La vida de un escritor otaku
Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.
Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.
Todo cambia una noche en Akihabara.
Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.
Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.
Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.
La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.
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Nuevas etapas
Después de las mini vacaciones en Yokohama, volvimos a casa y poco a poco retomamos nuestra rutina.
Izumi continuó con su trabajo en la editorial de Yamada, mientras que Akane seguía pasando bastante tiempo en casa viendo anime, jugando videojuegos y encargándose de algunas tareas domésticas.
Por mi parte, aprovechaba mis días libres para leer, jugar videojuegos con Akane y ayudarla con algunas de las tareas para que no tuviera que hacer todo sola.
Nuestra vida había vuelto a la normalidad.
O al menos eso parecía.
Porque algo había cambiado.
Desde que regresamos de Yokohama, tanto Akane como Izumi se habían vuelto un poco más cariñosas conmigo. A veces tomaban mi mano, se apoyaban en mi hombro o simplemente buscaban estar cerca de mí.
Al principio no sabía cómo reaccionar.
Pero con el paso de los días, comencé a acostumbrarme.
Y, para mi propia sorpresa, yo también había cambiado.
Ya no me costaba tanto hablar con las personas que me rodeaban.
Incluso con Yamada había comenzado a sentir que nuestra relación era realmente la de dos amigos y no solamente la de un escritor y su editor.
Quizá convivir con Akane e Izumi había conseguido algo que durante años pensé que era imposible.
Me había vuelto más abierto.
Una mañana, después de acompañar a Izumi hasta la editorial, regresé a casa.
Cuando entré, encontré a Akane en la sala.
—Buenos días, Saito.
—Buenos días.
Akane se acercó y me sonrió.
—¿Ya desayunaste?
—Todavía no.
—Entonces podemos preparar algo.
—Está bien.
Mientras preparábamos el desayuno, Akane estuvo bastante callada.
No parecía estar triste, pero había algo diferente en su expresión.
Después de sentarnos a comer, finalmente habló.
—Saito.
—¿Sí?
—¿Podemos salir un rato?
La miré sorprendido.
—¿Salir?
—Sí. Desde que volvimos de Yokohama casi no he salido de casa.
Pensé unos segundos y sonreí.
—Claro. Después de desayunar podemos salir a caminar.
Akane sonrió.
—Gracias.
Terminamos de desayunar y poco después salimos de casa.
No teníamos ningún destino en particular.
Simplemente caminamos por las calles cercanas hasta llegar a un pequeño parque que estaba bastante cerca de nuestra casa.
A esa hora había muy pocas personas.
Era tranquilo.
Perfecto para caminar sin preocuparnos demasiado por los demás.
Mientras avanzábamos por uno de los senderos, Akane tomó mi mano.
La miré durante unos segundos.
No sabía exactamente qué estaba pasando con ella y con Izumi desde nuestro regreso de Yokohama, pero ambas habían comenzado a comportarse de una manera mucho más cercana conmigo.
Esta vez decidí no decir nada.
Simplemente continué caminando junto a ella.
Después de unos minutos encontramos una banca vacía y nos sentamos.
Akane dejó escapar un pequeño suspiro.
—Saito...
—¿Qué pasa?
—He estado pensando en algo.
—¿En qué?
Miró hacia los árboles que teníamos delante.
—Quiero hacer algo con mi vida.
La miré con atención.
—¿Algo como qué?
—No lo sé todavía.
Akane bajó la mirada.
—Pero quiero hacer algo parecido a lo que está haciendo Izumi. Conseguir un trabajo, estudiar o encontrar algo que pueda hacer en el futuro.
Sonreí.
—Creo que está bien.
Akane levantó la mirada.
—¿De verdad?
—Claro. Es normal que quieras encontrar tu propio camino.
Ella asintió.
—Sí... pero tampoco quiero abandonar la vida que tengo ahora.
—¿A qué te refieres?
Akane me miró directamente.
—Me gusta estar contigo.
Sentí que mi corazón se aceleraba un poco.
—También me gusta jugar videojuegos contigo, ver anime, salir a caminar...
Sonrió.
—Y comer contigo.
No pude evitar reírme.
—Eso último parece ser bastante importante.
—Lo es.
Ambos reímos.
Después de unos segundos, Akane volvió a hablar.
—No quiero que todo eso desaparezca si empiezo a estudiar o a trabajar.
—No va a desaparecer.
—¿Seguro?
—Por supuesto.
La miré con tranquilidad.
—Que decidas estudiar o trabajar no significa que dejemos de pasar tiempo juntos. Es bueno que encuentres un rumbo que te haga sentir satisfecha con tu vida. También es importante que algún día puedas valerte por ti misma.
