Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 1: LA PRIMERA MIRADA
Medellín despertaba entre montañas, tráfico y un cielo teñido de tonos dorados.
Valentina observó la ciudad desde la ventana del taxi mientras apretaba con ambas manos la carpeta que llevaba sobre las piernas.
Era su primer día como asistente personal del CEO de Grupo Blackwood.
Y, aunque había revisado su agenda al menos cinco veces desde que salió de casa, no podía evitar sentir un pequeño nudo en el estómago.
—Tranquila, Vale —se dijo en voz baja—. Solo es un trabajo.
Solo un trabajo.
Eso era lo que necesitaba recordar.
Tenía veinticinco años, una carrera que había construido con mucho esfuerzo y una reputación profesional que no estaba dispuesta a poner en riesgo por nada ni por nadie.
Mucho menos por un hombre.
El taxi se detuvo frente al imponente edificio de Grupo Blackwood.
Valentina respiró profundamente antes de bajar.
El edificio era exactamente como lo había imaginado: enorme, moderno, elegante y con una fachada de cristal que reflejaba las montañas de Medellín.
Entró con paso firme.
—Buenos días —saludó a la recepcionista.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarte?
—Soy Valentina... la nueva asistente personal del señor Maximiliano Blackwood.
La mujer levantó ligeramente las cejas.
—Ah. Tú eres Valentina.
—Sí.
—Te estaban esperando. Piso treinta y dos.
—Gracias.
Valentina tomó el ascensor.
Mientras las puertas se cerraban, volvió a mirar su reflejo.
Traje elegante, cabello perfectamente arreglado, maquillaje discreto.
Profesional.
Eso era lo que debía transmitir.
Cuando llegó al piso treinta y dos, una mujer de aproximadamente cuarenta años se acercó a recibirla.
—Valentina, soy Laura, directora administrativa.
—Mucho gusto.
—Igualmente. Ven, te mostraré tu espacio.
Caminaron por un pasillo amplio y silencioso.
—Antes de que conozcas al señor Blackwood, quiero decirte algo.
Valentina la miró.
—¿Sí?
Laura bajó un poco la voz.
—Es exigente.
Valentina sonrió.
—No tengo problema con eso.
—También es bastante reservado.
—Tampoco tengo problema con eso.
Laura soltó una pequeña risa.
—Y no le gusta repetir las cosas.
—Entonces procuraré que no tenga que hacerlo.
La mujer la observó durante un segundo.
—Creo que vas a llevarte bien con él.
Valentina no respondió.
Había escuchado suficientes historias sobre Maximiliano Blackwood.
Treinta y ocho años.
CEO.
Millonario.
Inteligente.
Exigente.
Controlador.
Un hombre acostumbrado a conseguir exactamente lo que quería.
Pero para Valentina, todo aquello eran simplemente datos sobre su jefe.
Nada más.
Laura señaló un escritorio ubicado frente a la oficina principal.
—Este será tu lugar.
Valentina dejó su bolso.
—Es perfecto.
—Su agenda empieza a las ocho en punto. La primera reunión es a las ocho y treinta. Después tiene una videoconferencia, un almuerzo de negocios y una reunión con los inversionistas.
Valentina tomó nota rápidamente.
—¿Algo más?
Laura sonrió.
—Sobrevive a tu primer día.
Ambas rieron.
—Lo intentaré.
Laura se alejó.
Valentina abrió su computador y comenzó a revisar la agenda.
No habían pasado ni diez minutos cuando escuchó unos pasos acercándose.
Firmes.
Tranquilos.
Seguros.
Levantó la mirada.
Y lo vio.
Maximiliano Blackwood caminaba por el pasillo con el teléfono en una mano y varios documentos en la otra.
Alto, impecablemente vestido con un traje oscuro, camisa blanca y corbata negra.
No necesitaba levantar la voz para que todos supieran que él estaba allí.
Los empleados que se cruzaban con él lo saludaban con respeto.
—Buenos días, señor Blackwood.
—Buenos días.
Su voz era grave y serena.
Valentina volvió la mirada hacia la pantalla.
No tenía ninguna razón para quedarse observándolo.
Ninguna.
—¿Señorita Valentina?
Ella levantó nuevamente la cabeza.
Él estaba frente a su escritorio.
—Sí, señor.
Los ojos de Maximiliano se encontraron con los suyos.
Fue apenas un segundo.
Pero suficiente para que ambos guardaran silencio.
Maximiliano fue el primero en apartar la mirada.
—¿Ya revisó mi agenda?
—Sí. Organicé las reuniones y dejé un espacio de veinte minutos antes del almuerzo.
Él tomó la carpeta que ella le extendía.
—¿Por qué?
—Porque tiene tres reuniones consecutivas antes del mediodía. Si surge algún inconveniente, ese espacio permitirá reorganizar la agenda sin afectar la reunión con los inversionistas.
Maximiliano levantó la mirada.
—¿Siempre toma decisiones sin consultarme?
Valentina sintió que la pregunta llevaba una prueba escondida.
—Solo cuando considero que puedo facilitar su trabajo. Si prefiere que no lo haga, modificaré la agenda.
Él la observó durante unos segundos.
—No.
—¿No?
—Déjelo así.
Valentina asintió.
—Perfecto.
Maximiliano dio un paso para marcharse, pero se detuvo.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando como asistente?
—Tres años.
—¿Y aquí?
—Hoy es mi primer día.
Por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa en los labios de él.
Muy leve.
Casi imperceptible.
—Entonces veremos cuánto dura.
Valentina arqueó una ceja.
—Espero que bastante, señor Blackwood.
Maximiliano la sostuvo con la mirada.
Esta vez fue ella quien no apartó los ojos.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
Hasta que él finalmente se marchó.
Valentina soltó el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
—Qué hombre tan...
Se detuvo.
No.
No iba a terminar esa frase.
Era su jefe.
Y punto.
Volvió a mirar la pantalla.
Sin embargo, en algún lugar de la oficina, Maximiliano también había disminuido el paso.
No sabía por qué.
No sabía qué había tenido aquella mujer.
Pero había algo en ella que no encajaba con las personas que acostumbraba tener a su alrededor.
No parecía impresionada por su apellido.
No había intentado agradarle.
Ni siquiera había bajado la mirada.
Y eso...
Eso había despertado su curiosidad.
Maximiliano entró en su oficina y cerró la puerta.
Miró hacia el escritorio de Valentina a través del cristal.
Ella ya estaba concentrada en su trabajo.
Él debería hacer lo mismo.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, había algo en aquella oficina que le resultaba más interesante que cualquier negocio.
Y todavía no entendía por qué.