Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.
Mientras tanto, el karma no descansaba.
Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.
Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.
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Episodio 11
El sol de la mañana en la capital no era tan cálido como la luz que sentía Valentina en el pueblo. En su elegante despacho privado, Sebastián Montero estaba sentado con el ceño fruncido.
Frente a él ya no había planos de proyectos inmobiliarios de los que solía presumir, sino el reporte de flujo de caja de la empresa, con líneas rojas en varios sectores.
Algunos inversionistas habían empezado a retirarse al enterarse de los rumores sobre su matrimonio destruido y el divorcio unilateral. En el mundo de los negocios, la estabilidad personal es reflejo de la estabilidad profesional, y Sebastián acababa de demoler esa imagen.
La puerta se abrió sin esperar permiso. Clarissa entró con un vestido de seda color champán, trayendo consigo una nube de perfume caro. En la mano llevaba una revista de bodas de alta gama.
—Seb, ya estuve viendo opciones. Quiero que hagamos la boda en un resort frente al acantilado, con vista al mar. Ya llamé a los del lugar y solo la reserva del espacio cuesta una fortuna —dijo Clarissa sin rodeos, sentándose frente al escritorio de Sebastián.
Sebastián se apretó el puente de la nariz.
—Clar, ¿podemos hablar de eso después? Estoy revisando los estados financieros. El negocio está un poco lento este mes.
La expresión de Clarissa cambió al instante. La sonrisa dulce desapareció, sustituida por una mirada fría y cortante.
—¿Lento? ¿O lo estás usando de pretexto para posponer nuestra boda? Acuérdate, Seb, yo dejé mi carrera en el extranjero solo para volver contigo. ¡Te esperé dos años a que te divorciaras de esa mujer!
—Lo sé, Clar. Y lo hice, ¿o no? Ya soy libre —respondió Sebastián, con la voz cansada.
—Si eres libre, ¡demuéstralo! Quiero la boda más espectacular. Quiero que todas mis amigas sepan que volví como ganadora. Quiero una fiesta que cueste cientos de miles de dólares. Eso es lo mínimo que merece mi paciencia —Clarissa recalcó cada palabra, elevando la voz.
Sebastián se estremeció. ¿Cientos de miles? ¿Justo cuando tenía que tapar huecos de inversión y pagar nóminas atrasadas porque varios proveedores retenían pagos?
—Eso es demasiado para la situación actual, Clar. Además, acabo de divorciarme oficialmente. Por cuestiones legales y de imagen ante los socios, no queda bien que monte una fiesta ostentosa cuando el periodo de espera legal de Valentina ni siquiera ha terminado —Sebastián intentó explicarle con calma.
Al oír el nombre de Valentina, Clarissa golpeó el escritorio.
—¡Otra vez Valentina! ¡Siempre Valentina! ¿Por qué todavía te importa guardar las formas por esa mujer? ¡Se fue, Seb! ¡Es basura que quién sabe dónde ande! ¿Te da vergüenza casarte conmigo porque tu negocio se tambalea? ¿O te arrepientes de haberla botado?
—No es eso...
—¡Entonces demuéstralo! Mañana quiero que vayamos a la joyería a encargar un anillo de diamante de cinco quilates. Si no, voy a pensar que no hablas en serio y me regreso a París —Clarissa se levantó, giró bruscamente sobre sus talones y salió del despacho dando un portazo.
Sebastián se recargó en la silla, mirando el techo. Se sentía como en un ring de boxeo, recibiendo golpes de todos lados.
Había perseguido a Clarissa creyendo que era su puerto ideal, pero ahora ese puerto se había transformado en una tormenta que exigía sacrificios de dinero.
En marcado contraste con el caos de la capital, en Villa Esperanza la vida se sentía muy real y llena de una lucha honesta.
Valentina estaba sentada frente a una mesa baja de madera. En su regazo, Santiago —que ya tenía dos semanas— mamaba tranquilo.
