En el mundo moderno, Yang Zhang lo tenía todo: diecisiete años, un cuerpo alto (de más de un metro ochenta y ocho), músculos definidos de atleta y la imponente masculinidad del capitán del equipo de baloncesto escolar. Era el escudo de sus amigos y el orgullo de sus padres, dos dentistas de costumbres metódicas. Sin embargo, en un parpadeo, un brutal accidente vehicular destruye su vida y se lleva a sus padres en las llamas.
En el instante previo a la muerte, una entidad fría y enigmática llamada el "Sistema" interviene para salvar su alma. Cuando Zhang abre los ojos, descubre que ha sido transmigrado a un mundo místico de cultivo y clanes marciales, adoptado como el único heredero del sabio líder del Clan Yang.
Pero el cambio no es solo de mundo: al mirarse en el reflejo del agua, Zhang descubre con estupor que ya no posee su cuerpo alto y robusto de deportista. Ahora habita la figura de un joven de facciones delicadas, tez de porcelana, contextura pequeña, delgada y frágil.
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Capitulo 8- La Peste
El amanecer sobre la Academia Wuyen llegó teñido de un gris plomizo. Tres días después de las duras pruebas de selección, la comitiva encabezada por el profesor Wuyen Cho y el profesor Wuyen No, se preparaba para partir en las puertas orientales de la institución.
Zhang terminaba de ajustarse los puñetes de cuero blanco sobre las mangas de su túnica azul de combate. A pesar de la ligereza de su cuerpo menudito y su rostro de porcelana que atraía las miradas curiosas de los alumnos más jóvenes, en su cintura colgaba con firmeza el cinto de explorador con frascos de elixires y dagas de reserva.
A su lado, Chen Liu revisaba con gesto meticuloso la cuerda de su arco de madera negra.
—El camino hacia el territorio del Clan Lang atraviesa el Desfiladero de las Sombras —comentó Chen Liu en voz baja, acomodándole a Zhang el cuello de la capa protectora contra el viento sin que este se lo pidiera—. Hay rumores de que los pasos de montaña han sido cerrados por orden directa de los ancianos de la capital.
Zhang sonrió ante el gesto atento del segundo amo Chen, dejando que le ajustara el broche.
—¿Paso cerrado? Eso solo significa que algo grave está pasando y no quieren que cunda el pánico —respondió Zhang, usando el tono analítico y deductivo que conservaba de sus lecturas y hábitos en la Tierra—. Si hay una epidemia o un sabotaje, cerrar las puertas es la primera medida de contención.
—Atención todos —interrumpió el profesor Wuyen Cho, acercándose a lomo de un corcel espiritual de pelaje cobrizo—. Nuestra misión oficial en la Capital Lang es esclarecer los extraños colapsos que han sufrido los guardianes de las fronteras. Se habla de una neblina de tono verdoso que causa fiebre alta, pérdida de conciencia y comportamiento agresivo. Mantendrán la formación en todo momento.
—¡Entendido, profesor! —asintieron los estudiantes.
El viaje a lomo de bestias de carga tomó día y medio a través de riscos escarpados y senderos angostos. A medida que se aproximaban a los dominios del Clan Lang, el paisaje vibrante y verde dio paso a bosques marchitos, donde la hierba parecía haber perdido su color natural para tornarse de un tono amarillento y enfermizo.
Al caer la tarde del segundo día, las imponentes murallas de piedra negra de la Capital Lang se recortaron contra el horizonte. Sin embargo, en lugar del bullicio habitual de una ciudad comercial próspera, los portones principales de hierro y roble se encontraban herméticamente sellados. Estandartes de luto ondeaban en las almenas y decenas de guardias armados con lanzas patrullaban la parte superior.
—¡Alto ahí! La ciudad está bajo cuarentena estricta por decreto del señor Lang Yan —gritó el capitán de la guardia desde lo alto de la muralla—. ¡Ningún viajero tiene permitido el ingreso!
El profesor Wuyen Cho dio un paso al frente, desplegando un pergamino con el sello dorado de la Academia Wuyen.
—Somos la delegación de la Academia Wuyen, convocados para investigar el origen de la anomalía médica —declaró Cho con voz potente—. Abran las puertas de inmediato.
Tras un tenso intercambio de miradas entre los guardias, el pesado mecanismo de cadenas rechinó y los portones de hierro se abrieron lo suficiente para permitirles el paso.
El ambiente en el interior de la capital era desolador. Las calles de adoquines, usualmente llenas de mercaderes y carruajes, estaban desiertas. Las ventanas de las casas permanecían atrancadas con tablas de madera y un tufo rancio, mezcla de hierbas amargas quemadas y humedad estancada, flotaba en el aire frío de la tarde.
