Durante dos años, Arabella lo dio todo por el hombre al que amaba: su jefe, el frío y poderoso heredero del Grupo Altamira. Creyó en cada beso a escondidas, en cada promesa susurrada dentro del ascensor. Hasta la mañana en que otra mujer abrió la puerta del apartamento de él... y lo llamó "cariño".
Traicionada y con un secreto latiéndole en el vientre, Arabella desaparece sin dejar rastro. No habrá aborto, no habrá súplicas, no habrá una segunda humillación: se marcha para reconstruirse lejos, dispuesta a criar sola a su bebé.
Cinco años después regresa convertida en otra mujer: una diseñadora exitosa, dueña de sí misma y de una niña de sonrisa idéntica a la del hombre que la abandonó. Pero la capital es pequeña para dos corazones rotos, y Mateo —arrepentido, obsesionado, decidido a recuperar lo que perdió— está a punto de descubrir que la mujer a la que dejó ir nunca estuvo sola.
Él quiere una segunda oportunidad. Ella quiere justicia. Y entre los dos hay una niña que no piensa compartir a su papá con nadie.
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El plan de mudanza
—¡Mateo!
Él miró a Maira, que de pronto se había plantado a su lado con una sonrisa dulce.
—¿Qué pasa? —preguntó, al notar el gesto extraño de su hermana.
—Sí, Maira, ¿qué pasa? ¿Por qué sonríes así? —intervino Karina.
Maira se acercó a Mateo y le susurró algo que le hizo fruncir el ceño.
—¿Estás segura? —Miró a su hermana melliza con seriedad.
—Segurísima. —Maira asintió.
—Karina, nos vamos ya. Tenemos un asunto más importante que atender —dijo Maira, dándole a Karina un beso en cada mejilla, antes de tirar de la mano de Mateo para llevárselo cuanto antes.
—Espera... ay... —Karina se llevó las manos a la cabeza; un mareo repentino la había asaltado.
—¿Qué te pasa? —Alguien se acercó a socorrerla.
—Es que...
—¿No me estás mintiendo? —Mateo miró a Maira, sentada a su lado, mientras él conducía con la vista fija en la carretera.
—¿Por qué no me crees? ¡Las oí yo misma hablar del plan de Karina para atraparte con un afrodisíaco! —replicó Maira con brusquedad; le fastidiaba tanto la treta de Karina como la incredulidad de Mateo—. Qué manera más baja de actuar —gruñó, con los labios fruncidos de indignación.
Menos mal que Maira había oído a una de las amigas de Karina conversar con otra. Había ido por un vaso de agua, muerta de sed, cuando sus pasos se detuvieron al captar a dos mujeres desconocidas cuchicheando un secreto enorme que la incumbía. Por suerte se había enterado del gran plan de Karina; de lo contrario, su tonto hermano habría caído de lleno en la trampa.
Mateo dejó escapar un largo suspiro.
—Así que Karina se atrevió a tanto.
Maira pensaba en su hermano gemelo, tan bobo como insoportable; qué lástima que un rostro tan apuesto no fuera acorde con el cerebro que había detrás.
—¿Y mi sobrino? ¿Todavía no lo has encontrado? —El tono de Maira cambió de golpe a uno serio, muy distinto del reproche cortante de hacía un momento.
—No —respondió Mateo, escueto.
Si tuviera una puerta mágica que lo llevara a cualquier parte, no le costaría nada dar con Arabella. Ya habían pasado nueve meses desde que ella se marchó, y seguramente estaría a punto de dar a luz. Al pensarlo, a Mateo lo asaltó de pronto una idea sombría: ¿y si Arabella no quería tener al bebé? ¿Y si lo había interrumpido?
Imposible. Ella no sería capaz de algo tan cruel, se aferró para sus adentros.
Una vez que le dieron el alta, don Hernán se llevó de inmediato a Arabella y a la bebé al pueblo donde había nacido. Allí se quedarían, lejos de las miradas que despreciaran a la niña. Para don Hernán, proteger a su hija era un deber, sobre todo ahora que había una nieta a la que también debía resguardar.
—Las voy a extrañar muchísimo. —Chela abrazaba a Arabella, llorando de pena por la despedida. Para ella, Arabella era su amiga y su compañera.
—Puedes venir a visitarnos, y si quieres quedarte a vivir allá, encantada —dijo Arabella con una sonrisa. Chela era una buena muchacha; había tenido suerte de conocerla.
—No te olvides de mí —dijo Chela, haciendo un mohín, incapaz de resignarse a la separación.
—Claro que no.
Y volvieron a abrazarse.
Aldo, por su parte, solo podía ahogar sus sentimientos. Ni siquiera había llegado a dar la batalla y ya lo habían rechazado: al enterarse de que Arabella se iba, le había confesado lo que sentía por la mujer que le había robado el corazón, pero, para su desdicha, ella lo había rechazado, porque no estaba pensando en buscar pareja ni en casarse. Aldo no tuvo nada que hacer; resignarse era quizá lo mejor.
Chela y Aldo despidieron a Arabella con el corazón encogido: tristes de perder a la amiga y a la mujer que cada uno quería.
—¿Por qué serán tan crueles, señor? —La cabeza de Chela fue a apoyarse, sin querer, en el hombro de Aldo.
Un sonoro sorbetón. Chela se sonó la nariz con un pañuelo, y Aldo, cayendo en la cuenta, se apartó de golpe, con lo que Chela casi se fue de bruces.
—Ay, ¿por qué se me pega tanto? —Aldo la miró con fastidio.
—Eh, p-perdón, señor. Fue un reflejo... a propósito. —Chela se tapó la boca al instante, avergonzada de haberse delatado.