Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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Un objetivo mayor
La batalla había terminado, pero sus consecuencias todavía podían verse y sentirse, miles de cuerpos enemigos desparramados del otro lado del puente, la sangre había llegado al río.
Después de permanecer unos días allí, recibimos la noticia de que dos mil soldados venían de Apameia, con la misión de establecer un punto de vigilancia, con la construcción de un campamento fortificado junto al puente, y permanecerían allí para estar atentos de una posible vuelta de los Aserios.
Era una decisión necesaria, habían demostrado que podían reunir un ejército enorme, y aunque habíamos conseguido detenerlos con lo justo, ninguno de nosotros quería descubrir qué ocurriría si volvían a intentarlo.
Cuando finalmente emprendimos el regreso a la capital, yo sentía el cansancio de los últimos días sobre mis hombros.
Habíamos ganado.
Pero seis mil hombres de Wilders y Galasia no regresaron con nosotros, durante el camino apenas hablábamos.
Cuando las murallas de Apameia aparecieron en el horizonte, pudimos escuchar los sonidos de la ciudad incluso antes de acercarnos.
Había campesinos y comerciantes reunidos junto al camino.
Al principio no entendí qué ocurría.
Después los niños comenzaron a gritar.
—¡Volvieron!
Los adultos nos miraban con gratitud, algunos hasta con lágrimas en los ojos.
—¡Han salvado nuestro reino!
Los soldados que marchaban a nuestro alrededor comenzaron a sonreír.
—¡Viva Wilders!
Yo no sabía muy bien cómo reaccionar.
La imagen del combate y la desoladora vista del campo de batalla después de él me tenían pensante.
Había tenido que matar a su general.
Y ahora nuestra gente nos recibía como héroes.
Al entrar en la ciudad la multitud aumentó, en las calles había familias enteras, comerciantes y soldados.
Algunas personas nos lanzaban flores, otros simplemente levantaban la mano para saludarnos, varios buscaban a sus familiares entre las filas.
Al llegar a la entrada del castillo fuimos recibidos por el rey Stelios y la princesa Griseia, quienes estaban esperándonos.
Stelios avanzó unos pasos.
—Bienvenidos de regreso.
Todos los soldados se detuvieron.
El rey observó a los que habíamos vuelto.
—Sé que muchos hoy no están aquí para escuchar estas palabras, pero todos los que perecieron en el campo de batalla merecen nuestro respeto.
Hizo una pausa.
—Enfrentaron a un ejército que los superaba ampliamente en número y consiguieron detener su avance. Lo hicieron gracias a su valor, su disciplina y una enorme voluntad de proteger a sus seres queridos.
Luego miró directamente hacia nosotros.
—Les doy las gracias en nombre de toda la gente de Wilders.
Inclinó su cabeza.
—Solo cumplíamos con nuestro deber, su majestad —respondió Kallias.
Stelios sonrió.
—Y lo hicieron muy bien.
Después anunció tres días de festejos.
Serían para celebrar a los hombres que habían regresado y, al mismo tiempo, honrar a quienes cayeron.
También ordenó que todos los soldados recibirían dos semanas libres y el doble de su paga, además de una compensación para las familias de los caídos.
Nadie podía negar que esa noticia nos alegraba bastante.
Después de despedirme del rey y Griseia regresé a casa.
Cuando abrí la puerta, Emira y Priemo estaban allí.
Ambos se quedaron inmóviles durante unos segundos.
—¡Volviste! —exclamó el pequeño.
Corrió hacia mí, me agaché y le di un abrazo.
—Sí, volví.
Emira permaneció unos pasos atrás.
Parecía estar intentando contener sus emociones.
—Pensamos que tal vez no regresarías —dijo finalmente.
—Si te soy sincero, yo también pensé que quizá no lo haría.
Ella bajó la mirada.
—Me alegra que estés aquí.
Sonreí.
—A mí también.
Ese día no hice absolutamente nada, solo me quedé tranquilo en casa, me senté y les conté algunas cosas sobre lo ocurrido.
No todo, hubo muchas cosas que prefería guardar para mí.
Priemo, en cambio, parecía fascinado.
