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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 3 LA PRIMERA NOCHE QUE NOS FINGIMOS

Los días siguientes pasaron en una extraña rutina de silencios y distancias. Dante se levantaba antes que yo, desayunaba solo en su despacho o marchaba directamente a la oficina, y rara vez regresaba antes de que anocheciera. Cuando coincidíamos en la cena, la conversación se limitaba a comentarios breves sobre los eventos que debíamos asistir, sobre la salud de su abuelo o sobre algún detalle práctico de la casa. No hablábamos de nosotros, ni de nuestros sentimientos, ni de lo que significaba estar casados en el papel pero ser extraños en la vida real.

Aquella tarde, sin embargo, todo cambió. Era la primera vez que debíamos salir juntos en público como esposos. Una cena de gala organizada por una de las empresas más importantes del país, y Dante me había advertido que no podía cometer ni un solo error: allí estarían los hombres más poderosos, la prensa más influyente y todos los que siempre habían especulado sobre su vida privada.

Clara me ayudó a vestirme con un vestido largo de color azul profundo, con detalles de pedrería que brillaban suavemente con la luz. Mi cabello estaba recogido con elegancia, dejando al descubierto mi cuello y mis hombros. Cuando me miré al espejo, apenas me reconocí: yo era la misma chica que había crecido en una casa sencilla, que había luchado cada día por salir adelante, y ahora allí estaba, convertida en la esposa de Dante Ferrer, lista para entrar en un mundo de lujos y apariencias que no conocía nada.

—Está usted preciosa —dijo Clara con una sonrisa sincera.

—Gracias —respondí, aunque sentía mariposas en el estómago que no me dejaban estar tranquila.

Bajé las escaleras despacio, temiendo tropezarme con los zapatos de tacón alto. Dante me esperaba en el vestíbulo, de espaldas a mí, mirando por la ventana. Al oír mis pasos se giró. Y lo que vi en su rostro en ese segundo me hizo detener los pasos.

Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal. Me recorrió con la mirada despacio, desde la punta de los zapatos hasta mi rostro, y por un instante su expresión seria se quebró. No sonrió, pero hubo algo en sus ojos, un brillo intenso y cálido que nunca antes había visto. Se quedó callado unos segundos, como si no supiera qué decir.

—¿Está mal? —pregunté con voz tímida, acariciando el borde del vestido con nerviosismo.

Él parpadeó, recuperando su compostura habitual, y negó con la cabeza.

—No. Está bien. Más que bien.

Se acercó a mí y, para mi sorpresa, me ofreció el brazo.

—Vámonos. El coche nos espera.

Acepté su brazo con cuidado. Sentí el calor de su cuerpo a través de la tela del traje y mi corazón dio un vuelco que intenté ignorar. Esto era solo parte del papel que debíamos interpretar. Nada más.

La cena se celebró en un salón enorme, lleno de luces doradas, mesas con manteles de seda y gente vestida con ropas lujosas. En cuanto entramos, todas las miradas se posaron sobre nosotros. Sentí cómo me ponía nerviosa, pero Dante apretó suavemente mi brazo contra su cuerpo, como si me estuviera diciendo que me calmara.

—Mantén la cabeza alta —me susurró al oído, y su voz profunda me recorrió la espalda provocándome un escalofrío—. Sonríe. No dejes que nadie vea que estás nerviosa.

Hice lo que me decía. A partir de ese momento, nos convertimos en la pareja perfecta que todos esperaban ver. Dante me presentaba a cada persona con una naturalidad asombrosa, diciendo frases como "mi esposa Aitana", "ella es la persona que me hace cambiar la rutina", "tiene una inteligencia y una fuerza que admiro mucho". Cada palabra suya sonaba tan real, tan sincera, que por momentos yo misma olvidaba que todo era una actuación.

Cuando un conocido suyo le preguntó cómo habíamos conocido, Dante me miró con una ternura que me dejó sin aliento y respondió:

—Fue uno de esos momentos en que el destino decide jugar a tu favor. Ella entró en mi vida cuando menos lo esperaba, y desde entonces todo tiene más sentido.