La manita del bebé apretaba el dedo índice de Valentina, un vínculo que la hacía sentirse la mujer más rica del mundo.
—Santi, hoy le encargaron a mamá cincuenta cajas de pastel de coco para la fiesta de agradecimiento del alcalde del pueblo —le susurró Valentina mientras le besaba la coronilla—. Con eso vamos a poder comprar un mosquitero nuevo para que no te piquen más, ¿eh?
Aunque el cuerpo todavía le dolía y los ojos se le hinchaban de tanto desvelo, Valentina no se quejaba. Cada vez que veía la carita serena de Santiago, la energía se le recargaba. El nombre de "Santiago" se había convertido de verdad en el pilar de su vida.
Valentina empezó a organizar sus horarios. Cocinaba mientras Santiago dormía profundamente en la madrugada. Al amanecer, empacaba los pasteles con la ayuda de Sonia, la partera que ya se había vuelto como una hermana para ella.
—Valentina, aquí le traigo un dinerito extra de los pasteles que dejé a la venta en la clínica ayer —dijo Sonia entregándole unos billetes arrugados.
Valentina los recibió con los ojos vidriosos.
—Gracias, Sonia. Esto vale mucho para nosotros.
—Santi está guapísimo, Valentina. Se parece mucho a... —Sonia dejó la frase a medias, temerosa de herirla.
Valentina sonrió con serenidad.
—Se parece a mí, Sonia. Solo me tiene a mí.
Esa noche, en la capital, Sebastián intentó buscar algo de paz en el bar del apartamento. Pero la imagen de Clarissa furiosa y la presión financiera no lo dejaban en paz.
Tomó el celular y, sin saber por qué, sus dedos abrieron una carpeta oculta de fotos. Ahí quedaba una sola imagen de Valentina cocinando en la cocina del apartamento, de hacía un año.
Valentina llevaba una simple bata de casa, el pelo recogido sin cuidado, pero el rostro le irradiaba una paz extraordinaria.
Sebastián recordó cómo Valentina nunca le pidió una bolsa de marca. Cómo siempre apuntaba cada gasto de la cocina con cuidado para que él pudiera ahorrar más para expandir el negocio.
—¿Qué hice? —murmuró Sebastián en voz baja.
Pero su ego le devolvió el golpe de inmediato. No. Valentina era aburrida. Clarissa es el desafío. Clarissa es el nivel social que necesito, pensó, tratando de justificarse.
Se empinó el whisky de un trago. Lo amargo le supo a retrato de su vida actual. Tenía a Clarissa —la reina que tanto soñó— pero había perdido la paz.
Se deshizo del "lastre" que creía inútil, y ahora resultaba que el verdadero peso aplastante era el lujo que él mismo creaba para complacer a Clarissa.
De pronto, le llegó un mensaje de su madre, que vivía fuera de la ciudad con su segundo esposo.
"Sebastián, tu madre se enteró de que te divorciaste. ¿Por qué no me dijiste? ¿Dónde está Valentina? ¡Está embarazada de nueve meses, Sebastián! ¡No te conviertas en un marido miserable!"
Sebastián aventó el celular al sofá. Todo el mundo lo culpaba. Todo el mundo adoraba a Valentina. Sentía que el universo conspiraba para hacerlo sentir culpable.
—¡Voy a demostrar que soy feliz! —gritó Sebastián a la sala vacía—. ¡Voy a hacer la fiesta más grande de la capital! ¡Les voy a demostrar a todos que Clarissa es la decisión correcta!
Sin darse cuenta, la decisión de forzar una fiesta desmedida en plena crisis empresarial era el principio del derrumbe financiero real.
Estaba construyendo un castillo sobre arenas movedizas, mientras que en un pueblito remoto, Valentina sembraba las semillas del éxito sobre tierra firme, regadas con sudor y amor por Santiago.
Dos mundos ya separados por kilómetros empezaban a moverse en direcciones opuestas. Uno hacia la cima de una ruina brillante, el otro hacia un renacimiento silencioso pero imparable.