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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9: Esa mano ya no la vas a necesitar

Adrián la reconoció por la cintura antes que por la cara.

Estaba entrando al pabellón de Grupo Hinojosa detrás de don Humberto, con el gafete de invitado todavía en la mano, y al fondo, entre tres carros plateados que giraban despacio, había una muchacha de morado sola al frente del stand, con cuarenta lentes apuntándole. La línea de la cadera, la manera de pararse con el peso en un pie. Así se paraba en su cocina, esperando que saliera el café. Se aflojó la corbata.

El de lentes y chaleco de fotógrafo, el que estaba más pegado a la orilla, levantó la vista del visor para cambiar de ángulo y se topó con los ojos de Adrián. Bajó la cámara del todo y se hizo un paso para atrás.

—Esa gordita está para compartir… —dijo una voz de hombre detrás de él, bajito, entre risas.

—Con billete se deja. Todas se dejan.

Adrián no volteó; oía bien. Una voz era ronca, de fumador, y la otra más joven y nasal.

—¿Qué, te gustó mi ahijada? —Don Humberto le dio un codazo y señaló a una edecán altísima de la segunda fila—. Está estudiando Derecho, no creas que nomás…

Adrián no contestó. Don Humberto siguió la dirección de su mirada, llegó a la de morado y se le borró la sonrisa. Se acercó más, bajó la voz.

—El jueves, en la cena. Dijiste que ya te gustaba alguien. —Una pausa—. ¿Es… esa?

Adrián apretó la mandíbula y no contestó. En el escenario, el presentador levantó el micrófono.

—¡A ver, señorita, recárguese tantito en el carro, que la vean de perfil!

Ella dudó. Miró el cofre del carro con desconfianza, las manos pegadas a los muslos. Adrián dio un paso hacia el stand.

Otro llegó primero. Un muchacho alto, de camisa blanca, que venía abriéndose paso entre la gente, brincó al stand sin usar los escalones, le pasó un brazo por la cintura y le sonrió al público.

—¡Si van a tomar fotos, que sean de dos!

Las cámaras estallaron. Alguien chifló. Ella se quedó un segundo tiesa y luego, rápida, se acomodó junto al muchacho, sonrió a los lentes y, por encima de todas las cabezas, encontró a Adrián y le guiñó un ojo chiquito, de disculpa.

—No manches. —Don Humberto soltó el aire por la nariz—. Ese es Rafa.

—Es mi mujer —dijo Adrián sin quitar los ojos del stand—. Dígaselo a su hijo.

—¿Tanto te gusta? —Don Humberto se le quedó viendo con la boca entreabierta.

—Así. —Adrián se abrochó el saco—. Y me va a gustar más.

Don Humberto no preguntó cuánto era así. Se dio media vuelta, fue directo hacia las dos voces y les puso una mano en el hombro a cada uno.

—Ezequiel. Bruno. Qué gusto. —Sonrió con todos los dientes—. Un consejo de amigo: la del frente es la mujer de Valdés. Yo que ustedes me iba a ver otros carros.

Adrián los vio de reojo. Don Ezequiel, de Grupo Zamudio, se puso del color del mantel. El junior Lomelí tragó saliva y buscó un vaso de agua que no traía. Cinco minutos después los dos se acercaron a despedirse, las manos por delante.

—Licenciado Valdés, qué gusto saludarlo, a ver cuándo comemos…

Adrián siguió viendo el stand. El junior Lomelí se quedó un rato con la mano estirada y luego la bajó y se la limpió en el pantalón.

* * *

A la una y media fue él mismo a buscar a la coordinadora. La encontró detrás del stand, contando gafetes con el radio en el hombro.

—Karla, ¿verdad? —Le enseñó el gafete—. ¿Me la puede soltar temprano? Le pago el día completo a ella y a la que la cubra.

Karla volteó a ver el stand y luego el gafete. Guardó la pluma en la tabla.

—Deme cinco minutos. ¿Y lo de la que la cubra se lo cobro a usted o a Hinojosa?

—A mí. Dígale a mi chofer cuánto y a qué cuenta. Le transfiere hoy.

—Mil quinientos, igual que a todas. —Karla anotó algo—. Y a ella ya le deposité lo suyo, para que no se diga.

Adrián se quedó en el pasillo, a unos metros. Vio a Karla subir, decirle algo a Dulce al oído, y alcanzó a oír el final porque la música estaba entre canción y canción.

—…el señor Valdés te espera en su camioneta.

Dulce asintió y siguió sonriéndole a las cámaras: había oído Valdez, con zeta. Adrián se metió las manos a los bolsillos y fue a buscar a don Lupe.

El estacionamiento del WTC estaba tibio y olía a gasolina. Don Lupe esperaba junto a la camioneta con la puerta de atrás abierta. Dulce venía caminando rápido, todavía con el vestido morado y un suéter encima que no le tapaba nada de lo que importaba, cuando se oyeron pasos corriendo.

—¡Espérate!

—Espera, espera. —El muchacho de la camisa blanca la alcanzó a mitad del pasillo y la agarró de la muñeca—. Te busqué tres meses…

Adrián llegó en cuatro pasos. Le tomó la mano al muchacho, la de la muñeca, y se la quitó a Dulce de encima sin jalar.

