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Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11

Oscuridad

La llamada de Rodrigo llegó cuando Valentina estaba desenredando un hilo rojo de la caja de costura.

El mismo color.

No supo por qué lo había tomado. Quizá porque llevaba horas mirando la puerta, esperando pasos, mensajes, cualquier cosa que probara que Héctor no había convertido sus últimas palabras en una promesa rota. Cascabel estaba junto al ventanal, hablando por radio en voz baja. Consuelo fingía ordenar una charola que nadie había tocado.

El teléfono vibró.

Valentina contestó antes del segundo tono.

—¿Dónde está?

Hubo un silencio breve.

Demasiado breve.

—Señorita —dijo Rodrigo—. El señor está vivo.

El cuerpo se le quedó frío.

—No le pregunté eso.

Cascabel se giró al instante.

—Hubo una emboscada en el puerto —continuó Rodrigo—. Ya lo sacamos del patio. Está en una clínica privada de Veracruz, bajo seguridad de Halcón.

Valentina se puso de pie.

—Voy para allá.

—No.

—Rodrigo.

—Está herido.

La palabra no alcanzaba. Herido podía ser sangre, huesos, bala, muerte esperando a que alguien la nombrara.

—Dígame qué pasó.

Rodrigo respiró al otro lado.

—Fue un dispositivo láser. Le dañó los ojos. Los médicos dicen que la pérdida de visión puede ser temporal, pero necesitan observar la inflamación y la respuesta de la retina.

Valentina sintió que el cuarto se alejaba.

—¿Está ciego?

—Por ahora no ve.

Consuelo se llevó una mano a la boca.

Valentina cerró los ojos. Se obligó a abrirlos. Si ella podía ver, tenía que usar eso para moverse.

—Voy para allá.

—El señor ordenó que usted se quedara en Lomas.

—El señor no está en posición de dar órdenes.

Cascabel tomó su mochila táctica de una silla.

—Estoy de acuerdo.

Rodrigo oyó.

—Cascabel, no empeores esto.

—Tarde. Ya voy por la camioneta.

Valentina no esperó permiso. Se puso los zapatos, tomó la carpeta médica que Consuelo le entregó sin que nadie se la pidiera y salió con Cascabel al elevador. Por primera vez desde que llegó al penthouse, la puerta se abrió porque ella avanzó hacia ella.

No sintió libertad.

Sintió urgencia.

El vuelo a Veracruz duró menos de lo que su miedo necesitaba para acomodarse. Cascabel estuvo a su lado todo el tiempo, revisando rutas, recibiendo coordenadas, confirmando nombres de médicos. No intentó consolarla. Valentina se lo agradeció en silencio.

—Dígame la verdad —pidió cuando la pista apareció bajo la ventanilla—. ¿Qué tan malo es?

Cascabel guardó el teléfono.

—Si Rodrigo dijo "puede ser temporal", significa que hay esperanza real. Si no la hubiera, no habría usado esa palabra.

—Eso no responde.

—Es la única respuesta honesta sin mentirle.

Valentina asintió.

Le servía.

La clínica estaba cerca de la zona portuaria, un edificio blanco sin letreros visibles y demasiadas cámaras en las esquinas. Adrián Salazar la esperaba en la entrada con una venda en el antebrazo y la camisa manchada de polvo.

—Señorita Solís.

—¿Dónde está?

—Arriba. Pero antes de entrar, debe saber que no está dejando que nadie lo toque.

—¿Ni médicos?

Adrián hizo una mueca.

—A los médicos les permite hablar desde una distancia muy educativa.

Cascabel soltó:

—Qué sorpresa.

Valentina no sonrió.

Subió las escaleras porque el elevador le parecía demasiado lento. Al llegar al pasillo de la suite médica, escuchó un golpe seco contra metal.

—¡Dije que no!

La voz de Héctor.

Rota.

No débil. Furiosa.

Valentina llegó a la puerta abierta y vio primero a los médicos: dos especialistas, una enfermera con guantes puestos, Rodrigo junto a la pared con cara de no haber dormido en años. Luego vio la cama.

Héctor estaba sentado, no acostado. Tenía el torso vendado por un golpe lateral, una vía en el brazo y los ojos cubiertos con un vendaje blanco que le cruzaba la cabeza. Sus manos estaban libres, sin guantes. En la muñeca derecha, bajo la cinta del hospital, seguía el hilo rojo.

Valentina sintió que algo dentro de ella se quebraba en silencio.

Uno de los médicos intentó acercarse con una linterna.

Héctor giró la cabeza hacia el movimiento antes de que lo tocaran.

—Un paso más y lo despido de su propia clínica.

—Señor Elizondo, necesitamos revisar la respuesta pupilar.

—Cuando yo diga.

—Héctor.

Él se quedó inmóvil.

Toda la habitación se quedó inmóvil.

Valentina entró.

—Diles que salgan.

Rodrigo abrió la boca, pero ella lo miró primero.

—Todos.

El médico dudó.

—Necesitamos monitorearlo.

—Desde la puerta —dijo Valentina—. Si se arranca la vía o intenta levantarse, los llamo. Pero ahora salgan.

Quizá fue el tono. Quizá fue que Héctor, por primera vez, no contradijo la orden. Los médicos se retiraron con mala cara. Rodrigo salió último.

—Estoy afuera —dijo.

—Gracias.

La puerta quedó entornada.

Valentina se acercó a la cama despacio, anunciando cada paso con el sonido de sus zapatos.

—Soy yo.

—No debiste venir.

—Ya empezó mal.

