho a doler. No porque él le creyera mala, sino porque tenía razones para creerlo. Ella había leído esas páginas con el estómago cerrado. Sabía que el Adrián de la novela había pasado años siendo usado por la Corte de las Sombras, y que luego, cuando por fin escapó de un infierno, cayó en manos de Ciudad Azul.

En manos de Serena Mora.

La original, la cruel, la mujer cuyo cuerpo ahora estaba usando como si el universo hubiera decidido jugar al peor castigo posible.

Serena levantó despacio las manos para que él pudiera verlas.

—No voy a tocarte.

El ojo visible de Adrián se estrechó.

—Eso dijiste ayer.

Serena tragó saliva.

No tenía memoria de ayer. No tenía memoria de esa vida. Solo tenía pedazos de la novela, la ropa de una desconocida y un hombre encadenado que la odiaba con una precisión casi elegante.

—Lilo —dijo, sin apartar la vista de Adrián—. Dime que hay una forma de salir de aquí.

El loro batió las alas. Frente a él apareció una pantalla translúcida, como vidrio mojado suspendido en el aire.

—Misión principal: modificar el destino trágico de Adrián Navarro y evitar el colapso futuro del mundo.

Serena parpadeó.

—Eso suena grande.

—Submisión inicial: conseguir que Adrián Navarro se enamore de ti.

La mazmorra quedó tan silenciosa que Serena escuchó una gota caer del techo.

Luego se rio.

Se rio una vez, dos veces, y al tercer intento la risa se le convirtió en tos.

—Perdón, ¿qué dijiste?

—Conseguir que Adrián Navarro se enamore de ti —repitió Lilo, sin vergüenza—. El Vínculo evaluará avances mediante el Medidor de Afinidad.

Serena miró a Adrián.

Adrián la miró de vuelta como si estuviera calculando cuántas formas había de matarla con una cadena oxidada.

—Lilo —dijo ella con mucha calma—, ese hombre preferiría tragarse vidrio antes que enamorarse de mí.

—Tu análisis emocional es correcto.

—Entonces estamos muertos.

—No necesariamente. El sistema prioriza progreso gradual.

Serena apretó los dientes.

—¿Progreso gradual desde dónde?

Lilo movió una patita en el aire y la pantalla cambió. Letras luminosas aparecieron sobre el nombre de Adrián Navarro.

Medidor de Afinidad: -123,456.

Serena se quedó mirando el número.

Contó tres segundos en silencio.

—¿Eso tiene coma? —preguntó al fin.

—Sí.

—¿Es negativo?

—También.

—¿Y se supone que debo subirlo a cuánto?

Lilo abrió el pico, lo cerró, revisó algo invisible y respondió con voz más bajita:

—A un rango compatible con amor profundo, confianza absoluta y vínculo de compañeros de alma.

Serena se llevó una mano al pecho.

—Mejor mátame de una vez.

El loro se erizó.

—¡No bromees con la muerte! De acuerdo con la línea original, Adrián Navarro escapará, destruirá Ciudad Azul y tú morirás de una forma extremadamente desagradable.

—Gracias por el resumen motivacional.

En el rincón, Adrián ladeó la cabeza. Aunque no entendiera la pantalla y aunque no escuchara todo lo que Lilo decía, sí entendía su miedo. Y eso lo hacía peligroso.

Serena respiró hondo.

La misión era absurda. El número era una ofensa matemática. Pero había algo más urgente que sobrevivir como personaje de novela: el hombre frente a ella seguía encadenado, herido y esperando el siguiente golpe.

Ella no iba a dárselo.

Se agachó despacio, tomó la cuerda enrollada de la mesa y la lanzó lejos, hacia el pasillo oscuro. Después empujó con el pie el cuenco roto y separó las vendas sucias de las limpias.

Adrián tensó los hombros.

—¿Qué haces?

—No lo sé todavía —admitió Serena—, pero empieza con no seguir lastimándote.

—¿Y después?

Serena sostuvo su mirada. La oscuridad en él era tan pesada que parecía llenar la celda, pero debajo de esa frialdad había fiebre, cansancio y una herida mal cerrada en la muñeca izquierda.

—Después voy a encontrar agua limpia.

Adrián soltó una exhalación que casi pareció risa.

—No confío en ti.

—No te culpo.

Esa respuesta, por alguna razón, lo hizo callar.

Lilo descendió hasta posarse en el borde de la mesa. Miró a Serena, miró a Adrián y luego volvió a mirar la pantalla.

—Actualización del Medidor de Afinidad disponible.

Serena sintió una chispa absurda de esperanza.

—¿Subió?

La pantalla parpadeó.

Medidor de Afinidad: -123,455.

Lilo abrió las alas con solemnidad.

—¡Felicidades! Técnicamente no empeoró.

Serena cerró los ojos.

Desde el rincón, Adrián Navarro la observaba como si acabara de descubrir que su carcelera se había vuelto loca.

Serena no tenía tiempo para convencerlo de lo contrario.

Porque Serena, con las manos manchadas de una culpa que no era suya y una misión imposible flotando frente a la cara, acababa de entender una cosa: si quería vivir, primero tendría que salvar al hombre que más la odiaba en ese mundo.

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Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
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