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La Esposa Rechazada El Amor No Sobrevive a la Humillación

La Esposa Rechazada El Amor No Sobrevive a la Humillación

Status: Terminada
Genre:CEO / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:75
Nilai: 5
nombre de autor: Kassyane Santos

Priscila lo dio todo por Mariano Vance: diez años de amor callado, un hijo y hasta el talento que sostenía en secreto su imperio financiero. A cambio, él le entregó desprecio, una amante instalada en su propia casa y una humillación tras otra delante de todos. Para el poderoso empresario, ella nunca fue una esposa: solo una intrusa a la que castigar por existir.

Pero toda humillación tiene un límite. La noche en que Priscila decide marcharse con su bebé en brazos, algo se rompe para siempre… y algo nace. Sin dinero, sin apellido y sin más armas que su brillante mente para los números, se propone reconstruirse desde cero. Lo que ninguno de los que la pisotearon imagina es que la mujer a la que trataron como sirvienta está a punto de convertirse en su peor pesadilla.

Cuando el destino la coloca frente a Leonardo Monteverde —heredero de un imperio, tan implacable en los negocios como tierno en el amor—, Priscila descubre por primera vez lo que significa ser respetada, deseada y elegida. Sin embargo, el pasado no suelta a sus presas con facilidad: la obsesión, la envidia y la venganza acechan en las sombras, dispuestas a destruir todo lo que ella empieza a reconstruir.

NovelToon tiene autorización de Kassyane Santos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: El café con veneno y la risa de los ciegos.

El miércoles amaneció con un sol radiante que invadía la sala de reuniones del piso treinta del edificio central de Vance Holdings. Los ventanales panorámicos de vidrio ahumado ofrecían una vista espectacular de toda la metrópoli, pero, para Mariano, aquel imperio parecía apenas un poco más agradable esa mañana.

No había llanto de bebé de fondo. No estaba el semblante cansado y demacrado de Priscila recorriendo las habitaciones como una sombra indeseada.

Mariano estaba reclinado en su sillón de cuero italiano, vestido con un traje a medida gris grafito. El reloj de oro relucía en su muñeca mientras sostenía una taza de porcelana con café expreso. A su lado, prácticamente prometida por la postura que adoptaba, estaba Eleonora.

Ella llevaba un conjunto de falda y saco blanco de corte impecable, con un escote sutil que exhibía la gargantilla de diamantes que Mariano le había regalado días atrás. Las uñas largas, pintadas de un rojo sangre, tamborileaban rítmicamente sobre la mesa de vidrio.

—Así que la "ama de llaves" agarró sus trapos y se fue —Eleonora soltó una risa baja, nasal, cargada de una burla tan densa que parecía llenar el aire de la sala. Se inclinó sobre el brazo del sillón de Mariano, deslizándole la mano de forma provocadora por el hombro—. Mi amor, esto es motivo para descorchar un champán, no para quedarte con esa cara pensativa.

Mariano dio un sorbo al café, dejando escapar un poco de aire por la nariz, esbozando una sonrisa presuntuosa y fría.

—¿Pensativo? Yo no estoy pensativo, Eleonora —dijo, con la voz cargada de un desdén absoluto—. Solo me da gracia lo ridículo del asunto. Priscila de verdad cree que sabe jugar. Dejó una cartita dramática, habló de divorcio, de custodia del hijo... Un espectáculo barato para intentar chantajearme.

—¿Chantajearte? —Eleonora se carcajeó, cubriéndose la boca con la mano manicurada de forma afectada—. ¿Con qué? ¿Con su ausencia? Como si alguien fuera a extrañar a una mujer que huele a leche agria y a trapo de piso.

—Exactamente —concordó Mariano, meneando la cabeza con un desdén refinado—. Es una pobrecita, Eleonora. No tiene ni dónde caerse muerta. La madre vive en una casa cayéndose a pedazos en el suburbio y sobrevive a base de pastillas para el corazón. Priscila no tiene un centavo en el banco, no trabaja hace años, no tiene contactos, no tiene clase. Apenas sabe usar la aplicación del banco sin pedirme ayuda.

Eleonora apoyó los labios en el rostro de Mariano, dejándole una marca discreta de labial rojo en la piel, y susurró:

—¿Cuánto tiempo le das para que venga arrastrándose de vuelta?

Mariano miró el reloj de oro y dio otro sorbo a su expreso con total tranquilidad.

—El viernes a más tardar —sentenció, con los ojos brillando de pura arrogancia—. Cuando apriete el hambre, cuando se acaben los pañales del chiquillo y se dé cuenta de que el "orgullo" no paga la cuenta de la luz, va a aparecer en la puerta de mi departamento de rodillas. Va a llorar, va a implorar perdón y va a aceptar cualquier condición que yo le imponga. ¿Y sabes qué? Cuando vuelva, voy a recortarle a la mitad la ayuda que le doy a su madre, para que aprenda a nunca más hacerme una escena.

