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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9: La bufanda

A Maite le temblaban tanto los dedos que el último punto se le zafó dos veces antes de rematarlo.

La bufanda quedó sobre la cama, gris, larga, un poquito más ancha de un lado que del otro. Siete noches. La había empezado el viernes que él le escribió lo del cumpleaños y la había tejido con la lámpara del escritorio apuntando a la pared, para no despertar a sus compañeras, entre un final y otro. Estambre de lana, del bueno. Lo único caro de todo el regalo.

Para cuando haga frío, se dijo. Aunque en Monterrey el frío dure dos semanas.

La envolvió en el papel café que venía en la caja de las naranjas. Arriba, colgadas de cabeza del barrote de la litera, las rosas se estaban secando.

Se puso el vestido. Azul marino, de tirantes, $349 en una página de internet, con tres semanas de propinas. Era el primer vestido que se compraba en su vida que no fuera para una graduación. Después se pintó los labios frente al espejito del clóset. Un labial de farmacia, rojo quemado. Se vio rara. Se lo quitó con papel. Se lo volvió a poner.

Ándale pues. Ya.

En la entrada de la residencia, Karla esperaba a alguien del segundo piso con el celular en la mano. La vio bajar y le recorrió el vestido de arriba abajo.

—¿Y ora? —Sonrió de lado—. ¿A quién vas a ligar?

Maite pasó junto a ella sin voltear. El sedán gris ya estaba en la esquina, con las intermitentes puestas.

—Buenas noches, señorita —dijo Chuy, y le abrió la puerta de atrás.

* * *

El hotel estaba en Valle Oriente, y la suite en el piso veintiocho. La terraza daba a toda la ciudad, y al fondo, recortado contra el cielo morado, el Cerro de la Silla.

Rodrigo la esperaba junto al barandal, sin corbata, con la camisa arremangada. Se volteó cuando oyó la puerta y se quedó quieto un segundo de más.

—Te ves… —empezó.

—No digas nada. —Maite apretó el paquete contra el pecho—. Me pinté la boca y ya me arrepentí.

—Yo no.

Ella sintió que se le calentaban las orejas y se sentó muy derecha frente a la mesa. Había velas bajas, pan todavía tibio y una botella de vino tinto abierta.

—¿Quieres probar?

—Nunca he tomado vino.

—Un poquito. Si no te gusta, no pasa nada.

Le sirvió dos dedos. Maite lo olió como olía la leche cuando dudaba si ya estaba cortada. Le dio un trago chiquito. Arrugó la nariz.

—Sabe a madera.

Él se rio. Ella dejó la copa a un lado y ya no la tocó.

Aguantó hasta el plato fuerte. Luego no pudo más y le empujó el paquete por encima del mantel.

—Feliz cumpleaños.

Le temblaba la mano. Él lo notó; ella vio que lo notó.

Rodrigo desató el hilo con cuidado, sin romper el papel. Abrió. Se quedó mirando la bufanda mucho rato, sin tocarla.

—¿La hiciste tú?

—No, me la encontré en el camión. —Maite bajó la vista—. Claro que la hice yo. Tiene un error aquí, en la orilla, pero si la doblas no se ve.

Él la sacó del papel. Se puso de pie y se la enredó al cuello, dos vueltas, ahí en la terraza, en junio, con treinta y tantos grados y la camisa pegada a la espalda.

—Te vas a asar —dijo ella.

—Tengo cuarenta y siete años desde hoy —dijo él— y es el primer regalo hecho a mano que me dan.

Maite tragó saliva.

—Y es el primer regalo que yo le doy a un hombre.

Él rodeó la mesa. La levantó de la silla por las manos y la abrazó, con la bufanda de por medio, y ella se quedó con la cara contra la lana gris, oliendo su propio estambre y la loción de él.

—Me diste el corazón, nena.

Luego se separó lo suficiente para verla. Se había puesto serio.

—Sé mi novia.

El mundo se detuvo en la terraza. Allá abajo seguían los carros, las luces, la ciudad entera. Aquí nada se movía.

