Tras una dolorosa traición amarosa, Jane Macdogal ha cerrado las puertas de su corazon y se ha refugiado por completo en su trabajo como directora de una prestigiosa revista de moda en Nueva York. Sin embargo, su mundo se tambalea cuando el dueño de la empresa le anuncia un auditoria de emergencia para vender la compañia. El encargado de revisarlo todo es Adam Preston, un misterioso y actractivo experto en financias que revoluciona la vida de Jane desde su desastroso primer encuentro en el aeropuerto. Obligados a convivir dia y noche, y tras un accidentado viaje a la semana de la moda de París, la innegable atracción fisica da paso a un secreto mucho mas peligroso. Lo que comenzaba como una simple revision de numeros se convertira en una carrera a contrareloj para salvar la empresa. En un juego donde las apariencias engañan y los enemigos acechan en las sombras, Jane y Adam deberan aprender a confiar el uno en el otro si quieren salvar la empresa y sus propias vidas.
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CAPITULO 22. AMENAZA EN LAS SOMBRAS
El lunes por la mañana amaneció con un cielo plomizo y neblinoso que parecía devorar las cúspides de los grandes rascacielos de Nueva York, reflejando a la perfección la tormenta que estaba por estallar. La noche anterior apenas habíamos logrado dormir dos horas en mi apartamento, utilizando cada minuto restante para pulir el informe definitivo en PDF que destruiría el imperio de mentiras del señor Directivo Stone. Adam, mostrando su faceta de estratega, insistió firmemente en que fuéramos por separado a la oficina de la editorial para no levantar más sospechas de las necesarias entre el personal de seguridad. Aparqué mi coche en mi plaza habitual del garaje subterráneo de la empresa, sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza brutal y dolorosa. El ambiente allí abajo era inusualmente frío, húmedo y el eco metálico de mis propios pasos sobre el hormigón agudizaba mi creciente paranoia.
Justo cuando cerré la puerta del vehículo con el mando a distancia y me giré sobre mis sandalias para caminar hacia el vestíbulo de los ascensores, una figura alta, corpulenta y amenazante surgió de entre la penumbra de las columnas de hormigón, cortándome el paso de manera brusca y deliberada. Al encenderse la luz automática con sensor de movimiento del techo, el rostro rígido de Víctor apareció ante mí. Su habitual sonrisa impecable, educada y calculadora había desaparecido por completo de sus facciones; sus ojos oscuros reflejaban una hostilidad física y peligrosa que nunca antes le había visto.
—Vaya, vaya, Jane. Qué enorme alegría ver que por fin has regresado de tu misterioso y repentino viaje de negocios a Madrid —digo con una voz sibilina y pausada, dando un paso agresivo hacia mí que me obligó a retroceder de inmediato hasta chocar la espalda contra la fría ventanilla de vidrio de mi propio coche.
—Víctor, por favor, me asustaste. Voy muy tarde para la reunión matutina de redacción, déjame pasar de inmediato —respondí, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener un tono de voz profesional que ocultara el violento temblor de mis manos sobre el bolso.
Víctor ignoró por completo mis palabras. Redujo la distancia física al mínimo y apoyó pesadamente una de sus manos en el techo metálico del coche, justo por encima de mi cabeza, atrapándome por completo en su espacio. Pude oler su perfume caro mezclado con el olor rancio a tabaco, y un escalofrío helado de puro pánico me recorrió la espina dorsal.
—Vamos a dejarnos de jueguecitos editoriales, Jane —susurró con crueldad, inclinándose tanto que su aliento me rozó la mejilla—. Sé perfectamente lo que tú y el niñato sabelotodo de Preston habéis estado haciendo en España. Os habéis metido sin saberlo en un terreno criminal muy peligroso. Hoy es la reunión final de cierre de la auditoría y al señor Stone solo le interesa una única cosa: que el informe que presente Preston sea completamente limpio, favorable y rápido para proceder con la venta. Si se os ocurre levantar una sola liebre, hacer una pregunta de más o mostrar una cifra que no debéis en esa pantalla, te garantizo personalmente que la quiebra de la revista será lo último que te preocupe perder en esta vida. ¿Ha quedado claro el mensaje, directora?
Me quedé momentáneamente sin respiración, sintiendo el peligro físico e inminente que emanaba de aquel hombre acorralado. Pero el recuerdo del engaño sistemático de Stone a mis humildes empleados y el calor protector de los brazos de Adam en Madrid me otorgaron una valentía oculta que no sabía que poseía dentro de mí. Le sostuve la mirada gélida sin pestañear una sola vez.
—Haremos nuestro trabajo estrictamente como dicta la ley, Víctor. Al igual que tú deberías empezar a preocuparte por hacer el tuyo —respondí con una tranquilidad y frialdad que lo descolocó por completo.
Él apartó la mano despacio, frunciendo el ceño con rabia. Me dedicó una última mirada cargada de una promesa implícita de violencia y se dio la vuelta, perdiéndose de nuevo en la oscuridad del garaje subterráneo. Me deslicé unos centímetros por la chapa del coche buscando aire para mis pulmones, consciente de que la cuenta atrás para el golpe final ya había comenzado y no había vuelta atrás.