«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 23: El primer quiebre de la distancia
El cielo sobre la ciudad pareció romperse a medianoche. Una tormenta implacable, cargada de relámpagos que teñían la suite de un blanco fantasmal, comenzó a azotar los ventanales con una violencia inusitada. El estruendo de los truenos hacía vibrar los cristales de la mansión Cross, pero para Dayana, el verdadero peligro no estaba afuera, sino en el eco que ese mismo sonido despertaba en los rincones más oscuros de su memoria.
En la inmensidad de la cama king-size, Dayana permanecía completamente despierta, con los ojos fijos en el techo abovedado. Cada ráfaga de viento contra la estructura de la casa aceleraba sus pulsaciones. Intentó cerrar los ojos y concentrarse en la respiración acompasada de Nolan, quien descansaba a una distancia prudencial en el lado opuesto del colchón, pero fue inútil. El sonido del agua golpeando furiosamente el exterior actuó como un detonante psicológico, arrastrándola de vuelta al peor día de su vida.
La memoria del trauma la asaltó sin piedad. Volvió a sentir el frío glacial de la lluvia calando sus ropas, el desespero corriendo por sus venas y la inmensidad de las puertas de la catedral gótica donde su propia familia la había dejado a su suerte. Recordó la humillación, los gritos de desprecio de su padre y la frialdad con la que firmaron su destierro social y financiero, abandonándola bajo el diluvio como si fuera un objeto defectuoso del que debían deshacerse para salvar las apariencias. Aquella noche, la lluvia se había llevado su dignidad; hoy, la tormenta amenazaba con robarle la cordura.
Incapaz de seguir soportando la opresión en el pecho, Dayana se deslizó fuera de las sábanas de seda con movimientos milimétricos, cuidando de no despertar al hombre a su lado. Descalza y abrazándose a sí misma para contener el temblor de sus hombros, cruzó la penumbra de la habitación principal y empujó la pesada puerta de madera que conducía a la biblioteca privada de la suite.
El refugio entre las sombras
La biblioteca era un santuario de doble altura, revestido de estanterías de roble oscuro que albergaban miles de volúmenes antiguos y documentos legales. El olor a cuero viejo y papel envejecido solía calmarla, pero esta noche el espacio se sentía inmenso y abrumador. Sin encender las luces para no delatar su posición, Dayana se encaminó hacia uno de los grandes sillones de orejas situados cerca de la chimenea apagada. Se acurrucó en el asiento, encogiendo las piernas y ocultando el rostro entre las rodillas, mientras los destellos de los rayos iluminaban intermitentemente las hileras de libros.
—Pensé que habías aprendido que esconderse en la oscuridad no resuelve los problemas.
La voz grave, profunda y perfectamente modulada de Nolan resonó desde el umbral de la puerta, haciéndola saltar ligeramente de la sorpresa.
Dayana levantó la cabeza. Nolan estaba de pie bajo el marco de la entrada. No vestía su habitual armadura de trajes a medida; llevaba únicamente un pantalón de dormir negro y una camisa de algodón oscuro semiabierta, despojado de toda la formalidad corporativa que usaba para intimidar al mundo. Sin embargo, su sola presencia seguía llenando la habitación por completo.
—No podía dormir —murmuró Dayana, con la voz rota por el cansancio y la vulnerabilidad— La tormenta... es demasiado ruidosa.
Nolan no respondió de inmediato. Caminó con paso firme y silencioso hacia la mesa auxiliar, encendió una pequeña lámpara de luz cálida que atenuó la agresividad de los relámpagos y, para sorpresa de la joven, se sentó en el sofá de cuero frente a ella. No había prisa en sus movimientos, ni la fría impaciencia que mostraba en las juntas de Cross Enterprises.
—No es la tormenta lo que te asusta, Dayana —dijo él, fijando sus ojos oscuros en el rostro pálido de la joven— Tus pupilas están dilatadas y estás conteniendo el aliento cada vez que el agua golpea con más fuerza. Estás experimentando un ataque de pánico. ¿Por qué?
Dayana desvió la mirada, apretando los puños sobre la tela de su camisón. No quería mostrarse débil ante el hombre que controlaba su destino a través de un contrato. Pero la fatiga emocional de los últimos días, sumada a la violencia del clima, rompió sus defensas.
