La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 2: Cenizas en el Salón de los Padres
El sol se derramaba sobre el castillo Emberfall como un oro indiferente, bañando las piedras grises que habían visto nacer, crecer y sufrir a una hija que nadie había pedido. Harriette permanecía de pie ante el gran espejo de su alcoba, y en él no veía ya a la chica asustada que había despertado hacía apenas unas horas. La mujer que la miraba era la misma y, a la vez, una extraña. Se había vestido con una túnica de seda color marfil, bordada en los bordes con hilos de plata que brillaban con cada movimiento, ceñida en la cintura con un cinturón de plata labrada que realzaba su figura esbelta y elegante. Sobre sus hombros caía un manto de terciopelo azul noche, pesado y lujoso, y en su cabello rubio, peinado con una perfección que nunca antes se había tomado el trabajo de alcanzar, descansaba una diadema de plata con una sola perla pálida, fría y perfecta, igual que la expresión que había tallado en su rostro.
Se tocó el pecho, buscando el latido de su corazón. Estaba ahí, lento, firme, pero ya no era el mismo. Algo se había apagado dentro de ella, como las brasas de un fuego que ardió demasiado tiempo en soledad y finalmente se consumió. No sentía rabia, no sentía dolor, no sentía aquella esperanza temblorosa que durante años la había mantenido atada a la ilusión de que, algún día, ellos la querrían. Aquella anhelo profundo, aquella sed de cariño que había sido la herida más abierta de su alma, se había convertido en hielo. Una calma gélida, espesa y pesada, lo llenaba todo ahora, ocupando el lugar de cada lágrima, de cada ruego silencioso, de cada quizás mañana.
—Ya no espero —susurró a su reflejo, y su voz sonó clara, firme, sin el más mínimo temblor—. No espero nada de nadie. Y eso… eso me hace libre.
Caminó hacia la puerta, y sus pasos no hacían ruido sobre el suelo de madera pulida, pero cada uno de ellos era pesado, decidido, como si estuviera marcando un límite entre la chica que murió y la mujer que regresaba. Al bajar la gran escalera de piedra, el castillo se abría ante ella con su grandeza fría y su silencio opresivo. Los muros, adornados con tapices antiguos y retratos de antepasados de mirada severa, parecían observarla, y por primera vez en su vida, no se sintió pequeña bajo esa mirada. Se sintió igual de alta, igual de fría, igual de impasible que ellos.
El comedor era una estancia inmensa, de techos altos donde el eco de las voces parecía perderse en la oscuridad de las vigas de roble. Una larga mesa de madera oscura, pulida hasta el brillo de un espejo, estaba cargada de manjares que llenaban el aire con aromas ricos y cálidos: pan recién horneado, miel dorada, frutas de temporada, carnes asadas, quesos exóticos. Y al frente, en el centro de aquel lujo, estaban ellos: su familia.
Fenris Emberfall, duque de estas tierras, estaba sentado en la cabecera. Un hombre de estatura imponente, cabello oscuro salpicado de gris, rasgos afilados y duros como el pedernal. Su mirada, gris y glacial, recorrió a su familia sin detenerse en nadie con verdadera calidez, como si inspeccionara propiedades y no personas. A su lado, Ottaviana, su esposa, de belleza fría y calculada, vestida con sedas de colores vivos que chocaban con la palidez de su rostro, hablaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, moviendo la mano con elegancia mientras dirigía la conversación hacia sus hijos varones.
Orion, el mayor, heredero de todo lo que su padre poseía, reía con franqueza, su voz potente llenando la estancia. Era alto, de hombros anchos, con la mirada de su padre y la seguridad de quien sabe que el mundo está hecho a su medida. A su lado, Lucien, el segundo hijo, escuchaba y asentía, añadiendo palabras agudas y comentarios mordaces que hacían reír a los demás. Estaban tan juntos, tan envueltos en su propia complicidad, que parecían formar una isla cerrada, inexpugnable, donde no había lugar para nadie más.
Harriette se detuvo en el umbral, y el aire se le quedó atrapado en los pulmones, no por emoción, sino por la certeza fría y cortante de lo que estaba viendo. Allí estaban, su padre, su madre, sus hermanos, compartiendo pan y palabras, riendo, viviendo, y ella… ella no formaba parte de esa imagen. Era como si ella no existiera. Como si su silla, vacía al extremo opuesto de la mesa, fuera un mueble más, sin dueño, sin nombre.