Maite puso las manos en su pecho y empujó. Poquito.

—Eres el papá de Dani.

—Ya lo sé.

—Y me llevas casi veinticinco años. —La voz se le quebró a la mitad—. Podrías ser mi papá.

Él no la soltó de las manos.

—No quiero ser tu papá.

Silencio. El viento movió las velas. Maite no se acercó, pero tampoco se fue. Se quedó ahí, a medio metro de él, con los dedos todavía en su camisa, sin saber qué hacer con ellos.

* * *

Volvieron a sentarse. Él sirvió agua para los dos, como si nada, y ella se lo agradeció en silencio.

—A ese vestido le falta un collar —dijo Rodrigo, mirándole el cuello.

—No me hace falta nada.

—Ya veremos.

—Tío.

—Ya veremos, dije.

Maite tuvo que taparse la boca para no reírse. Él aprovechó.

—¿Qué vas a hacer cuando acabe el semestre?

—Prácticas. —Se acomodó la servilleta en las piernas—. Son cuatrocientas ochenta horas. Empiezan en vacaciones y se siguen todo el octavo semestre. Iba a pedir una primaria en General Terán, para estar cerca de mi amá.

—¿Y si las haces en el corporativo?

—¿En Grupo Solana?

—En la Torre. El corporativo no recibe practicantes, en principio. Solo por recomendación interna y con el visto bueno de Recursos Humanos. —Levantó un dedo antes de que ella protestara—. Y Dani no pisa la Torre. Te lo garantizo.

—Eso sería tener palancas.

—Eso sería tener una carta de aceptación. Lo demás lo haces tú.

Maite dobló la servilleta en cuatro. La desdobló.

—Lo pienso.

—Piénsalo.

* * *

A las nueve en punto le sonó el celular. Él miró la pantalla y algo le cambió en la cara. Contestó de todos modos, con la cámara apuntando al techo.

—¡Papi! —La voz de Daniela salió fuerte, feliz, de otra parte de la ciudad—. Estamos en tu casa. Con mi mamá. Te trajimos cena. ¡Sorpresa!

Maite se quedó con el tenedor en el aire.

Rodrigo no contestó enseguida. Bajó los ojos a la pantalla; había entrado otro mensaje encima de la videollamada, y ella no alcanzó a ver de quién. La mandíbula se le endureció.

—Ahorita te llamo, Dani.

Colgó. Tardó en levantar la vista.

—Gisela está en mi casa.

Lo dijo en voz baja, más frío de lo que ella le había oído nunca. Ni en la Facultad, frente al director.

—Tengo que ir.

—Ve.

—Espérame. —Se puso de pie—. Treinta minutos. Chuy me lleva y regresamos por ti. No te vayas sola, nena.

—Ve.

Él dudó un segundo en la puerta. Luego se fue, con la bufanda todavía enredada al cuello.

* * *

La cena se enfrió en veinte minutos. Maite los contó.

Se quedó sentada frente a los dos platos, frente a la copa de vino casi llena, frente a la silla vacía. La ciudad seguía allá abajo, igual de bonita. Ya no le importaba.

Podrías ser mi papá.

Lo había dicho ella. Con su propia boca.

Se acordó de su papá sin querer: la gorra de palma, las manos llenas de tierra, la voz que la llamaba mi nena desde el patio. Nadie se lo había vuelto a decir hasta hacía tres semanas, en una fonda de Santiago.

Bajó a la recepción. El bar del lobby estaba casi vacío: un señor de traje con su laptop, música bajita, un cantinero secando copas.

—Una copa de vino tinto, por favor.

No quiso ver el precio en la carta.

El primer trago seguía sabiendo a madera. El segundo ya no tanto. Se terminó la copa mirando la puerta giratoria. Pidió otra.

A las nueve y media sacó el celular y escribió:

¿Ya vienes, tío?

Dos palomitas grises. No lo leía.

Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó. La volvió a prender. Seguían grises.

El cantinero se acercó con la botella en la mano.

—¿Otra, señorita?

Maite miró la copa vacía. Luego la puerta.

—Sí.

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