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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:776
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11: Sin prisa

Lo primero fue la luz. Se colaba por una orilla de la cortina y le daba justo en el ojo izquierdo, y detrás del ojo alguien estaba martillando.

Ximena se volteó y hundió la cara en la almohada. Olía a su champú y, muy abajo, a otra cosa. Madera. Algo seco y limpio que no era suyo.

Abrió los ojos.

Estaba en su cama, tapada hasta los hombros, con la sudadera grande y un solo calcetín. El reloj del buró marcaba las 06:40.

Le llegaron pedazos sueltos. La barra de la Media Luna. El cuarto mezcal. Andrea riéndose. Una escalera. Una corbata apretada en su puño. Y el dorso de unos dedos pasándole por la mejilla, y una voz muy baja: Duérmete ya, tonta.

Se tapó los ojos con el antebrazo.

Eso lo había soñado. Tenía que haberlo soñado. Leonardo Aldama no le decía tonta a nadie; Leonardo Aldama decía señorita Serrano y su expediente ya está en Recursos Humanos. Y ella, con un doctorado y una cinta azul, soñaba que el papá de su ex la tapaba con una cobija.

Un señor catorce años mayor. El papá de Emilio.

Se le calentó la cara. No era la cruda.

—Qué ridícula —le dijo al techo.

Entonces lo oyó. Una cuchara contra el borde de una olla. La llave del agua. Algo chisporroteando en aceite.

Nadie tenía llave de su casa más que la tía, y la tía cocinaba cantando. Esto era silencio con ruido de trastes.

Se levantó despacio, con una mano en la pared, y se asomó al pasillo.

En la cocina, de espaldas, estaba Leonardo. Camisa blanca arrugada, las mangas arremangadas hasta los antebrazos, el cucharón en la mano. El saco colgaba del respaldo de una silla del comedor. En la mesa había dos platos hondos, un vaso de agua y, sobre una servilleta doblada, una pastilla.

Él se dio la vuelta.

—Buenos días.

—¿Qué…? —Se le atoró la voz—. ¿Qué haces en mi cocina?

—Caldo. —Dejó el cucharón en la olla—. Me mandaste un montón de audios. Me preocupé. —Hizo una pausa muy corta—. O, si quieres verlo así, tú querías que viniera.

¿Audios?

El celular estaba en el sillón, con la batería en cuatro por ciento. Lo desbloqueó. En el chat de Leonardo Aldama había una columna de burbujas verdes. Catorce. De las 20:02 a las 20:19.

Apretó la tercera con el volumen al mínimo. Salió su propia voz, rota, preguntando algo que no alcanzó a oír entero porque ya estaba bajando el dedo hasta la última.

—Te odio… No. Eso es lo peor…

Pausa. Se apretó el celular contra el pecho, como si todavía pudiera callarlo.

—¡Dame un minuto para morirme de vergüenza!

Corrió al cuarto y cerró la puerta. Se sentó en el piso, con la espalda contra la madera.

El cuatro por ciento seguía ahí. El grupo de Las Brujas del 3er Piso tenía mensajes desde las seis.

Lucía: ¿Sigues viva?

Andrea: Toma agua. Mucha. Y luego nos dices a quién le mandaste catorce audios.

Lucía: Si fue al pendejo, ni le contestes. Que se ahogue.

Ximena escribió No fue a, lo borró, y puso: Viva. Luego les cuento.

Dejó el teléfono boca abajo y apoyó la frente en las rodillas.

Muy bien. Hechos. Como con los recibos.

La disculpa en la biblioteca: Mi hijo no la merecía. Sin pero. La fonda: lo de Paola había sido un asunto de Recursos Humanos, una sola frase, y luego el postre. Tres Aguas: le había exigido a Sebastián una disculpa para ella, no para nadie más.

Ni una vez, en ningún lado, le había dicho vuelve con Emilio. Ni una vez había pronunciado el nombre de su hijo para acercarla a él.

La única persona que había dicho mi papá te quiere de nuera era Emilio. El mismo Emilio de tres meses y no me dejabas ni tocarte.

