Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
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Capítulo 13: La confesión del prófugo
Daniel sintió el roce del pulgar de Alex sobre sus nudillos heridos como si fuera una corriente eléctrica que le quemaba la piel.
La firmeza en la voz de su amigo y la mención directa de Camila le derrumbaron la última pared que le quedaba en pie. Ya no había chistes posibles. No había salidas de emergencia.
Estaba completamente acorralado por la ternura de la única persona que tenía el poder de destruirlo.
Incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo, Daniel bajó la mirada, fijándola en sus propias manos unidas por el agarre de Alex.
—No me escondo de ti... me escondo de lo que siento —soltó en un hilo de voz, con una honestidad descarnada que nunca se había permitido tener.
Apretó los dientes, sintiendo las lágrimas agolparse detrás de sus ojos, pero se obligó a tragarse el nudo en la garganta. Tomó una bocanada de aire temblorosa, sintiendo que el corazón se le salía del pecho, y finalmente pronunció las palabras que llevaba años sepultando en lo más profundo de su ser.
—Mierda, Alex... te amo —confesó, y la palabra "te amo" resonó en la cocina con el peso de una condena y la ligereza de una liberación.
Daniel soltó un largo suspiro, un soplido cargado de frustración y cansancio acumulado durante años de fingir. Volvió a alzar los ojos hacia Alex, pero esta vez estaban desprovistos de orgullo, llenos de una vulnerabilidad que lo hacía temblar.
—Perdóname, no quería hacerte esto —suplicó, con la voz quebrada—. No quería ponerte esta carga encima justo ahora. No quería ser otro problema en tu vida... Lo arruiné, ¿verdad? Arruiné lo único bueno que teníamos.
Daniel esperó que Alex soltara su mano. Esperó el silencio incómodo, la distancia física, el momento exacto en que su peor pesadilla se hiciera realidad y tuviera que ver a su mejor amigo empacar la maleta que acababan de traer para irse de su lado para siempre.
Su destino estaba sellado; había puesto su corazón en las manos de Alex, convencido de que acababa de firmar el final de su historia
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Ver a Daniel así, completamente desarmado y esperando su rechazo, le encogió el corazón a Alex. Las palabras "te amo" habían quedado suspendidas en el aire, desnudas y cargadas de un dolor que Daniel llevaba años arrastrando solo. En lugar de soltarle la mano o dar el paso atrás que su amigo tanto temía, Alex apretó el agarre en su muñeca con más fuerza.
—Quédate aquí. No te muevas —le ordenó Alex con un tono suave pero inquebrantable.
Daniel parpadeó, confundido, viendo cómo Alex se alejaba un par de pasos hacia el baño del pasillo.
Regresó a los pocos segundos cargando el pequeño botiquín de primeros auxilios de plástico blanco. Sin decir una palabra, Alex tomó la mano herida de Daniel y lo guió con delicadeza hacia la barra de la cocina, obligándolo a sentarse en uno de los bancos altos mientras él permanecía de pie frente a él.
Alex abrió el botiquín en silencio.
Sacó un frasco de antiséptico, un poco de algodón y una venda limpia. Con un cuidado casi milimétrico, comenzó a limpiar los nudillos enrojecidos e hinchados de Daniel.
—¿De verdad eres tan tonto como para pensar que lo arruinaste todo? —habló Alex finalmente, rompiendo el silencio mientras pasaba el algodón húmedo sobre la piel lastimada. Sintió el sutil respingo de Daniel, pero no por el dolor de la herida, sino por sus palabras.
—Alex... me pasé de la raya, te besé sin preguntar y te acabo de sueltar una bomba cuando estás lidiando con lo tuyo —intentó justificarse Daniel, con la mirada fija en las manos de Alex sobre las suyas.
—Escúchame bien, Daniel —Alex dejó el algodón sobre la barra y lo tomó por la barbilla, obligándolo a levantar el rostro para que lo mirara directamente a los ojos—. No arruinaste nada.
¿Me oyes? Absolutamente nada. No eres una carga, ni eres un problema. Eres la única persona que se quedó a mi lado cuando mi mundo entero se cayó a pedazos .
Daniel tragó grueso, con los ojos brillando por la frustración acumulada.
—¿Y qué se supone que hagamos ahora? —preguntó Daniel en un hilo de voz—. Las cosas ya no son iguales, Al. Te acabo de decir que estoy enamorado de ti. No puedo volver a actuar como si solo fuera el amigo que hace chistes para hacerte reír. No puedo fingir que no quiero volver a besarte como lo hice en esa mesa.
Alex sonrió de medio lado, una sonrisa pequeña, cálida y llena de una madurez que sorprendió al propio Daniel. Comenzó a enrollar la venda con cuidado alrededor de los nudillos heridos de su amigo, asegurándola con firmeza.
—¿Y quién dijo que quiero que finjas? —replicó Alex, dando un último y suave toque a la venda antes de entrelazar sus propios dedos con los de la mano sana de Daniel—. Me pasé meses al lado de una persona que me mentía en la cara, Dani.
Camila me ocultaba la verdad para no lastimarme, y mira cómo terminó. Lo último que quiero en esta vida es que tú también me ocultes quién eres.
Si me dices que me amas, no me asustas. Me haces darme cuenta de lo ciego que fui por no haberlo visto antes.
Daniel se quedó mudo, procesando el peso de cada palabra de Alex. La distancia entre ambos volvía a acortarse, pero esta vez no había pánico, solo la promesa implícita de que el camino que tenían por delante, aunque desconocido, lo iban a recorrer juntos.