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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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14. Los ojos de Mónica (+18)
El carro de Valentín se detuvo al final de un camino de tierra flanqueado por olivos centenarios. Aparcó junto a una verja de hierro negro. Apagó el motor.
Valentín se aflojó la corbata negra. Desabrochó el primer botón de la camisa gris. Después el segundo. El pelo negro, peinado hacia atrás con gel, le cayó un mechón sobre la frente. Bajó del coche.
El porche de madera crujió bajo sus zapatos. La puerta estaba entornada. La empujó con el dorso de la mano.
En el interior, Inés estaba de espaldas, junto a la mesa. El vestido de algodón blanco le llegaba hasta media pantorrilla. Estaba descalza. Las uñas de los pies pintadas de rojo oscuro estridente. El pelo castaño suelto le caía sobre los hombros.
- “Tardaste”, dijo Inés sin girarse.
- “Tenía que llevarla a casa de mi madre”, respondió Valentín.
- “¿A la vieja? ¿Y qué dijo?”, preguntó Inés
- “Dijo otra”, contestó Valentín.
Inés soltó una risa corta, después se giró. Valentín la miró. El vestido blanco se transparentaba con el sudor de la tarde, dejando ver la línea oscura de los pezones y la curva de las caderas. El lunar pequeño en la cara interna del muslo izquierdo asomaba cuando el vestido se movía.
- “Ven aquí”, dijo Valentín.
Inés caminó hacia él. Se paró a medio metro. Los ojos castaños le brillaban.
- “Huele a otra”, dijo ella. Metió la nariz en el cuello de la camisa de Valentín. Olió. La mandíbula se le tensó. “A perfume barato. A jabón que no es el tuyo”.
Valentín le agarró la muñeca. No con fuerza, pero con firmeza. La misma firmeza con la que había agarrado a Mónica por el muslo la noche anterior.
- “No preguntes”, dijo Valentín.
Inés le sostuvo la mirada. Sus labios se curvaron. No era una sonrisa. Era un gesto de resignación hambrienta, el gesto de alguien que sabe que no va a obtener respuestas y ha dejado de pedirlas.
- “Como quieras”, dijo ella. Y le desabrochó la camisa.
Los botones cayeron uno a uno. La camisa gris se abrió hasta el esternón. El vello negro del pecho de Valentín quedó expuesto. El tatuaje en el hombro derecho, la espada cruzada con la serpiente, se estiró cuando Inés le bajó la prenda por los hombros.
La boca de Inés se cerró sobre un pezón. Valentín respiró hondo. La mano de ella le bajó por el abdomen, por la línea de vello que desaparecía bajo el cinturón. Le desabrochó el pantalón con un gesto que había hecho muchas veces, un gesto que tenía la mecánica de la costumbre y la prisa del deseo.
- “Fóllame”, dijo Inés contra su piel.
Valentín la levantó. Las manos le agarraron los muslos por debajo del vestido blanco. Inés le rodeó la cintura con las piernas, los pies descalzos cruzados en la espalda de él, las uñas rojas de los pies arañando la camisa que aún le colgaba de los hombros. La espalda de Inés golpeó la pared.
Valentín le subió el vestido. No se molestó en quitárselo. Lo levantó por las caderas hasta la cintura. Debajo, Inés no llevaba nada. Su intimidad chocó contra la tela de los calzoncillos negros de Valentín. Él se bajó la prenda con una mano. El miembro erecto asomó, grueso, con la piel estirada y oscura.
La penetró contra la pared. Inés echó la cabeza hacia atrás. El pelo castaño le cayó hacia atrás. El gemido que salió de su boca rebotó en las paredes de la estancia.
- “Más fuerte”, dijo Inés.
Valentín embistió. Los muslos morenos de Inés temblaban con cada golpe. El sonido de carne contra carne llenó la sala, mezclado con el sudor de los dos cuerpos. El lunar del muslo interno izquierdo aparecía y desaparecía con cada embestida.
Valentín la tenía contra la pared, con las manos en sus caderas, marcándole los moretones en la piel morena con la fuerza de los pulgares. Inés le agarraba la nuca, le metía los dedos en el pelo negro despeinado, le tiraba de los mechones que habían perdido el gel.
- “Sí”, jadeó Inés. “Así. Así”.
Valentín cerró los ojos y entonces la vio.
No a Inés. Vio a la otra. Vio los ojos de Mónica. Grandes, mojados, mirándole desde la almohada mientras la penetraba. Los ojos de alguien que no quiere estar allí pero que no puede irse. Los ojos de un animal acorralado que no ha aprendido todavía a morder.
Los abrió de nuevo. Inés estaba ahí. Los muslos morenos le apretaban la cintura, el pelo castaño le caía por los hombros. Pero los ojos no eran los mismos.
Valentín embistió más fuerte. Inés gritó.
- “Dame todo”, dijo Inés contra su oído. La lengua le rozó el lóbulo. Los dientes le mordieron el cartílago. “Córrete dentro”.
Valentín la penetró con más fuerza. Los ojos de Mónica seguían ahí, detrás de los párpados, mirándole desde la oscuridad. La marca de succión en el cuello de Mónica.
Se corrió. Inés gimió y le apretó las caderas con los muslos. El cuerpo de Valentín se tensó como un cable eléctrico y después se aflojó. La respiración le salía en jadeos contra el cuello de Inés.
Se quedó dentro de ella un momento. El miembro palpitaba todavía, vaciándose. Inés le acariciaba la nuca con los dedos.
Valentín la bajó. El vestido blanco cayó cubriendo los muslos morenos. Inés se sentó en la silla de madera. Cogió un higo del cuenco. Lo partió. Se lo comió mirando a Valentín, que se abrochaba el pantalón con la camisa abierta y el pelo despeinado.
- “Te has quedado callado al final”, dijo ella.
Valentín no respondió. Se miró las manos. Las manos que habían agarrado las caderas de Inés. Las manos que habían agarrado las muñecas de Mónica la noche anterior. Las mismas manos.
Horas más tarde, Valentín salió de la casa. El porche de madera crujió. El sol le golpeó la nuca. Se subió al automóvil y arrancó.
Mientras conducía de vuelta por el camino de tierra entre olivos centenarios, se miró en el retrovisor. Los ojos oscuros, casi negros, le devolvieron la mirada. Pero detrás de los suyos, como un reflejo en un cristal oscuro, vio los de Mónica.