Separados al nacer en canastas para salvarlos de una masacre, los gemelos de la estirpe real de Blood Moon crecieron sin saber el uno del otro. Cinthya pasó su infancia en el orfanato de una manada, conociendo y dominando desde pequeña la ferocidad de su loba interna. Al cumplir la mayoría de edad, deja el centro sin haber sido adoptada, momento en el que la directora le entrega una carta de sus padres biológicos y una caja misteriosa. Fiel a su promesa, Cinthya se muda al mundo humano y no abre el legado hasta el día en que se gradúa de la universidad. Es en ese instante cuando la verdad se revela, dando inicio a la búsqueda de su hermano gemelo.
Su hermano, Alexei, fue dejado en otro orfanato lejano antes de ser adoptado por los líderes de la poderosa manada Shadow Fang, creciendo junto a Paul como su hermano adoptivo y sin saber que sus padres adoptivos son los alfas de la manada en la que vive.
El hilo del destino guía los pasos de Cinthya hasta la ciudad donde vive Alexei. Allí, el vuelco de su existencia es total: no solo se reencuentra de forma emotiva con su gemelo Alexei, sino que el lazo la golpea al ponerla cara a cara con Paul, el imponente futuro Alfa de la manada y hermano adoptivo de su hermano. La conexión entre Paul y Cinthya es inmediata, feroz y despiadadamente posesiva. Mientras su amor se consolida, Alexei encontrara a su pareja destinada en la hija del Beta.
Unidos por la sangre y respaldados por la fuerza absoluta de sus mates, los hermanos deberán coordinar a sus soldados para adentrarse en las profundidades de las minas olvidadas del norte. Allí, donde sus padres biológicos languidecen encadenados con plata pura por la tiranía de su cruel tío Lionel, se librará una guerra despiadada y sangrienta. La estirpe real ha regresado para purificar sus tierras de origen. ¿Podrán derrocar al dictador y reclamar el imperio indestructible que les pertenece, o la traición consumirá el legado de Blood Moon para siempre?
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CAPITULO 11. CHISPAS EN EL CLARO
El espacio entre Paul y yo pareció reducirse a cenizas. Sus palabras directas sobre el lazo de mates me dejaron sin defensas. Di un paso atrás, pero mi espalda chocó contra el tronco rugoso de un roble centenario. Paul no dudó; avanzó con pasos felinos y seguros hasta quedar a escasos centímetros de mí, atrapándome entre su cuerpo y el árbol. Su aroma a madera de cedro y tormenta me nubló la razón por completo.
—No me digas que vas a negarlo, Cinthya —susurró, inclinando ligeramente la cabeza. Su voz áspera y profunda me acarició la piel—. Tu corazón está latiendo tan rápido que puedo escucharlo perfectamente desde aquí.
—Es todo muy nuevo para mí —logré articular, sosteniendo su mirada ambarina con valentía, aunque mis manos temblaban—. Yo… yo huía de todo este mundo. No quería saber nada de manadas, ni de Alfas, ni de parejas destinadas.
—El destino no se puede esquivar —respondió él con una ternura inesperada.
Paul levantó una mano lentamente, dándome el tiempo necesario para apartarme si así lo quería, pero me quedé estática. Cuando sus dedos rozaron mi mejilla, una descarga eléctrica brutal nos sacudió a los dos. Dejé escapar un suspiro involuntario. Su palma era un carbón encendido sobre mi piel. Con una delicadeza extrema, su pulgar delineó el contorno de mis labios, haciéndome temblar de pura necesidad.
No pude aguantar más. Rompiendo la última pizca de distancia, me colgué de su cuello. Paul reaccionó al instante; sus poderosos brazos envolvieron mi cintura, pegando mi cuerpo al suyo en un abrazo tan firme y protector que sentí que encajábamos como dos piezas perfectas de un rompecabezas. El vacío que había arrastrado en mi pecho desde que abandoné el orfanato se llenó por completo en ese segundo.
Entonces, me miró a los ojos una última vez antes de sellar nuestro destino.
Nuestros labios se unieron en un primer beso hambriento, cargado de toda la tensión contenida desde la noche anterior. Fue una explosión de sensaciones salvajes. El sabor de Paul era adictivo, una mezcla de fuego y dulzura que me hizo perder el sentido de la realidad. Tanja rugía de felicidad en mi mente, completamente desbocada, reclamando a su macho. La lengua de Paul buscó la mía con una posesividad ardiente, posesividad que yo le devolví con la misma intensidad. El calor de su cuerpo me traspasaba la ropa, derritiendo mis miedos.
Cuando nos separamos por falta de aire, Paul no me soltó. Apoyó su frente contra la mía, con la respiración entrecortada y sus ojos ambarinos brillando con fuerza en la penumbra del bosque.
—Eres mía, Cinthya —prometió en un susurro, besando la punta de mi nariz—. Y no voy a dejar que nadie de la manada Blood Moon te ponga una mano encima. Vamos a recuperar a tus padres juntos.
Sentí una fuerza y una seguridad que jamás había experimentado. Ya no era una loba huérfana y solitaria en el mundo de los humanos; ahora tenía un compañero dispuesto a quemar el mundo por mí.