—La noche en que mi familia me despojó de todo... la noche en que mi padre me echó a la calle y mi hermana Vanessa se quedó con mi vida, estaba cayendo una tormenta exactamente igual a esta —confesó, con un hilo de voz que amenazaba con quebrarse— Me dejaron frente a las escalinatas de la catedral. Recuerdo el sonido del agua bendita mezclándose con el lodo de la calle, y a mi padre subiéndose al auto sin mirarme ni una sola vez. Para él, yo nunca fui una hija; fui una mala inversión que no dio los dividendos esperados. Su indiferencia dolió más que la propia traición.
Cicatrices compartidas
Un silencio denso se instaló en la biblioteca, interrumpido solo por el rugido lejano de un trueno. Dayana esperó una respuesta fría, un recordatorio de que el pasado no importaba en los negocios, o un análisis táctico de cómo usar ese dolor contra los Logan. Pero lo que recibió fue algo que jamás habría esperado del Emperador de Hielo.
Nolan apoyó los codos sobre sus rodillas, entrelazando las manos mientras miraba las sombras que se proyectaban en el suelo. Cuando volvió a hablar, su tono de voz había bajado un octavo, desprovisto de cualquier rastro de arrogancia.
—La gente cree que heredé Cross Enterprises porque era el primogénito consentido —comenzó Nolan, con una amargura implacable filtrándose en sus palabras— La verdad es que mi padre y mis tíos intentaron destruirme antes de que cumpliera los veinticinco años. Vieron mi ambición como una amenaza para sus propios intereses mediocres. Montaron una junta directiva falsa, falsificaron firmas y me acusaron de malversación para despojarme de mis acciones y expulsarme del apellido.
Dayana levantó la vista, completamente atónita. Jamás había escuchado esa parte de la historia del magnate; en los medios, Nolan Cross era un titán infalible que siempre había estado en la cima.
—¿Tu propia familia hizo eso? —preguntó en un susurro.
—Mi propia sangre —afirmó Nolan, con los ojos brillando con una intensidad peligrosa— La noche en que gané el juicio y retomé el control de la compañía, obligué a mi propio tío a firmar su renuncia mientras sufría un colapso nervioso en esta misma oficina. No tuve piedad. Aprendí de la manera más dura que la única forma de proteger un imperio es congelando el corazón. Si dejas una sola grieta de humanidad, la misma gente que dice amarte la usará para clavar el cuchillo más profundo. Por eso me volví despiadado, Dayana. Porque ser blando en este mundo significa terminar destruido bajo la lluvia, justo como te pasó a ti.
El quiebre del hielo
Las palabras de Nolan calaron hondo en el pecho de Dayana. Por primera vez, no vio al CEO implacable que manejaba las acciones con un chasquido de dedos, sino a un hombre que cargaba con sus propias cadenas de oro, un sobreviviente de la misma guerra de orgullo y traición que ella estaba librando. La distancia insalvable que el contrato había impuesto entre ambos pareció desvanecerse en la calidez de la pequeña lámpara de la biblioteca.
Movida por una oleada de empatía e impulsada por la necesidad de conectar con la única persona que realmente entendía el peso de su dolor, Dayana se inclinó hacia adelante. Sin pensarlo, de manera completamente inconsciente, extendió su mano temblorosa y acarició suavemente el dorso de la mano de Nolan, que descansaba sobre el borde del asiento.
La piel de Nolan estaba ardiente en comparación con el frío de los dedos de ella. Al sentir el contacto, el magnate se tensó visiblemente. Su cuerpo se volvió rígido como el mármol y Dayana, asustada por su propia audacia, intentó retirar la mano de inmediato, temiendo haber cruzado una línea prohibida en su acuerdo platónico.
No pudo hacerlo.
Antes de que ella pudiera apartarse, la mano de Nolan se movió con una rapidez felina pero increíblemente controlada. En lugar de apartarla o reprenderla con una mirada gélida, sus dedos largos y fuertes se deslizaron entre los de ella, sujetándola. Con una suavidad que jamás había mostrado a ningún ser humano, Nolan entrelazó sus dedos con los de Dayana, anclándola a la realidad y absorbiendo el temblor de su cuerpo mientras la tormenta continuaba rugiendo con fuerza en el exterior.
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