Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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Un Fuego en la Penumbra
La noche avanzó e inexorablemente llegó el momento que ambos temían por razones completamente opuestas.
Las damas de compañía habían retirado el pesado vestido de novia de Anastasia, reemplazándolo por una camisón de seda blanca de encajes finos y una bata a juego. La reina se encontraba sentada al borde de la inmensa cama con dosel en la cámara real, iluminada únicamente por el resplandor cálido del fuego de la chimenea y un par de candelabros de bronce.
En su primera vida, Anastasia había pasado esta hora temblando bajo el velo, sumida en un ataque de pánico mientras esperaba a que su esposo hiciera uso de sus derechos conyugales o la tratara con crueldad. Recordaba cómo Nataniel había entrado, rígido como una estatua, para darle la espalda junto a la ventana y recitarle un discurso helado sobre las reglas del castillo y la lealtad obligatoria, antes de marcharse a su estudio privado sin siquiera tocarla.
La puerta de roble de la habitación se abrió con un crujido pesado.
Nataniel ingresó en la estancia. Había retirado su corona y su túnica oficial, vistiendo únicamente una camisa de lino negro con el cuello ligeramente desabrochado y pantalones oscuros de montar. Su rostro lucía sumamente tenso, con las facciones marcadas por el cansancio y el conflicto interno.
Tal como en el pasado, el rey caminó con pasos mecánicos hacia el gran ventanal que daba a los abismos del castillo. Desabrochó su pesada capa militar y la dejó caer sobre una silla, dándole la espalda a Anastasia durante varios minutos de un silencio sofocante.
Nataniel estaba librando una batalla campal dentro de su mente. El deseo de acercarse a ella, de tomarla entre sus brazos y expresarle la devoción desesperada que sentía lo ahogaba; pero el recuerdo de los castigos de su padre y el terror atroz de aterrarla o ser rechazado por ella lo paralizaban por completo. En su mente, la única forma de proteger la dignidad de ambos era mantener una distancia insuperable.
—A partir de esta noche... —comenzó a decir Nataniel con esa voz grave, profunda y helada que retumbaba en las paredes de piedra, recitando exactamente el mismo discurso que Anastasia recordaba—. Vuestra vida, vuestra seguridad y vuestro nombre pertenecen enteramente a este castillo, Anastasia. No os faltará ningún lujo, ninguna joya...
Antes de que pudiera terminar la frase que en la vida pasada había destrozado el corazón de la reina, Anastasia se puso de pie en silencio.
Sin hacer el menor ruido sobre la alfombra, caminó directamente hacia el rey.
Nataniel continuaba hablando con la mirada fija en el cristal de la ventana, forzándose a mantener la voz firme:
—...pero exijo de vos una lealtad absoluta e intachable hacia la corona y hacia mi persona. Las imprudencias no serán...
Anastasia extendió la mano y posó suavemente sus dedos sobre el brazo del rey, justo por encima del codo.
El discurso de Nataniel se cortó de golpe. El monarca se congeló como si hubiera sido petrificado por un hechizo. El leve toque de los dedos de Anastasia a través de la tela de su camisa pareció enviarle una descarga eléctrica por toda la columna vertebral.
Lentamente, como un gigante temeroso de romper algo frágil, Nataniel giró la cabeza para mirarla.
Anastasia estaba de pie a pocos centímetros de él. La luz de la chimenea perfilaba su rostro pálido y hacía brillar sus ojos con una compasión y un afecto tan intensos que Nataniel sintió que las rodillas le flaqueaban.
—No tenéis que darme órdenes de comandante en nuestra noche de bodas, Nataniel —dijo Anastasia con una voz tan suave que pareció un susurro de brisa nocturna—. No soy un soldado de vuestro ejército ni una prisionera en este castillo. Soy vuestra esposa.
Nataniel parpadeó desorientado, con el aliento atrapado en la garganta. Sus pupilas se dilatan salvajemente.
—Anastasia... yo... —tartamudeó el rey, perdiendo por completo la elocuencia y el control que tan celosamente guardaba—. Vos... no comprendéis...
—Comprendo más de lo que imagináis —lo interrumpió ella, dando un leve paso más cerca, rompiendo la barrera de espacio personal que los separaba—. Sé que el peso de la corona es enorme y que gobernar este reino requiere una fuerza inquebrantable. Pero dentro de estas paredes, en esta habitación, no tenéis que ser el tirano de Veloria. No tenéis que llevar vuestra armadura ante mí.
Nataniel la miraba fijamente, incapaz de articular palabra. El rey sentía que el suelo bajo sus pies se tambaleaba. En sus recuerdos de infancia, cualquier muestra de vulnerabilidad se pagaba con violencia y encierro; nunca nadie le había dicho que podía quitársela la armadura. Jamás nadie le había ofrecido un refugio.
Con un temblor imperceptible en sus manos gruesas y curtidas por la espada, Nataniel alzó lentamente un brazo, como si quisiera tocar la mejilla de Anastasia, pero se detuvo a escasos milímetros de su piel, aterrorizado de que ella se apartara o de que su torpeza la asustara.
Anastasia vio la duda y el dolor reprimido en la mirada del monarca. En lugar de retroceder, la reina inclinó ligeramente la cabeza y posó su propia mejilla contra la palma de la mano de Nataniel, aceptando su contacto con absoluta entrega.
El rey ahogó un gemido en la garganta. El calor de la piel de Anastasia contra su mano dura fue una sensación tan pura y sobrecogedora que las lágrimas amenazaron con agolparse detrás de sus ojos oscuros. Su agarre se volvió infinitamente cuidadoso, acariciando el pómulo de su esposa con un dedo tembloroso, tratando a la reina como si fuera la joya más sagrada y frágil del universo.
—Jamás os haré daño, Anastasia —susurró Nataniel con una voz rasposa, quebrada por la emoción contenida, revelando por primera vez en su vida la grieta en su armadura de piedra—. Te juro por mi alma... que prefiero morir antes que dejar que el dolor toque vuestra vida.
—Lo sé —respondió ella, mirando el abismo de devoción que brillaba en los ojos del rey—. Sé que me protegeréis.
Esa noche, Nataniel no huyó a su despacho privado. Aunque la torpeza y el respeto sagrado que sentía por ella le impidieron poseerla con prisa, el monarca se recostó a su lado en la gran cama. Por primera vez en su existencia, el temible rey de Veloria durmió abrazado al cuerpo de la mujer que amaba, sosteniéndola contra su pecho durante toda la noche con el miedo constante de que al despertar descubriera que todo había sido un hermoso e imposible sueño.