—¿De verdad viste elefantes?
—Sí.
—¿Eran tan grandes como dicen?
Extendí los brazos.
—Más grandes.
Sus ojos se abrieron.
—¿Y tú luchaste contra ellos?
—No exactamente.
—¿Cómo los derrotaron?
Sonreí.
—Eso es una historia un poco más larga.
Priemo se sentó frente a mí.
—Quiero aprender.
—¿Aprender a qué?
—A luchar, montar y usar una espada.
Miré a Emira.
Ella negó ligeramente con la cabeza.
—No le hagas caso. Desde que escuchó que regresabas no deja de hablar de la batalla.
—No veo nada de malo en que quiera aprender.
Priemo se puso muy feliz.
—Entonces, ¿me enseñarás?
—Cuando quieras.
El pequeño no podía aguantar la alegría.
Emira soltó una pequeña risa.
—Ahora déjalo descansar. Ha pasado varios días en medio de batallas y campamentos. Acaba de regresar y quiere descansar.
Priemo hizo una mueca.
—Pero...
—Ve a terminar tus tareas —ordenó ella.
—Pero quiero quedarme.
—Tus tareas llevan esperando demasiado tiempo.
Su hermano suspiró y se marchó.
Emira esperó hasta que se fuera.
—Por fin un poco de tranquilidad.
Me reí.
—No hay nada de malo en su forma de ser o pensar, es un niño curioso con ganas de saber. Me recuerda mucho a mí.
Ella se sentó frente a mí.
—Lo sé, pero a veces es bueno un poco de tranquilidad y tal vez algo de tiempo para noso...
Antes de que pudiera terminar, escuchamos que alguien llamaba a la puerta.
Me levanté y fui a abrir.
—Griseia.
La princesa me sonrió.
—¿Puedo entrar?
—Claro.
Griseia entró y, para mi sorpresa, Emira la recibió con bastante naturalidad.
—Princesa.
—Emira.
Ambas se trataban como si fueran buenas amigas, yo observaba con cierta incredulidad.
No esperaba que se llevaran tan bien.
Griseia pasó parte de la tarde con nosotros. Hablaba con Emira, jugó un poco con Priemo y escuchó algunas de las historias que había contado sobre la batalla. Por un momento, aquella casa que había estado prácticamente vacía semanas atrás parecía otra.
Y todavía faltaba gente.
Cuando cayó la noche, escuchamos nuevos golpes en la puerta.
Esta vez eran Iséro, Milena y Kállos.
—Espero que haya bebida, trajimos comida —dijo Iséro al entrar.
—Sabía que vendrías por eso.
—No solo por eso.
Milena lo miró.
—Mentiroso.
Kállos entró detrás de ellos.
—¿Podemos quedarnos?
—Por supuesto.
La casa comenzó a llenarse.
Preparamos comida, fuimos a buscar más bebida y terminamos sentados alrededor de la mesa.
Las risas no tardaron en aparecer.
Iséro contó una historia exagerada sobre la batalla.
Milena lo corrigió tantas veces que terminó haciendo que todos nos riéramos más.
Priemo escuchaba cada palabra con completa atención.
Griseia y Kállos comenzaron a discutir de forma casi amistosa sobre quién había ayudado más desde que nos conocimos hasta estos días.
—Yo fui quien estuvo con él desde el principio —dijo Kállos.
La princesa levantó una ceja.
—Y yo estuve con él cuando falleció su padre y también a cuidar de nuestra casa cuando no estaba.
—Es su casa y eso no cuenta.
—Claro que cuenta.
Las miré.
—No sabía que tenía que llevar una lista de favores.
Ambas me miraron al mismo tiempo.
—¡No te metas! —dijeron.
Todos comenzaron a reír.
Emira miraba la escena desde el otro lado de la mesa.
No dijo nada.
Pero pude notar que estaba empezando a comprender algo, no era la única que sentía cierto cariño por mí.
Y, por alguna razón, Kállos tampoco parecía muy feliz cuando Emira recibía demasiada atención.
Esa noche volvimos a dormir todos bajo el mismo techo.