La mandíbula de Héctor se tensó.

—Valentina.

—No me diga que me vaya.

—No puedo verte.

La frase cayó desnuda.

Valentina se sentó junto a él.

—Lo sé.

—No entiendes.

—Entonces explíqueme.

Él soltó una risa sin aire.

—No puedo medir dónde estás. No sé quién entra. No sé si alguien levanta una mano. No sé si la puerta está abierta o cerrada. Todo está...

No terminó.

Valentina tomó su mano.

Héctor la agarró con tanta fuerza que le dolió. Los dedos de él se cerraron alrededor de los suyos como si fueran el borde de un precipicio. Ella apretó los dientes, pero no retiró la mano.

—Me duele —dijo.

Él aflojó de inmediato.

—Perdón.

La palabra le salió áspera, desconocida.

Valentina le acomodó el pulgar sobre el hilo rojo.

—Volvió.

—No completo.

—Volvió.

Héctor respiró hondo, y el vendaje sobre su pecho se movió apenas.

Durante las primeras horas, no hablaron mucho.

Valentina aprendió el cuarto por él. Le describió la ventana a la derecha, el monitor detrás de su hombro, la jarra de agua sobre la mesa, la puerta a seis pasos de la cama. Cuando una enfermera entró para cambiar la vía, Valentina le tocó la muñeca antes de que la mujer hablara.

—Es la enfermera. Está a tu izquierda. Va a revisar la vía.

Héctor no se relajó, pero no la amenazó.

Eso ya era avance.

Más tarde, cuando trajeron caldo y arroz, él se negó.

—No tengo hambre.

—No le pregunté.

La boca de Héctor se apretó.

—Ahora das órdenes.

—Aprendí del peor.

Le puso la cuchara en la mano, cerró sus dedos alrededor del mango y guio el movimiento hasta el plato.

—Aquí. Borde. No está caliente.

—No necesito que me alimentes.

—Perfecto. Entonces coma solo.

Él intentó.

La cuchara chocó contra el borde del plato y un poco de caldo cayó sobre la bandeja. La frustración le endureció el rostro de tal forma que Valentina quiso apartar la mirada, pero no lo hizo.

—Otra vez —dijo.

—Valentina.

—Otra vez.

Esta vez, puso su mano sobre la de él sin empujar. Solo acompañó. Héctor encontró el plato, llenó la cuchara y la llevó a la boca.

—¿Ve? —dijo ella.

El silencio que siguió fue delicado.

—Mal chiste —murmuró.

Valentina se llevó una mano a la boca.

No debía reírse.

Se rió igual.

Héctor giró la cabeza hacia el sonido. No sonrió, pero algo en su boca perdió dureza.

Al anochecer, el puerto se volvió una mancha de luces detrás del vidrio. Valentina se sentó en una silla junto a la cama con una carpeta de reportes en las piernas. Héctor no quería que le leyeran noticias de la operación, así que ella empezó con otra cosa: un artículo viejo sobre textiles oaxaqueños que encontró en su teléfono.

—"El telar de cintura no solo produce tela" —leyó—. "También conserva memoria".

—Eso suena a algo que escribiría alguien que nunca ha usado uno.

—Probablemente.

—Sigue.

Valentina siguió.

Le leyó sobre hilos teñidos con grana cochinilla, sobre mujeres que aprendían patrones mirando a sus abuelas, sobre vestidos que no eran folclor sino archivo vivo. De vez en cuando se detenía para describirle la vista: dos grúas amarillas inmóviles, barcos pequeños, una ambulancia entrando sin sirena, el cielo apagándose en naranja sucio sobre el agua.

Héctor escuchaba sin moverse.

La mano de él seguía sobre la de ella.

Pasadas las diez, la enfermera apagó parte de las luces. Héctor se quedó rígido en el mismo instante.

Valentina lo notó porque sus dedos se cerraron sobre los de ella.

—Siguen dos lámparas encendidas —dijo antes de que él preguntara—. Una junto a la puerta y otra detrás de mí. Rodrigo está afuera. Cascabel está en el pasillo izquierdo. La ventana tiene persiana bajada a la mitad.

Héctor no respondió.

Su respiración se había vuelto demasiado medida.

—No tiene que fingir que no le afecta —añadió.

—Sí tengo.

—¿Conmigo también?

El vendaje ocultaba sus ojos, pero no la línea dura de su boca.

—Especialmente contigo.

Valentina dejó la carpeta en la mesa y se inclinó para acomodarle la sábana sobre el abdomen, cuidando no tocar la venda del pecho.

—Pues mala noticia. Ya lo vi tirar caldo, amenazar doctores y perder una discusión contra una cuchara. Su reputación está destruida.

El aire salió de su nariz en algo que no llegó a risa.

—Eres cruel.

—Soy práctica.

—No te vayas.

La frase salió tan baja que tal vez no quería decirla en voz alta.

Valentina fingió no notar el esfuerzo.

—No me he movido.

Cuando Valentina dejó de leer, creyó que se había dormido.

Entonces él tiró suavemente de sus dedos.

—Acércate.

—Está herido.

—No en los brazos.

Ella dudó, pero se sentó en el borde de la cama. Héctor la buscó a tientas con una mano. Valentina guió sus dedos hasta su hombro. Él la atrajo despacio, dándole tiempo para negarse, y la dejó contra su pecho vendado con un cuidado que le dolió más que la fuerza.

—No puedo ver nada —dijo.

Valentina cerró los ojos.

—Por ahora.

Héctor apoyó la boca en su cabello.

—Eres lo único que veo.

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