Había usado a su papá como palanca. Y ella se había dejado mover.

Se acordó de la escalera. De su puño en la corbata. De haberle gritado tu hijo inútil a la cara del papá de ese hijo inútil.

Gimió contra las rodillas.

Cuando salió, diez minutos después, se había lavado la cara, cepillado los dientes y peinado con los dedos. Él estaba sentado a la mesa, esperándola, sin haber tocado su plato.

Caldo de pollo con arroz, con su limón partido al lado. Un huevo estrellado en un plato aparte. Una manzana cortada en rebanadas, sin semillas.

Ximena se tomó la pastilla con el agua. Luego la primera cucharada de caldo, y cerró los ojos un segundo sin querer.

—¿Dónde aprendiste?

—Nana Chabela. —Él exprimió el limón sobre su plato—. La señora que me crió. Le ponía demasiada sal a todo, pero el caldo le salía perfecto.

—Mi tía dice que el caldo cura todo menos la vergüenza.

—Tu tía es sabia.

Ella casi se rio. Se le fue la risa a medio camino. Dejó la cuchara.

—Leonardo. Lo de anoche… —Se obligó a mirarlo—. Emilio fue a buscarme a la universidad. Me dijo que tú me querías de nuera. Que todo esto era para eso. Y yo le creí.

A él se le endureció la mandíbula. No dijo nada del hijo.

—Me lo imaginé.

—Perdóname. Te dije cosas horribles. —Tomó aire—. Y ya. Solo fuiste amable. Con eso basta.

Leonardo dejó la cuchara junto al plato, alineada con el borde de la servilleta.

—¿Y si te digo que no?

Ella se quedó quieta.

—Me gustas, Ximena. —Lo dijo igual que decía la hora—. Antes estaba seguro de que no me iba a gustar nadie. Y me desvelé por una frase tuya.

—¿Cuál frase? —Le salió en un hilo.

—No es talento. Es terquedad.

La foto de su estado. Las vendas. Ximena se levantó tan rápido que la silla rechinó contra el piso, fue hasta el fregadero y se quedó de espaldas a él, con las manos en el borde frío.

—¡Eres el papá de mi ex! —La voz le rebotó en los azulejos—. No puede ser. No puede ser… O sea, no debería.

Oyó la silla de él. Los pasos. Se detuvo a un paso de ella, sin tocarla.

—No uses solo esa medida. No es justo.

—¿Y si solo es un capricho? —Se volteó. Lo tenía más cerca de lo que pensaba—. Ustedes los que tienen todo se aburren rápido.

Él no contestó enseguida. Bajó la vista a sus propias manos, todavía húmedas del limón.

—Llevo años sin tocar a nadie porque me da miedo perder. —Levantó los ojos—. Vivo como una isla. Tú me haces sentir que vale la pena estar vivo.

Ximena abrió la boca para decir no puede ser.

No le salió.

Se agarró más fuerte del fregadero. Afuera, en la calle, alguien subió la cortina de metal de La Rendija con un estruendo largo, y los dos se sobresaltaron, y ninguno se rio.

Leonardo miró el reloj.

—Tengo junta a las nueve y media. —Fue por el saco, se lo puso, levantó de la mesa la corbata arrugada y se la guardó en el bolsillo—. Tómate todo el caldo. Y duerme otro rato; tu clase es hasta las cuatro.

Ella ni siquiera se preguntó cómo lo sabía. Lo había dicho ella, seguramente, en algún audio.

La puerta se cerró con un clic suave. Oyó sus pasos en la escalera, luego nada.

Se quedó un momento de pie en la cocina, con el olor del caldo y el ruido de la calle, sin saber qué hacer con las manos. Fue a la sala a conectar el celular.

La cobija delgada estaba en el brazo del sillón, doblada en cuadro, con las esquinas parejas. Encima había un papelito arrancado de la libreta de las compras, con una letra firme, inclinada, que no era la suya:

Te espero a que lo pienses. Sin prisa.

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