Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Cap 15: Nadie vuelve a pegarte
Lucero me dejó el lado de la cama que quedaba junto a la pared. No me preguntó qué había pasado. Me alcanzó una almohada para que pudiera apoyar el brazo y apagó la luz cuando se lo pedí.
Por la mañana fui con Marta a la valoración de las lesiones. El médico me hizo preguntas, examinó las marcas y dejó constancia de lo que encontraba. Cuando estuvimos a solas le conté también lo que me había hecho yo.
Me daba miedo que, al decirlo, todo lo demás dejara de contar. Él separó ambas cosas en sus preguntas. No borró los golpes de Genaro porque yo hubiera añadido otras heridas. Me explicó que necesitaba atención por las dos.
Salí cansada, con citas que tendría que cumplir y una copia de las indicaciones. Marta guardó los documentos mientras yo intentaba ponerme el suéter sin rozarme el brazo.
No fui a la final de basquetbol. Lucero volvió contando que Santiago y Mateo se habían ido antes de acabar y que el equipo perdió. Nadie sabía por qué abandonaron un partido que podían ganar.
Lo supe después por ellos.
Habían esperado a Ulises en el camino a la casa donde se quedaba entre semana. El Oso le cerró la salida. Santiago llevaba unas varas y le pegó hasta que Ulises dejó de intentar defenderse y empezó a pedir que parara.
Mateo me contó poco. Lo suficiente para que entendiera que no había sido una pelea entre iguales.
—Le dijo que era por ti —añadió—. Que no volviera a tocarte. Ni él ni nadie de su casa.
No pregunté cuántos golpes le había dado. Ulises regresó cojeando y no quiso decir quién lo había hecho. Lo vi de lejos cuando Marta me acompañó a recoger ropa. Se apartó de la puerta antes de que yo llegara.
Sentí alivio. Lo reconocí, aunque no me gustara que mi alivio dependiera de que alguien le hubiera hecho daño. Durante tanto tiempo había sido yo quien se apartaba que me quedé un segundo sin saber qué hacer con el paso libre.
Le pregunté a Santiago por qué no me había dicho nada antes.
—Porque ibas a decirme que no.
—No sabes qué te habría dicho.
Él bajó la vista. No me pidió perdón. Tampoco convirtió lo ocurrido en una broma. Entendí que su ayuda podía llegar más lejos de lo que yo le pedía, y que eso tendría que aprender a discutírselo.
Mientras seguían las diligencias, me quedé con los Ontiveros. La historia llegó al colegio de todos modos. Algunos me trataban con un cuidado que me hacía sentir peor; otros querían saber detalles que nunca les hubiera contado por voluntad propia.
Beatriz me cambió de lugar junto a Rogelio para que pudiéramos compartir material. Yo le pedí que lo reconsiderara. Me dijo que lo hablaríamos después de la semana de evaluaciones. No parecía haber entendido cuánto me costaba tenerlo tan cerca.
Rogelio apareció una tarde fuera de casa de Lucero. Lo encontré al bajar con una bolsa de basura.
—Dicen que estás viviendo con Santiago.
Señalé el edificio.
—Aquí vive Lucero.
—Pues él anda diciendo que nadie se te acerque. ¿Qué quieres que piensen?
Llevaba un cubrebocas para no tener que mostrar la costra del labio y responder preguntas. Quise pasar de largo. Rogelio me agarró la manga.
—Te estoy hablando.
—Y yo no quiero hablar contigo.
Me bajó el cubrebocas de un tirón.
Nos quedamos quietos. Vi cómo cambiaba la forma en que miraba mi cara: ya no estaba buscando una respuesta que le diera la razón.
—¿Te volvió a pegar Ulises?
Le aparté la mano y me cubrí otra vez.
—No tienes derecho a hacer eso.
Le hablaba de tocarme, de decidir que podía verme porque se había enojado. Entré y cerré antes de que contestara.
Las entrevistas para decidir dónde iba a vivir ocuparon los días siguientes. Yo pedí irme con mi abuela Remedios. Ella vino del rancho, habló con quienes llevaban el caso y repitió que podía cuidarme, que siempre me había cuidado. Propuso alquilar un cuarto cerca del colegio, aunque todavía necesitaba encontrar uno que pudiera pagar.
Yo pensaba en su patio mientras llenaban las hojas. Había empezado a creer que, después de todo, iba a regresar con ella sin tener que renunciar a la escuela.
Entonces aparecieron los padres de Genaro.
Efraín y Cuca. No los conocía. Mi papá apenas los mencionaba y yo había aprendido a no preguntar. Se presentaron con documentos, comprobantes de pensión y una propuesta para vivir en la ciudad cerca del Monteverde.
La decisión no se tomó solo aquella mañana ni por una cifra. Habían revisado dónde podía alojarme cada familia, quién estaría conmigo y cómo seguiría estudiando. También hablaron conmigo. Dije que quería a Remedios, que con los otros no había vivido nunca.
La resolución provisional me dejó al cuidado de Efraín y Cuca. Mantendrían contacto con quienes supervisaban el caso y tendrían que garantizar que Genaro no volviera a castigarme. La situación de mi padre seguiría revisándose.
Yo oí la palabra provisional y no conseguí sentirla como alivio. Iba a irme con dos desconocidos mientras mi abuela esperaba al otro lado del pasillo, con las manos metidas entre las rodillas.
—Podemos seguir pidiendo lo que necesitas —me explicó Marta—. Esto no cierra todo.
Asentí porque todos estaban esperando una reacción. Lo único que quería era ir a sentarme junto a Remedios.
Cuca se acercó antes. Me pidió que levantara la cara y miró el moretón que quedaba junto a la mandíbula.
—Te pareces a Azucena.
—A tu madre —añadió sin dejar de mirarme—. A ella sí la conocí.
Solo entonces se volvió hacia Herminia.
Mi madrastra apretó los labios. Cuca no retiró la mirada hasta que Efraín la llamó. Me pregunté cuánto había allí de cariño por mí y cuánto de una pelea vieja entre adultos.
Tenían un alojamiento alquilado para empezar. Pensaban vender la casa del pueblo y establecerse en la ciudad. Efraín me dijo que no había hecho aquel viaje para verme abandonar los estudios.
No sonó cariñoso, pero tampoco me pidió que agradeciera la cama antes de verla.
Santiago nos esperaba afuera. Me puso un teléfono usado en la mano. Tenía una esquina de la pantalla estrellada.
—Todavía funciona.
—No puedo pagártelo.
—No te lo estoy vendiendo. Guarda ahí los números. El mío ya está.
Lo encendí. Me pidió que comprobara que podía llamar y me explicó dónde recargarlo. Eran cosas sencillas; ninguna sonaba a una promesa que dependiera de que él estuviera cerca cuando la necesitara.
—No se lo des a medio colegio —añadió—. El número, digo.
Me salió una risa y tuve que sujetarme el labio.
Antes de subir al coche con Efraín y Cuca, copié también el de Marta. Luego el de Praga. El de Lázaro lo tenía doblado en el cuaderno y lo buscaría al llegar.
Mi abuela se despidió por la ventanilla. Esta vez pude decirle cómo íbamos a hablarnos antes de que se alejara.