—Esa mano ya no la vas a necesitar.

El muchacho se le quedó viendo. Era alto, casi de su estatura, y tenía la mandíbula de su papá.

—¿Y usted quién es, señor?

Adrián abrió la puerta de la camioneta. Dulce se subió sin mirar a ninguno de los dos. Él se subió detrás de ella y cerró.

* * *

—¿Por qué te pusiste esa falda?

Ella estaba mirando el celular. Levantó la cara.

—Es el uniforme. Y pagan mil quinientos.

—Te mando veinte mil diarios.

—Ese dinero no es mío.

Adrián no contestó. Don Lupe, adelante, bajó el volumen del radio hasta dejarlo en nada.

—Karla ya me depositó. —Dulce se enderezó en el asiento y le puso el teléfono enfrente de la cara—. Completo. Mil quinientos, mírelo.

Él lo miró. Mil quinientos pesos, una transferencia de Karla Ocaña Ruiz, y en la cara de ella una sonrisa de premio. Los veinte mil de cada mañana nunca le habían sacado esa cara.

—Esa falda —dijo, después de quitarle el celular y dejarlo en el asiento— solo para mí. Nadie más te ve así.

La besó. La ventanilla de su lado seguía abajo; nadie había pensado en subirla. Ella se quedó quieta un segundo y luego le puso una mano en la solapa y lo jaló. Adrián abrió los ojos a medio beso. Por encima del hombro de ella, a unos diez metros, el muchacho de la camisa blanca seguía parado en el pasillo del estacionamiento, con los puños cerrados, viéndolos.

Adrián le sostuvo la mirada y siguió besándola.

La camioneta arrancó. En la rampa de salida, por el vidrio de atrás, Adrián vio a una muchacha de uniforme morado parada en la entrada del estacionamiento, con el celular levantado a la altura de la cara, apuntando hacia ellos. La secretaria nueva de Humberto. La de la cena del jueves. Subió la ventanilla.

—¿Lo conoces? —preguntó—. Al de la camisa.

—No. —Dulce se estaba acomodando el pelo—. Bueno, dice que sí. Dice que me vio en un Metrobús hace tres meses, que le di el lugar a una señora y que desde entonces me anda buscando. Yo ni me acuerdo.

—Tres meses buscándote. —Adrián miró por la ventana—. Qué romántico.

Dulce se volteó a verlo. Lo miró un rato largo, con la cabeza ladeada, y se le fue formando una sonrisa en la comisura.

—¿Está celoso, señor?

—No.

—Ah.

—Lupe, sube el radio.

Don Lupe no subió el radio. Esa noche, la primera después de la semana de la doctora, Adrián no la dejó dormirse temprano.

* * *

A las nueve de la mañana del domingo, en el estudio de Bosques, tenía a la gerente de comunicación en altavoz.

—Grupo Zamudio y Corporativo Lomelí. Terminamos los dos contratos. Efectivo mañana.

—Entendido, licenciado. —Se oía el teclado del otro lado—. ¿Quiere que comunique algún motivo?

—No.

—¿Y con los proveedores que compartimos con ellos?

—Avísales que Grupo Valdés está revisando con quién trabaja. Ellos van a entender.

—¿Y si me llama el licenciado Zamudio?

—No estoy. Ni hoy ni la otra semana.

Colgó. En la pantalla ya había un mensaje de don Humberto, de las siete de la mañana: Ya anda en todos los chats lo de Zamudio. Ya hablé con Rafa. Me debes una comida. Adrián dejó el teléfono boca abajo.

Tenía el vuelo a Monterrey el lunes a primera hora. Seis días de juntas en San Pedro que llevaban un mes en la agenda. Hasta el jueves no le había parecido larga.

Tocaron el marco de la puerta con los nudillos. Dulce estaba ahí, con el pelo mojado, una camiseta de él que le llegaba a las rodillas y una taza de café en cada mano. Le ofreció una.

—Don Lupe dice que usted no desayuna si no se lo llevan.

Adrián tomó la taza. Estaba demasiado dulce. Se la tomó igual.

—Mañana me voy a Monterrey —dijo—. Seis días.

Ella se quedó en la puerta, con su taza a medio camino de la boca.

—¿Seis?

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Hilda Estrada
hermosa historia escritora: gracias, 🥰👍
Hilda Estrada
cuánto odio, desgracia x que?😡
Hilda Estrada
Ese señor, para eso la buscó tantos años, para amargarle la vida xD 😡
Jessica
Dios mío yo creo q el se enamora de ella
Jessica
yo ubiese sabido q uno podía vender la virginidad no se la ubiese dado al lempo q se la regale
Miriam Colín: /Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
total 1 replies
Jessica
hay Dios mio
Jessica
uno necesitado de plata hace cualquier estupides
Hilda Estrada
Dulce, ya eres adulta, decide x ti, si lo amas lucha x el, tus papás ya vivieron su vida😡
Hilda Estrada
x que los papás arrastran a su hija de sus problemas con la familia de Andrés, que feo, los hijos no tienen la culpa 😡
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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