Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 10. SANTUARIOS DE LUZ Y ALIANZAS INESPERADAS
Las montañas del norte siempre habían sido un territorio inhóspito, un laberinto de cumbres nevadas y desfiladeros de roca gris donde el viento aullaba como un alma en pena. Damian guiaba el todoterreno negro a través de una pista forestal congelada, mientras Asmodeo miraba fijamente por la ventanilla, con la mandíbula apretada. El Rey Demonio llevaba horas inusualmente silencioso. El lazo místico con Rosaly seguía latiendo en su pecho como un faro de calor, una necesidad constante que lo empujaba a terminar esta misión lo antes posible para regresar al lado de su Alfa.
—Estás tenso, mi señor —comentó Damian, sin apartar los ojos de la carretera helada—. ¿Te preocupa el reencuentro con Morgana?
Asmodeo soltó un bufido, ajustándose los puños de la camisa negra bajo su abrigo de paño de diseño.
—No me preocupa ella, Damian. Me preocupa la reacción de Rosaly cuando se entere de cómo se desarrollen las cosas aquí. Mi lobita tiene un carácter de armas tomar, y esos ojos zafiro suyos cuando se pone celosa… —una sonrisa involuntaria y cargada de afecto cruzó las facciones perfectas del Rey—. Digamos que prefiero evitar que me calcine antes de que podamos celebrar nuestra primera cita formal. Además, Morgana siempre fue una mujer rencorosa. El santuario de la Sombra de Ébano solía ser un lugar lúgubre, plagado de trampas de sangre. Mantén la guardia alta.
El vehículo se detuvo frente a una inmensa hendidura en la roca viva, la entrada oculta al legendario Santuario del Norte. Los dos demonios bajaron del coche, exhalando sutiles hilos de vapor debido al frío polar. Damian colocó la mano sobre la empuñadura de su daga, esperando encontrarse con un ejército de gárgolas o necrófagos custodiando el umbral del templo de las brujas.
Sin embargo, en cuanto cruzaron el umbral de piedra, ambos se quedaron petrificados. La sorpresa fue mayúscula.
El lugar no era la fortaleza oscura y tétrica que Asmodeo recordaba de sus años de juventud. Las paredes de roca ya no goteaban sangre ni estaban cubiertas de runas malditas; en su lugar, hiedras verdes y flores de invierno que brillaban con una luz dorada y celestial trepaban por las columnas. El aire no olía a azufre ni a muerte, sino a ozono limpio, a sándalo y a lavanda fresca, un aroma que a Asmodeo le recordó instantáneamente al Spa de su reina.
—¿Qué demonios es esto? —murmuró Damian, entornando los ojos grises, desconcertado por el cambio de energía—. Esto no es magia oscura, mi señor. Esto es pura magia blanca.
—Alto ahí, viajeros del abismo —una voz suave, melodiosa pero cargada de una autoridad incuestionable, resonó desde lo alto de la escalinata principal del santuario.
De entre las luces doradas emergió una mujer de una belleza serena, vestida con túnicas blancas y plateadas que parecían flotar a su alrededor. Tenía el cabello castaño largo trenzado con hilos de oro y unos ojos verdes que destilaban paz y sabiduría. No había rastro de la malicia ni de la mirada desquiciada que caracterizaba a Morgana.
Asmodeo dio un paso al frente, alzando las manos en un gesto de tregua, aunque sus ojos rojos brillaron con curiosidad.
—He venido buscando a la Reina Bruja Morgana. Soy Asmodeo Vane, Rey del…
—Sé perfectamente quién eres, Asmodeo —le interrumpió la mujer, bajando las escaleras con parsimonia—. Tu reputación te precede en los tres planos. Pero lamento informarte de que has hecho un viaje en vano si buscas a Morgana. Ella ya no es la reina de este aquelarre, y este lugar ya no le pertenece.
Asmodeo arqueó una ceja, visiblemente sorprendido
—¿Y quién eres tú entonces?
—Mi nombre es Celeste —se presentó la mujer, esbozando una sonrisa amable—. Soy la nueva Reina Bruja del Santuario del Norte. Morgana fue expulsada y despojada de su corona hace casi tres años por el consejo de ancianas de nuestro clan. Su obsesión por las artes oscuras, la nigromancia y los pactos prohibidos cruzó una línea que la magia blanca y las leyes de la naturaleza no podían tolerar. Intentó corromper el núcleo de poder del santuario, y tras una cruenta batalla espiritual, la desterramos para siempre.
Damian dio un paso al frente, cruzándose de brazos.
—Un demonio renegado al que interrogamos ayer en la ciudad afirmó que Morgana había sellado un pacto con un Alfa licántropo llamado Gustav para abrir un portal masivo utilizando un artefacto robado de nuestro tesoro real.
El rostro de Celeste se ensombreció de inmediato, y la luz dorada de la habitación flaqueó por un segundo, reflejando su preocupación.