—Ay, eres muy cruel, mi amor... —se burló Eleonora, derritiéndose en risas falsas mientras se ajustaba la gargantilla en el cuello—. Pero se lo merece cada segundo. Es más, ahora que el departamento está libre de esa presencia desagradable, deberíamos organizar una cena para los directores el sábado. Yo me encargo de actuar como anfitriona oficial. ¿Qué te parece?

—Perfecto —respondió Mariano, esbozando una sonrisa amplia, sintiéndose completamente victorioso y con el control de la situación—. Tú organizas todo. Sin llanto de bebé, sin vestidos baratos de tienda de segunda mano estorbando la vista.

La atmósfera de la sala cambió de inmediato. La complicidad cruel de la burla encendió una llama avasalladora entre los dos. Eleonora se levantó de la silla, rodeó la mesa y se sentó en el regazo de Mariano, pegando el cuerpo al de él y sujetándole la nuca al amante con dedos ávidos.

Los labios de ella encontraron los de él en un beso impetuoso, hambriento, lleno de deseo y provocación. Mariano la sujetó firme por la cintura, atrayéndola contra su pecho mientras repartía besos ardientes por el mentón, bajando por el cuello suave y siguiendo la línea del escote del saco. Eleonora soltó un jadeo alto, echando la cabeza hacia atrás y murmurando el nombre de Mariano entre gemidos sin pudor.

Movidos por la adrenalina y por la sensación de poder impune, se entregaron por completo el uno al otro ahí mismo, sobre la mesa de la oficina. Con caricias atrevidas, respiraciones descontroladas y una pasión desenfrenada, la pareja se unió de forma intensa y febril, hasta que el clímax compartido les arrancó a ambos un gemido visceral y profundo que resonó por las paredes del piso corporativo. Para ellos, aquel momento era la celebración máxima de la victoria sobre la vida de Priscila.

Mientras la intimidad corría suelta en el penthouse de la empresa, la realidad en el pequeño estudio del suburbio se dibujaba en colores completamente distintos.

El cuartito olía a jabón neutro y a lavanda. Sobre el colchón cubierto con una sábana limpia, Killian jugaba alegremente con una cuchara de silicona y un potecito de plástico, soltando risitas deliciosas que llenaban el espacio. La fiebre había desaparecido por completo. Las mejillas del bebé estaban coloradas, y sus ojos brillaban con una salud que hacía tiempo no se veía bajo el techo tóxico de Mariano.

Priscila estaba sentada en una silla de madera sencilla frente a una mesa desvencijada. Vestía unos jeans gastados y una camiseta blanca limpia, el cabello recogido en un rodete firme.

Frente a ella no había lágrimas. No había el desespero que Mariano tanto vaticinaba.

Solo había una laptop vieja, prestada por la Dra. Helena, y una pila de documentos organizados minuciosamente. Priscila estaba revisando informes financieros y planillas de auditoría. Pocos sabían —y Mariano siempre se había encargado de esconderlo y borrarlo—, pero antes de quedar encerrada en el papel de ama de casa invisible, Priscila era una de las mentes más brillantes de su promoción de Administración Financiera. Era ella quien, en las madrugadas de los inicios del matrimonio, corregía los errores grotescos de los informes que Mariano presentaba al consejo de Vance Holdings.

Ella miró al pequeño Killian, que soltó un balbuceo y estiró los bracitos regordetes en su dirección.

Priscila sonrió. Una sonrisa verdadera, sin el peso de la humillación, sin el pavor de oír la llave de Mariano girando en la cerradura.

—Él cree que vamos a arrastrarnos, mi amor —le susurró al hijo, tomando al bebé en brazos y besándole el cuello suave—. Cree que sigo siendo la misma niña asustada que aceptó ser pisoteada para mantener un matrimonio de fachada. Pero su tiempo ya está corriendo.

La Dra. Helena entró al estudio, traída por un taxi, cargando un maletín repleto de documentos oficiales con sellos del tribunal.

—Priscila —dijo la abogada, con una sonrisa victoriosa y acogedora—. La jueza del juzgado de familia acaba de firmar la medida cautelar de custodia exclusiva provisional. Mariano no puede tocarle un dedo a Killian, y el pedido de bloqueo de bienes para la pensión alimenticia ya está sobre la mesa del juez suplente.

Priscila tomó los papeles. Sus manos, por primera vez en un año, estaban absolutamente firmes.

—Gracias, Dra. Helena. Ahora vamos con el segundo paso —dijo Priscila, con la voz fría, serena e implacable—. Quiero mi nombre de vuelta en el mercado. Y quiero que la auditoría de las cuentas de Vance Holdings comience lo antes posible.

Mariano y Eleonora seguían riéndose en la cima del mundo, totalmente ciegos ante el hecho de que la mujer a la que llamaban "basura" e "inútil" estaba tejiendo, en silencio, la soga que iba a colgar el imperio y la arrogancia de ambos.

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