Akane permaneció en silencio.
—Pero eso no significa que tengas que dejar atrás todo lo que tienes ahora.
Ella apoyó lentamente su cabeza sobre mi hombro.
Sentí cómo mi rostro comenzaba a calentarse.
—Yo estoy bien contigo a mi lado.
No supe qué responder durante unos segundos.
Akane continuó hablando.
—Mi vida era muy diferente antes de conocerte.
Miró hacia el suelo.
—Y no quiero perder esto.
Me quedé callado.
Después de unos segundos, respondí.
—No vas a perderlo.
Akane levantó ligeramente la cabeza.
—¿De verdad?
—Sí.
Sonreí.
—Sin importar lo que decidas hacer, siempre voy a apoyarte.
Ella me miró sorprendida.
—Puedes estudiar, trabajar, buscar algo completamente diferente... lo que tú quieras.
Hice una pequeña pausa.
—Y seguirás siendo importante para mí.
Los ojos de Akane comenzaron a brillar.
—Gracias, Saito.
—No tienes que agradecerme.
Akane volvió a apoyar la cabeza sobre mi hombro.
Permanecimos así durante unos minutos, disfrutando del silencio del parque.
Después decidí romper el momento.
—¿Quieres ir a tomar algo?
Akane sonrió.
—Sí.
Nos levantamos y abandonamos el parque.
Caminamos hasta una cafetería cercana y pedimos dos cafés con leche.
Mientras bebíamos, le conté que había comenzado a trabajar en una nueva novela.
Los ojos de Akane se iluminaron inmediatamente.
—¿Ya estás escribiendo otra?
—Sí.
—¿Y cuándo podré leerla?
Me reí.
—Todavía no está terminada.
—¿Pero me prometes que podré leerla primero?
—Si.
Sonreí.
—Y voy a cumplir esa promesa está vez.
Akane parecía satisfecha.
—Entonces esperaré.
Terminamos nuestros cafés y regresamos a casa.
Durante el camino, Akane volvió a tomar mi mano.
Esta vez no pude evitar preguntarle.
—Akane.
—¿Sí?
—¿Qué les pasa a ustedes dos desde que volvimos de Yokohama?
Ella me miró.
—¿A qué te refieres?
—Tú e Izumi están mucho más cariñosas conmigo.
Akane bajó la mirada.
Durante unos segundos no respondió.
Finalmente habló.
—Cuando te fuiste con Hana aquella noche...
Mi expresión cambió ligeramente.
—Izumi y yo nos quedamos hablando.
Continuó caminando mientras sostenía mi mano.
—Hablamos de ti.
—¿De mí?
—Sí.
Akane sonrió ligeramente.
—Las dos pensamos que eres un hombre extraño.
—¿Extraño?
—Sí.
Me miró.
—Porque nos estás dando una buena vida sin pedirnos nada a cambio.
No respondí.
—Para nosotras eso ya es mucho.
Su voz se volvió un poco más seria.
—Nunca habíamos tenido a alguien que se preocupara de esa manera por nosotras.
Me quedé en silencio.
No sabía qué responder.
Así que simplemente continué caminando a su lado.
Cuando finalmente llegamos a casa, Akane soltó mi mano.
—Voy a preparar unos sándwiches.
—¿Sándwiches?
—Sí.
Sonrió.
—Podemos ver algún anime.
—Me parece bien.
Mientras Akane iba a la cocina, encendí el televisor y busqué algo que pudiéramos ver.
Unos minutos después regresó con varios sándwiches y algo para tomar.
Nos sentamos juntos en el sofá.
Akane se acercó bastante a mí.
Comimos mientras veíamos un par de episodios.
Después de un rato, sentí que algo pesaba sobre mi hombro.
Miré hacia un lado.
Akane se había quedado dormida apoyada contra mí.
Sonreí.
Con cuidado, me levanté para que pudiera descansar mejor y la recosté sobre el sofá.
Pero cuando intenté alejarme, sentí que su mano sujetaba la mía.
—Saito...
Su voz era apenas un murmullo.
—¿Akane?
Ella seguía dormida.
Entonces dijo algo que hizo que me quedara completamente quieto.
—Te quiero, Saito...
Sentí que mi corazón se aceleraba.
—Akane...
No sabía si había escuchado correctamente.
Ella seguía dormida.
Solté lentamente su mano y me dirigí a mi habitación.
Necesitaba escribir.
O al menos eso pensé.
Me senté frente a la laptop y abrí el documento de mi nueva novela.
Escribí una frase.
La borré.