Griseia y Kállos decidieron quedarse otra vez, yo no tenía ningún problema con ello.
La casa tenía espacio y habitaciones suficientes.
A la mañana siguiente, sin embargo, ambas tuvieron que marcharse.
La princesa tenía asuntos relacionados con la realeza que atender.
Kállos, por su parte, había prometido ayudar a unos conocidos con los preparativos del festival.
Antes de marcharse, Griseia se volvió hacia mí.
—Nos veremos más tarde.
—Te estaré esperando.
Kállos me miró.
—Yo también.
—Sí, vení cuando quieras.
Ambas se fueron por caminos diferentes, me quedé observándolas durante unos segundos.
Entonces escuché la voz de Priemo.
—¿Qué hacemos hoy?
Me giré.
—¿Querés salir?
Sus ojos se iluminaron.
—¡Sí!
Emira nos miró.
—Creo que ya sé dónde vamos a terminar.
Los tres salimos a disfrutar de los festejos, había música por todas partes, puestos de comida, juegos y personas celebrando.
Priemo estaba encantado.
Corría de un lado a otro mirando, Emira intentaba evitar que se alejara demasiado.
Yo solo los observaba.
Disfrutamos de la comida, de los juegos y la música. Pasamos parte de la tarde en una de las plazas, Priemo jugaba con los otros niños, eso me agradaba, ver que ya no se sentían esclavos me llenaba de felicidad.
Al anochecer regresamos a casa.
El pequeño estaba agotado.
Después de comer algo, apenas pudo mantenerse despierto.
—Buenas noches —murmuró.
—Que descanses.
Emira lo acompañó hasta la habitación.
Poco después regresó.
Nos quedamos un rato hablando del día que habíamos pasado.
Luego quedamos en silencio unos segundos.
Finalmente ella habló.
—Mélon.
—¿Sí?
—Gracias.
La miré.
—No tienes que agradecerme nada.
—Sí tengo.
Se sentó a mi lado.
—Nos diste un hogar, comida, ropa. Nos protegiste cuando no teníamos a nadie.
Bajó la mirada.
—Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa que me pidas para devolverte todo lo que has hecho por nosotros.
Le sonreí.
—No necesitas hacer nada.
Ella levantó la mirada y se acercó a sentimientos de mí.
—¿Por qué?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Porque no lo hice esperando algo a cambio.
—Entonces, ¿para qué tomarte tantas molestias?
Miré alrededor de la habitación.
—Aunque quizás no sirva de mucho, quería cambiar la vida que podrían haber tenido ustedes dos.
Emira permaneció en silencio.
—Son demasiado jóvenes para haber tenido que pasar por todo eso.
Ella sonrió.
—Ahora entiendo por qué eres así.
—¿Así cómo?
—Tienes un gran corazón.
Negué con la cabeza.
—No creo tenerlo.
—Sí lo tienes.
Se levantó lentamente.
—Y algún día podrías hacer mucho más que ayudarnos a nosotros.
La observé.
—¿Qué quieres decir?
—Quizá algún día puedas ayudar a romper las cadenas de otros.
La miré sin entender.
—¿De otros esclavos?
—Sí, pero no solo de ellos.
Se acercó a las escaleras.
—Por ahí de pueblos.
Se detuvo antes de subir.
—Tal vez algún día puedas ayudar a romper las cadenas de ciudades enteras. Incluso de reinos oprimidos por señores injustos y malvados.
No supe qué decir.
Me miró con una felicidad genuina.
—Buenas noches, Mélon.
—Buenas noches.
Me quedé sentado durante un largo rato.
Sus palabras seguían dando vueltas en mi cabeza.
Hasta entonces solo había pensado en proteger a las personas que tenía cerca.
Familia, amigos, personas que ahora consideraba parte de mi hogar.
En ese momento creo que fue cuando pensé que algún día podría lograr algo mucho más grande.
No sabía si tendría la fuerza o la capacidad para llevarlo a cabo, pero esa era una nueva meta que me pareció buena intentar alcanzar.
Las palabras de Emira habían dejado una pregunta en mi mente y no podía dejar de pensar en ellas.