—Esto no parece un simple brote de gripe —murmuró Zhang, caminando al lado de Chen Liu mientras observaba las marcas de ceniza blanca en las fachadas de los edificios—. Esas marcas de ceniza se usan para desinfectar focos de peste. Alguien está intentando encubrir la magnitud del contagio.
Chen Liu lo miró con sorpresa contenida.
—¿Cómo sabes sobre el uso de ceniza para contención? —preguntó el joven Chen.
—Un viejo libro de medicina de mi hogar —evadió Zhang con soltura, guiñándole un ojo—. Mi madre... era experta en higiene y salud pública.
La comitiva fue conducida directamente a la residencia médica central de la ciudad, un gran complejo de pabellones donde se concentraban los enfermos más graves.
Allí los recibió un hombre de aspecto enjuto, vestido con túnicas de boticario de color gris oscuro y una mirada astuta y evasiva tras sus pequeñas gafas de cristal: el Doctor Dare Mo Cho, el médico jefe asignado por el clan para controlar la crisis.
—Bienvenidos, distinguidos profesores e ilustres jóvenes —saludó el doctor con una reverencia exageradamente servil—. Lamento que tengan que ver nuestra hermosa ciudad en este estado tan lamentable. Un veneno ambiental proveniente de las minas del sur ha afectado a nuestros hombres, pero la situación está bajo control.
Zhang entornó los ojos oscuros. El tono meloso del doctor le resultó inmediatamente sospechoso.
Mientras Wuyen Cho y Wuyen No, discutían los detalles técnicos con el médico, Zhang se alejó disimuladamente hacia una de las camillas del fondo, donde un guardia yacía inconsciente, atado con correas de cuero a la madera.
Al acercarse, Zhang extendió sus dedos de porcelana sobre la frente del paciente. Concentró una fina hilera de qi azul proveniente de la Recámara Azul para escanear el flujo sanguíneo del hombre.
De inmediato, en la mente de Zhang se proyectó la imagen de los meridianos del enfermo: finos hilos de un veneno de color verde intenso se multiplicaban activamente en la sangre, consumiendo la energía vital del huésped y alterando los centros nerviosos de su cerebro.
—Esto no es un veneno mineral de minas —susurró Zhang para sí mismo, horrorizado—. Es una infección viva de origen místico... un parásito o un hechizo de manipulación.
En ese momento, el paciente abrió los ojos de golpe. Sus pupilas, completamente teñidas de un color verde fosforescente, brillaron con rabia ciega. La criatura emitió un rugido gutural y rompió una de las correas de cuero, lanzándose con sus garras directamente hacia el cuello de Zhang.
—¡ZHANG! —gritó Chen Liu.
En un movimiento relámpago, la figura alta de Chen Liu se interpuso entre el infectado y Zhang. Con una velocidad pasmosa, Chen Liu desenfundó una de sus dagas ocultas y bloqueó el zarpazo, mientras con la otra mano rodeaba la cintura menuda de Zhang y lo impulsaba hacia atrás, protegiéndolo completamente contra su pecho.
El profesor Wuyen Cho reaccionó al instante, aplicando un sello de parálisis en la frente del enfermo que lo dejó inerte sobre la camilla.
El silencio volvió al pabellón, interrumpido solo por la respiración agitada de los presentes.
Zhang, aún sostenido firmemente entre los brazos de Chen Liu, sintió el calor protector del pecho del joven Chen y el latido acelerado de su corazón. Al alzar la vista, se encontró con los ojos oscuros de Chen Liu fijos en los suyos, cargados de una preocupación feroz.
—¿Te lastimó? —preguntó Chen Liu en un murmullo tenso, revisándolo rápidamente de la cabeza a los pies.
—Estoy bien, Chen... me atrapaste justo a tiempo —respondió Zhang con una sonrisa suave, acomodándose sobre sus pies pero sin alejarse del todo de su contacto.
El Doctor Dare Mo Cho se acercó a prisa, sudando frío y tratando de disimular la tensión en su rostro.
—¡Mil disculpas! ¡Un lamentable accidente! Los enfermos a veces sufren espasmos violentos —se justificó el boticario deprisa.
Zhang miró fijamente al doctor, notando cómo los dedos del hombre temblaban levemente al ajustar sus gafas.
—Doctor... los espasmos no cambian el color de los ojos a verde fosforescente ni pudren la energía del alma —sentenció Zhang con su voz limpia y firme, dejando helados a los profesores—. Esto es la Peste Verde. Y usted sabe exactamente quién la creó.
Las palabras de Zhang retumbaron en la estancia como un treno, marcando el inicio de la investigación que desentrañaría la conspiración más oscura de la Capital Lang.