Recordó años y años de desayunos iguales: ella llegaba, se sentaba en su rincón, y nadie la miraba. Nadie le preguntaba cómo había dormido, nadie le dirigía la palabra a menos que fuera para darle una orden o corregir su postura. Había comido en silencio, tragándose las palabras y el orgullo, esperando, siempre esperando, que un día uno de ellos levantara la vista y la viera de verdad. Y ese día nunca llegó. Ni una sola vez.
Un dolor fantasma, un eco de aquella niña herida que había sido, le cruzó el pecho, pero lo apagó de inmediato, aplastándolo con la frialdad que ahora la gobernaba. No permitiría que aquella nostalgia la debilitara. No permitiría que el deseo de su cariño la destruyera de nuevo.
—Son extraños —se dijo a sí misma, en un susurro que solo ella escuchó, mientras sus ojos los recorrían sin calidez ni rencor, solo con una claridad absoluta—. Son extraños que comparten mi sangre. Nada más. No me han querido, no me han cuidado… y ahora, yo tampoco les debo nada. Ni mi tiempo, ni mi respeto, ni mi corazón. Que sigan riendo. Yo ya no estoy dispuesta a mendigar un lugar en su mesa.
Se quedó allí un instante más, viendo cómo su madre acariciaba el brazo de Orion, cómo su padre asentía con aprobación ante las palabras de Lucien, y sintió que aquella imagen, que durante años había anhelado que fuera suya, ahora le resultaba ajena, distante, casi indiferente. No había lugar para ella, y por primera vez, no le importaba.
Con un movimiento lento y silencioso, se apartó del umbral antes de que cualquiera pudiera alzar la vista y notar su presencia. No entró. No se acercó a aquella mesa donde nunca fue bienvenida. Dio media vuelta, sus pasos firmes alejándola de aquel salón de lujo y frialdad, dejando atrás la falsedad de una familia que solo existía en apariencia. Si no la veían, ella tampoco los vería. Si no le daban un lugar, ella se construiría el suyo propio, lejos de su indiferencia.
El jardín la recibió con un abrazo de hojas y brisa. Era su refugio, el único lugar donde jamás se había sentido juzgada ni ignorada. Los árboles antiguos, los senderos de hierba, las flores que crecían salvajes y libres… aquí, al menos, era parte de algo. El aire olía a tierra húmeda y rosas en plena floración, y el sol, más suave entre las ramas de los robles, caía sobre ella con una calidez que no encontraba dentro de los muros del castillo. Caminó hasta su rincón favorito: un banco de piedra cubierto de hiedra, situado bajo un gran sauce llorón cuyas ramas caían como un velo de encaje, ocultándola del resto del mundo. Allí se sentó, erguida, el manto de terciopelo cayendo pesadamente sobre la piedra fría, y esperó.
No tardó en escucharse el crujido de las piedras bajo unos pasos apresurados. Levantó la vista y vio a Lila, una de las criadas del servicio, portando una bandeja de plata con el desayuno. La joven se acercó con la cabeza baja, las manos tensas sobre el metal, y al llegar ante ella, hizo una reverencia rápida, llena de aquella deferencia que se debía a una dama, pero carente de todo respeto genuino. Harriette lo reconoció al instante: aquella mirada de reojo, aquel desdén disimulado. Conocía bien esa mirada. La había visto en los ojos de todos ellos, de los sirvientes que aprendían de los amos, de su propia familia. Lila la despreciaba, igual que los demás. La veía como la hija olvidada, la que nadie quería, la que no importaba.
—Le traigo el desayuno, señorita Harriette —dijo la muchacha, con voz suave pero sin calidez, extendiendo la bandeja—. Pensé que… que quizás se le había olvidado bajar. Su familia ya está en el comedor.
Harriette no tomó la bandeja de inmediato. La miró fijamente, y sus ojos azules, antes tan suaves y llorosos, ahora eran dos fragmentos de hielo profundo, que la atravesaban sin vacilación.
—Lo sé —respondió ella, y su voz fue baja, pausada, con una autoridad que hizo que la criada se detuviera, confundida—. No deseo desayunar allí. Llévelo a la mesa de piedra, bajo el roble del sendero oeste.