Volví a escribir.
La borré otra vez.
No podía concentrarme.
Las palabras de Akane continuaban en mi cabeza.
«Te quiero, Saito.»
¿Qué había querido decir?
¿Me quería como amigo?
¿Como alguien de su familia?
¿O había algo más detrás de aquellas palabras?
Suspiré.
Intenté volver a escribir, pero no podía.
Y entonces recordé algo más.
Las palabras de Izumi aquella noche en Yokohama.
«Prefiero dormir contigo.»
Y después...
«No es una broma.»
Me pasé una mano por el rostro.
—¿Por qué están diciendo cosas así últimamente?
Miré el reloj.
Había pasado bastante tiempo.
Finalmente cerré la laptop.
Quizá necesitaba distraerme.
Tomé las llaves y salí de casa.
Decidí ir a buscar a Izumi a la editorial.
Durante el camino, no pude dejar de pensar en las palabras que ambas habían dicho casi sin darse cuenta.
Cuando llegué a la editorial, vi a Izumi salir del edificio.
Al verme, sonrió y caminó hacia mí.
—Saito.
—Hola.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a buscarte.
Izumi sonrió.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Bien.
—¿Y el tuyo?
—También bien.
Comenzamos a caminar juntos.
—¿Y Akane?
La pregunta hizo que recordara inmediatamente lo ocurrido.
Mi rostro se puso rojo.
Izumi lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Estás rojo.
—No es cierto.
—Sí lo estás.
Suspiré.
—Cuando fui a buscarte, Akane estaba durmiendo.
Izumi me miró con curiosidad.
—¿Durmiendo?
—Sí.
—¿Y por qué estás tan nervioso?
—No estoy nervioso.
Izumi sonrió.
—Claro que si.
Durante todo el camino de regreso a casa, no dejó de molestarme.
—¿Seguro que no pasó nada?
—No pasó nada.
—¿Akane hizo algo?
—No.
—¿Te dijo algo?
Me quedé callado.
Izumi inmediatamente sonrió.
—¡Ah!
—No pongas esa cara.
—Entonces sí te dijo algo.
—Izumi...
Ella comenzó a reír.
Cuando finalmente llegamos a casa, encontramos a Akane en la cocina.
—La cena estará lista en un rato —dijo.
—Perfecto.
Me quité los zapatos.
—Voy a tomar un baño.
Izumi sonrió.
—Podría acompañarte.
Me quedé completamente quieto.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
Izumi se rio.
—Podríamos ahorrar agua.
—Izumi.
—Solo digo que...
Akane apareció desde la cocina.
—Izumi, deja de molestarlo.
Izumi levantó las manos.
—Está bien, está bien.
Se rio nuevamente.
Yo suspiré y me dirigí al baño.
Pero incluso mientras me duchaba, las palabras de Akane e Izumi seguían dando vueltas en mi cabeza.
Cuando terminé y regresé a la sala, la cena ya estaba lista.
Los tres nos sentamos a comer.
Hablamos sobre el trabajo de Izumi, algunos videojuegos y el anime que habíamos estado viendo.
Por un momento, todo parecía completamente normal.
Después de terminar, me levanté.
—Yo limpiaré todo.
Akane negó con la cabeza.
—No. Yo lo hago.
—No te preocupes.
—Pero...
—Déjame hacerlo hoy.
Akane finalmente aceptó.
—Está bien.
Mientras recogía los platos, Akane decidió preparar café.
Después de unos minutos, los tres volvimos a sentarnos juntos durante un rato.
Finalmente llegó la hora de dormir.
—Buenas noches —dijo Akane.
—Buenas noches.
—Descansa, Saito.
—Tú también, Izumi.
Cada uno se dirigió a su habitación.
En la habitación de Akane, se podía ver algo sobre una repisa situada encima de su escritorio.
Las dos fotografías que habían tomado durante nuestro día en el parque de atracciones estaban allí.
Una mostraba a los tres dentro de la cabina de la noria.
La otra era la fotografía que Akane había tomado durante el día.
Justo en medio de ellas estaba el pequeño peluche de gatito vestido con un traje que le había ganado en el GameCenter.
Era curioso.
Unas semanas atrás, mi casa estaba completamente vacía.
Ahora había fotografías, recuerdos y objetos que no pertenecían solamente a mi vida.
Y, poco a poco, esas personas estaban convirtiendo aquella casa en algo mucho más parecido a un hogar.
Sonreí.
Sin saber que, mientras intentaba dormir, dos simples frases continuarían dando vueltas en mi cabeza durante toda la noche.
«Te quiero, Saito.»
«No es una broma.»