Yo sentía cómo mis mejillas se ponían rojas. Sabía que eran palabras para el público, pero el modo en que las decía, la intensidad de su mirada… todo parecía demasiado verdadero.

Más tarde, cuando comenzó la música y las parejas se pusieron a bailar, Dante me ofreció la mano.

—Bailamos —no fue una pregunta, sino una afirmación.

Acepté, y me llevó al centro de la pista. Me rodeó la cintura con una mano y tomó mi mano con la otra, acercándome a su cuerpo lo suficiente para que yo pudiera sentir el ritmo de su corazón. Empezamos a bailar despacio, siguiendo la melodía suave que llenaba el salón.

—Lo estás haciendo muy bien —me dijo al oído, su voz baja y cálida—. Nadie sospecha nada.

—Tú tampoco lo haces mal —respondí, atreviéndome a mirarlo a los ojos—. Casi pareces creer lo que dices.

Él se quedó callado un momento. Sus ojos se clavaron en los míos, y por un segundo el ruido del salón, la música, las demás personas… todo desapareció. Solo estábamos nosotros dos, bailando en medio de aquella multitud, sintiendo el calor del otro y una extraña conexión que ninguno de los dos sabía cómo explicar.

—A veces —empezó a decir, muy despacio—, uno dice cosas que no esperaba decir. Y se da cuenta de que, aunque las haya dicho por obligación, encierran algo de verdad.

No supe qué responder. Su mirada se posó en mis labios un instante, y sentí cómo mi respiración se aceleraba. Estuvo a punto de acercarse más, de hacer algo que ninguno de los dos habíamos planeado, pero en ese momento alguien lo llamó por su nombre y el hechizo se rompió.

Dante se separó de mí con un movimiento rápido, recuperando su expresión seria y controlada.

—Tengo que hablar con unos socios. Espérame aquí un momento.

Se marchó sin mirar atrás, dejándome sola en medio de la pista. Me quedé quieta, con el corazón latiendo a mil por hora, intentando entender qué había pasado. Aquella mirada, aquellas palabras, aquel momento de intimidad… ¿había sido solo parte de la actuación? ¿O había algo más debajo de todo ese hielo?

Más tarde, de regreso en el coche, ninguno de los dos dijo una palabra. El silencio era pesado, cargado de algo que no podíamos nombrar. Dante miraba por la ventana, con el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera pensando en algo que le molestaba. Yo me quedé mirando mis manos, sintiendo todavía el calor de su mano en la mía y el recuerdo de su cuerpo pegado al mío mientras bailábamos.

Al llegar a la mansión, bajamos del coche y entramos en silencio. Cuando llegamos a la escalera que nos separaba de nuestras habitaciones, Dante se detuvo y se giró hacia mí.

—Hoy lo hiciste bien —dijo, y su voz sonaba más suave de lo habitual—. Gracias.

—Fue mi obligación —respondí con voz baja.

Él asintió. Se quedó mirándome unos segundos más, como si quisiera decir algo más, pero al final solo negó con la cabeza.

—Buenas noches, Aitana.

—Buenas noches, Dante.

Cada uno se marchó a su habitación. Yo me quedé sentada en el borde de la cama, sin poder dormir, repasando una y otra vez cada momento de la noche. Sabía que debía olvidar lo que había pasado, que debía recordar sus advertencias y no dejar que mis sentimientos jugaran una mala pasada.

Pero también sabía que algo había cambiado entre nosotros. Aquella noche, mientras fingíamos ser una pareja feliz frente al mundo, habíamos descubierto que entre el contrato y las apariencias había un espacio donde la realidad empezaba a confundirse con la ficción.

Y que, si no teníamos cuidado, aquello que habíamos acordado mantener en silencio terminaría por despertar con una fuerza que ninguno de los dos podría controlar.

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FIN DEL CAPÍTULO 3

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