—Eso confirma mis peores temores —suspiró la reina bruja—. Tras su expulsión, Morgana no se rindió. Se llevó consigo a una facción de brujas rebeldes y resentidas, fundando su propio clan clandestino. Hemos estado intentando rastrearlas, pero Morgana es una experta en los velos de ocultación de sangre. Ahora entiendo por qué no podíamos localizarla en el norte… se ha escondido en el sur.
Asmodeo apretó los puños, atando cabos con su mente estratégica de rey.
—Está oculta en los bosques que rodean el territorio de la manada Tierra de Fuego, la manada del Alfa Arthur. Está usando la guerra del licántropo Gustav como una cortina de humo.
—Sí, pero hay algo que no encaja —intervino Damian, analizando la situación con su lógica militar—. Si Morgana y su clan están desplegando velos de ocultación tan potentes para esconder a todo un ejército de demonios renegados y lobos rebeldes, la firma mágica debería ser gigantesca. Cualquier patrulla de lobos con un olfato decente o cualquier sensor místico habría detectado anomalías en el aire. A menos que…
Celeste asintió, completando la frase del general demonio.
—A menos que los propios guerreros de Gustav no conozcan toda la verdad. Morgana es astuta. Para evitar ser descubierta por el Rey Demonio o por el consejo licántropo superior, mantiene el artefacto y a su propio clan de brujas oscuras en un núcleo extremadamente reducido y aislado dentro del bosque. Lo más probable es que los soldados rasos de Gustav y los demonios menores que atacan las fronteras crean que solo están participando en una guerra de guerrillas tradicional por el control de la manada. No tienen ni idea de que están sirviendo de catalizadores y sacrificios para un ritual de apertura de un portal masivo. Morgana los mantiene ignorantes para que sus auras no delaten la ubicación exacta del santuario oscuro.
Asmodeo soltó una maldición entre dientes. La jugada de la exreina bruja era brillante: usar peones ignorantes para desviar la atención mientras ella cocinaba el fin del mundo en un rincón escondido del bosque. Lo que ella no imagina es que, gracias al Spa de Rosaly y al interrogatorio del sótano, sus planes habían quedado completamente al descubierto.
—Esto duplica el peligro para la manada de mi reina —sentenció Asmodeo, y la mención de Rosaly hizo que sus ojos rojos ardieran con una determinación implacable—. Si Morgana está jugando al escondite místico, mis guerreros y los lobos de la manada Tierra de Fuego seremos ciegos ante sus ataques hasta que sea demasiado tarde. Necesito romper esos velos de ocultación, Celeste. Necesito la contramagia de tu santuario.
La Reina Bruja de magia blanca miró fijamente al soberano del abismo. Pudo ver en sus ojos que no se trataba de una simple misión de conquista o deber real; había un lazo sagrado, un amor puro y protector hacia una cambiaformas que guiaba cada uno de sus movimientos.
—La magia de Morgana es fuerte, Asmodeo, y un simple pergamino con un contrahechizo no bastará para romper sus defensas sobre el terreno —declaró Celeste con firmeza, enderezando los hombros—. Ella fue mi hermana de armas antes de corromperse, y es mi responsabilidad enmendar el daño que su clan oscuro está causando en el mundo humano. No os daré una fórmula mágica. Os acompañaré yo misma.
Damian y Asmodeo parpadearon, sorprendidos por el ofrecimiento.
—¿Viajarás con nosotros al territorio licántropo? —preguntó el general, arqueando una ceja.
—Así es —asentó Celeste, haciendo un gesto con la mano. De inmediato, tres de sus brujas de luz más poderosas emergieron de las sombras del templo, portando báculos de madera blanca y cristales de cuarzo—. Viajaré con una parte de mi clan. Uniremos nuestras fuerzas a las de la manada Tierra de Fuego y a tus guerreros, Asmodeo. Mis chicas y yo nos encargaremos de rastrear las fluctuaciones de energía en el bosque, romperemos los velos de ocultación de Morgana y la obligaremos a dar la cara. Es hora de que el Santuario del Norte limpie su nombre de una vez por todas.
Asmodeo esbozó una sonrisa de medio lado, una mezcla de alivio y respeto absoluto hacia la nueva soberana.
—Es el mejor trato de negocios que he cerrado en este siglo, Celeste —declaró el Rey Demonio, ofreciéndole la mano a la bruja blanca para sellar el pacto—. Nos marchamos de inmediato. El viaje de vuelta a la manada va a ser largo, y mi hermosa Alfa me está esperando. Más nos vale llegar a tiempo antes de que empiece el primer asalto.
Con la alianza mística firmada y un ejército de brujas de luz en el asiento trasero, los demonios emprendieron el viaje de regreso hacia el sur. El tablero de ajedrez estaba completo, y la exreina Morgana no tenía ni idea de que su peor pesadilla —su antiguo amante y su sustituta en el trono— se dirigían directos hacia ella.