El amor que nunca olvidó
Un encuentro en la infancia bastó para que Elara Bauman se convirtiera en el recuerdo que Alessandro Vescari jamás pudo abandonar, año tras año la observo de lejos.
Pero años después, el destino vuelve a ponerla en su camino. Él es un hombre poderoso, acostumbrado a conseguir todo lo que desea; ella, una joven independiente que no está dispuesta a dejarse dominar por nadie.
Alessandro está decidido a conquistarla, pero detrás de su mirada intensa y su necesidad de tenerla cerca se esconde un pasado que nunca logró superar. Elara desafiará sus límites, pondrá a prueba su paciencia y despertará sentimientos que él creía imposibles de controlar.
Entre secretos, tensión, celos y una atracción difícil de ignorar, ambos descubrirán que reencontrarse no significa tener una segunda oportunidad garantizada.
Él llevaba años esperándola. Ella jamás imaginó ser el centro de su mundo. Pero ¿podrá el hombre que siempre quiso tenerlo todo aprender a amar sin poseer, y la mujer que teme perder su libertad atreverse a entregarle el corazón.
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Una tarde diferente
El domingo por la tarde, Elara aprovechó que no tenía que trabajar para quedarse en casa. Había pasado la mañana ayudando a Marianne con algunas cosas y después se encerró en su habitación para avanzar con un trabajo de la universidad. Por unas horas consiguió olvidarse de Alessandro y de la cantidad de veces que su nombre había aparecido en su teléfono durante la última semana.
Hasta que recibió un mensaje.
Alessandro le preguntaba si tenía planes para esa tarde.
Elara miró la pantalla durante unos segundos antes de responder que no tenía nada importante que hacer. La respuesta llegó casi de inmediato. Quería verla.
Aquella vez no hubo una invitación demasiado formal ni una explicación complicada. Simplemente quería pasar unas horas con ella.
Elara aceptó.
Alessandro llegó poco después de las cinco. Cuando Thomas lo vio desde la ventana, sonrió y llamó a su hija antes de que pudiera bajar las escaleras.
—Parece que tienes visita.
Elara tomó su bolso y bajó.
Alessandro saludó a sus padres con respeto y, después de conversar unos minutos con ellos, esperó a que Elara terminara de despedirse. No había prisa ni un plan demasiado elaborado. Decidieron ir a un pequeño parque que estaba a poca distancia y caminar un rato.
La tarde resultó diferente a las anteriores.
Sin familiares alrededor, sin cenas formales y sin asuntos relacionados con la universidad, comenzaron a conocerse de una manera más sencilla. Elara descubrió que Alessandro disfrutaba conducir sin rumbo cuando necesitaba despejarse y que tenía una afición por la fotografía que casi nadie conocía. Él, por su parte, escuchó durante bastante tiempo mientras ella hablaba de sus planes para terminar la universidad y de las cosas que quería conseguir por cuenta propia.
—¿Siempre has querido estudiar esto? —preguntó él después de escucharla hablar durante varios minutos.
Elara asintió. Le contó que quería construir una vida que le permitiera ayudar a sus padres sin tener que depender de nadie y que, algún día, esperaba poder darles algunas de las cosas que ellos nunca habían podido tener.
Alessandro la observó en silencio.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
Ella sonrió.
—No intento demostrarlo. Solo quiero conseguirlo.
Aquella respuesta permaneció en la mente de Alessandro mientras continuaban caminando.
Más tarde se sentaron en una banca. El silencio entre ambos dejó de sentirse incómodo. Elara miró hacia el frente y, después de unos segundos, le preguntó por qué había decidido buscarla después de tantos años.
Alessandro no respondió inmediatamente.
Le explicó que durante mucho tiempo había pensado en aquella época de su infancia y que, cuando finalmente tuvo la oportunidad de volver a verla, no quiso dejarla pasar.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
Él la miró.
—Ahora quiero saber quién eres.
Elara sostuvo su mirada durante unos segundos. No había una respuesta sencilla para aquello, así que simplemente sonrió.
Alessandro también lo hizo.
Cuando regresaron a casa, la tarde había caído por completo. Antes de que Elara bajara del automóvil, él volvió a mirarla.
—Me gustó hoy.
—A mí también.
—Podríamos hacerlo otra vez.
Elara abrió la puerta.
—Tal vez.
Alessandro sonrió.
—Eso significa que sí.
Ella negó con la cabeza mientras entraba a casa.
Desde la ventana, Marianne observó cómo Alessandro se alejaba y después miró a su hija.
Elara no dijo nada.
Pero la sonrisa que llevaba en el rostro decía mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.