Lila parpadeó, desconcertada. Nunca la había visto así. La Harriette que conocía era tímida, que bajaba la mirada, que daba las gracias incluso cuando la trataban mal. Esta mujer, de pie antes que sentada, con la barbilla alzada y el porte de una reina, era una extraña.
—¿No… no desea unirse a su familia, señorita? —preguntó, con un deje de incredulidad—. El duque y la duquesa están desayunando ahora mismo. Sería lo correcto.
Harriette soltó una risa breve, seca, sin alegría, un sonido que pareció helar el aire entre ambas. Alzó una mano, señalando vagamente hacia el castillo, y sus ojos se oscurecieron, perdiéndose en una sombra interior que nadie había visto jamás.
—¿Familia? —repitió, y la palabra cayó pesada, cortante, como un juicio—. ¿Llama familia a quienes comparten la mesa pero nunca una palabra? ¿A quienes comparten mi sangre pero no me han dado ni un gramo de afecto en toda mi vida? No tengo familia ahí dentro, Lila. Tengo extraños que llevan mi apellido. Nada más.
La criada abrió los ojos de par en par, la bandeja temblando levemente en sus manos. Aquellas palabras, dichas con tanta frialdad, con tanta certeza absoluta, la dejaron sin habla. Miró a la joven dama que tenía delante y no supo qué pensar. Harriette estaba erguida, perfecta, hermosa con una belleza que ahora imponía respeto antes que ternura. No había rastro de la muchacha suave y dócil que todos conocían. En su mirada no había esperanza, ni añoranza, ni el deseo de ser amada. Había algo mucho más terrible: una aceptación absoluta, una grieta profunda en el alma que ya no esperaba ser sellada, porque sabía que nada de lo que venía de aquellos que la rodeaban podría llenarla.
—No me hable de lo correcto —continuó Harriette, su voz firme, sin levantarla, pero con un peso que obligaba a escucharla—. Yo decido dónde desayuno y con quién. Lleve la bandeja al lugar que le indiqué. Y no regrese a menos que yo la llame. ¿Entendido?
Hubo un silencio. Un silencio cargado de la nueva fuerza que emanaba de ella, una autoridad que no venía de su título, sino de algo mucho más antiguo y profundo, algo que había nacido entre las cenizas de su muerte. Lila asintió, despacio, con una mezcla de temor y respeto, y obedeció, caminando hacia el árbol indicado, dejando a Harriette sola bajo el sauce.
La joven se quedó allí un momento más, mirando hacia las ventanas del comedor, donde veía las sombras borrosas de aquellos que decían ser su sangre. No sentía odio, no sentía rencor. Sentía algo mucho más peligroso: indiferencia total. Ya no eran sus padres, sus hermanos. Eran obstáculos, o aliados potenciales, o enemigos. Nada más. El lazo que la había mantenido atada a ellos, aquella cuerda de cariño incondicional que ellos habían ido cortando poco a poco durante años, se había roto por completo en el momento en que ella murió.
—Si no me ven —murmuró, mientras se apartaba del árbol y caminaba hacia donde la esperaba su desayuno—, entonces yo tampoco los veré. Si no me dan un lugar, yo no les doy nada. Que su mundo siga girando sin mí. Yo construiré el mío propio, con mis propias reglas, y nadie… nadie volverá a lastimarme jamás sin pagar el precio.
El sol se elevó más en el cielo, iluminando el jardín y a la mujer que caminaba entre las flores, no como una princesa olvidada, sino como una soberana que acababa de reclamar su reino: el de su propia vida. La mesa de piedra estaba puesta, los manjares esperándola, y al sentarse, lo hizo con la tranquilidad de quien sabe que ya no busca aprobación de nadie.
Miró hacia el castillo una última vez, y en su corazón, cerró la puerta. Aquella familia que no la quiso, ahora tendría que aprender a vivir sin ella. Y Harriette Emberfall, la hija olvidada, la esposa traicionada, la mujer que murió y volvió, sonrió levemente, una sonrisa que no llegó a sus ojos, mientras tomaba el pan y empezaba a desayunar bajo el sol, libre por primera vez en su vida.
El destino no le había dado una segunda oportunidad para ser amada. Le había dado una segunda oportunidad para ser fuerte. Y esta vez, no desperdiciaría ni un solo instante.