Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Dos días después, Emiliano y doña Teresa llegaron a mi casa.
Trajeron dos coches llenos de regalos: suplementos, vinos, joyería, piezas de oro y una propuesta de dote de cinco millones de pesos.
Mi papá se puso nervioso.
—No, no. Somos gente sencilla. Con que traten bien a mi hija, basta.
Doña Teresa lo tomó con paciencia.
—Don Ernesto, no queremos comprar nada. Queremos mostrar respeto.
Mi papá aceptó los regalos después de mucha insistencia, pero de la dote solo recibió doscientos mil pesos de manera simbólica.
Emiliano y doña Teresa comieron todo lo que mi papá preparó y lo elogiaron tanto que él por fin se relajó.
Los dos mayores se entendieron rápido.
Al final fijaron la cena de compromiso para el viernes siguiente, en casa de los Fuentes.
Cuando se fueron, mi papá tarareaba por la calle. A los vecinos les decía:
—Mi hija se va a comprometer.
Verlo tan feliz me hizo pensar que quizá esa era la elección correcta.
Al día siguiente, antes de irme al trabajo, mi papá me detuvo con una libreta bancaria.
—Valeria, antes de comprometerte, devuelve el dinero de los Alcázar. Así cortas de raíz.
—Papá...
—Tengo doscientos mil. Tú tienes tu bono de cien mil. Consigue lo demás.
Quise negarme, pero él me obligó a aceptar.
Calculé de nuevo: estudios y tratamiento, quinientos mil pesos.
Podía usar los doscientos mil de mi papá, mis cien mil y completar con parte del dinero simbólico que dejó Emiliano. Si después no nos casábamos, se lo devolvería.
Primero llamé a doña Marcela.
Me rechazó en frío.
—No necesito tu dinero.
Colgó.
Entonces marqué el número que todavía recordaba.
Alejandro contestó con voz baja.
—¿Quién habla?
—Soy Valeria.
Hubo silencio.
—¿Qué quieres?
—Devolver el dinero de mis estudios y mi tratamiento. Son quinientos mil. Dame una cuenta.
Soltó una risa fría.
—¿Devolver dinero? ¿Qué truco es este? Tú amas el dinero.
—Piensa lo que quieras. Solo quiero cerrar esto. Cuando lo recibas, no tendremos nada pendiente.
—Tu dinero me da asco. Quién sabe con qué hombre te acostaste para conseguirlo.
Me tembló la mano.
—¿Emiliano también cuenta como cualquiera? Eres presidente de Grupo Alcázar. Habla como tal.
—Santiago también te dejó por Renata. ¿De verdad crees que Emiliano va en serio contigo?
Sonreí con rabia.
—El próximo viernes nos comprometemos. Llegará tu invitación. Puedes venir con tu novia.
Su respiración se cortó.
—Si quieres pagar, ven ahora al Grupo Alcázar.
Colgó.
Fui.
En recepción no había cita a mi nombre. Llamé varias veces. No contestó.
Cuando estaba por irme, el elevador privado se abrió. Alejandro salió con traje negro.
Me vio y siguió caminando como si no me conociera.
Lo alcancé.
—Me citaste y no respondes. ¿Me estás jugando?
Se detuvo.
—Sí. ¿Y qué?
Lo seguí hasta la entrada, donde su secretaria, Sofía, lo esperaba.
—Señor Alcázar, los empresarios ya están en el club de golf.
Saqué la tarjeta.
—Aquí están los quinientos mil. Revísalos y se acabó.
—No los acepto. ¿Quieres entrar limpia a la familia Fuentes? No te voy a dar el gusto.
—¿Qué quieres para dejarme en paz?
Su sonrisa fue peligrosa.
—Sube al coche.
—¿Para qué?
—Hay un contrato que quiero cerrar con el señor Gómez. Si me ayudas a firmarlo, acepto tu dinero y no vuelvo a buscarte.
—No soy esa clase de mujer.
—No te sobrevalores. Solo vas a acompañarlo y beber un poco. ¿Vienes o no?
Solo quería terminar.
Subí.
En el coche me pegué a la puerta. Él notó el gesto y se burló.
Llegamos a un club de golf. Varias chicas jóvenes recibían a los invitados. Una encargada informó que los empresarios ya estaban en el campo.
Alejandro entró primero a un vestidor. Yo lo seguí sin entender.
Cerró la puerta.
—¿Qué haces?
Se acercó.
—¿Esa pulsera es la de cinco millones? Valeria, de verdad tienes talento.
—Digas lo que digas, cumple tu palabra. Si cierro tu contrato, aceptas mi dinero.
—¿Tan segura estás? ¿O confías en tu habilidad para seducir hombres?
—Solo quiero no volver a verte.
Su rostro se oscureció.
—Entonces más te vale esforzarte.
Quise salir.
—Voy a esperar afuera mientras te cambias.
—No finjas pudor. Ya nos vimos desnudos. ¿O quieres provocarme?
Le sonreí con desprecio.
—¿No decías que te doy asco? ¿Ahora estás pidiendo?
Me jaló hacia él.
—Lo regalado no se desprecia. Si me ruegas, puedo darte lo que Santiago y Emiliano no pudieron.
—Ellos son mejores que tú.
Me sujetó del cuello.
Por un momento no pude respirar.
Cuando me soltó, caí al piso tosiendo.
—Espérame afuera —dijo, como si nada.
Salí con las manos temblando.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero