Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 16
Capítulo 16
Eran poco más de las seis del martes. El mensaje de Fernanda decía: «Tenemos que hablar».
No contesté. Miré a Damián, dormido a mi lado, y bajé el brillo de la pantalla. No quería que despertara con aquel nombre entre los dos.
Sobre el buró había una nota junto al cargador que me había prestado: «No te vayas sin desayunar». Debió dejarla antes de acostarse. Pasé el dedo por la esquina del papel y volví a leer el mensaje de Fernanda. Me había llamado otras veces para pedir cosas que no eran favores. Podía ignorarla un rato; eso no significaba que fuera a dejarme en paz.
Me levanté para prepararme. Cuando terminé, Damián ya había bajado. Encontré una parte de mi ropa acomodada en el vestidor y la maleta abierta contra la pared. Saqué una blusa de trabajo, todavía doblada por mi madre.
En el antecomedor él leía algo en la tableta. Tenía el pelo húmedo y una camiseta gris. Me detuve un segundo antes de sentarme enfrente; aún no estaba acostumbrada a encontrarlo en una escena que podía repetirse al día siguiente.
—Buenos días, señor Carvajal.
Levantó la mirada.
—Anoche no me decía así.
—Anoche no estábamos desayunando.
No discutió. Tomó su teléfono, escribió y dejó el aparato junto a la taza. El mío vibró.
«Buenos días, esposa. Tu marido».
Doña Meche entró con el desayuno cuando yo todavía estaba buscando qué responder. Le di los buenos días y le agradecí la comida. Luego, debajo de la mesa, escribí: «Váyase al diablo, señor Carvajal».
Damián leyó y volvió a su tableta con una sonrisa apenas contenida.
—Qué carácter tan distinto por mensaje.
—Es el mismo. Nada más lo tiene por escrito.
Meche dejó los chilaquiles y preguntó si quería más café. Esperé a que saliera para darle otro vistazo a la pantalla. Mi respuesta se veía debajo de «tu marido». No borré ninguna de las dos.
Empecé a comer. Meche había añadido pollo deshebrado y champiñones salteados; aparté uno con el tenedor mientras revisaba la hora. Damián dejó su tableta.
Sin preguntar, puso un trozo de aguacate en mi plato y empezó a pasar los champiñones al suyo.
—Puedo quitarlos yo —le dije.
—Ya casi termino.
Me quedé mirándolo. En la prepa me había hecho burla de las montañitas que dejaba en la orilla de la charola. Yo fingía no escucharlo y después, cuando empezamos a comer juntos, él las apartaba antes de darme el plato.
No era una costumbre que yo le hubiera recordado al mudarme. Tampoco una de las cosas que habíamos discutido durante la semana del convenio.
—¿Ahora le gustan? —pregunté.
—Sí.
—Los está dejando en la orilla.
—Para después.
No insistí. Me molestaba que se empeñara en negar un gesto tan pequeño; al mismo tiempo, me habría costado sostener una respuesta sincera. Volví a comer del plato que acababa de arreglarme.
El teléfono vibró otra vez.
Lo giré casi sonriendo, convencida de que me había enviado alguna réplica. La foto tardó un instante en cargar.
Era el Taller Nájera.
Se veía el letrero de mi papá, la cortina a medio bajar y un coche esperando junto a la banqueta. Conocía hasta la esquina despegada del anuncio que aparecía en el vidrio. No podía convencerme de que Fernanda hubiera mandado una imagen vieja o de otro local.
Debajo escribió:
«Sería una lástima que tu papá perdiera el changarro este año. Los caseros a veces se cansan de esperar. Felicidades por tu boda, por cierto».
Lo sabía. La noticia que había corrido por Vértice ya había llegado hasta ella.
Apoyé el teléfono sobre mis piernas. La primera idea fue llamar a mi papá: preguntar si habían ido al taller, si don Ismael había dicho algo, si le estaban ocultando una nueva fecha de pago para no preocuparme. Después pensé en Damián sentado enfrente, en lo que oiría si hacía esa llamada.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada. Fabiola me está mandando cosas.
La mentira salió demasiado rápido. Él miró el teléfono y luego mi plato, donde había dejado el tenedor a medias.
—¿Seguro?
—Sí. ¿Me pasa la crema?
Acercó el tazón. No parecía convencido, pero no volvió a preguntar.
Quise enseñarle la foto. Bastaba con poner el teléfono sobre la mesa. Él conocía a Fernanda, conocía su manera de hablar. Y entonces tendría que explicarle por qué seguía creyendo que podía amenazarme con la renta, qué había conseguido la primera vez que lo hizo.
Borré la conversación antes de que el impulso de mostrársela ganara. No era una solución; mientras confirmaba que quería eliminarla, ya sabía que Fernanda podía escribir otra vez. Solo estaba quitando de su vista algo que yo todavía no sabía contarle.
Dejé el teléfono boca abajo.
—Están buenos los chilaquiles —dije.
Damián miró mi plato y dejó de tocar el suyo.
Al salir del antecomedor, me detuve donde él no podía oírme y marqué al taller.