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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:13.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA LLAMADA DESESPERADA EN LA NOCHE

El reloj de pared del estudio marcaba pasadas las diez de la noche. En la cocina de la Mansión Bustamante, el silencio solo era interrumpido por el tictac pausado del péndulo y el murmurlo apagado de doña Anahí, quien caminaba de un lado a otro con el rostro surcado de lágrimas y las manos unidas en un gesto de súplica silenciosa. María Fernanda ya se había dormido en su habitación, arrullada por los sedantes suaves que la abuela le había administrado para mantenerla alejada del caos que se vivía al otro lado del pasillo.

Federico Montiel colgó el teléfono tras la reveladora y alarmante charla con el doctor Duarte. El sudor frío le perlaba la frente. Sabía perfectamente lo que implicaba la orden del médico: debía cruzar la ciudad, tocar la puerta de la cafetería o de la casa de Ana Belén Gallego, y convencer a una mujer que había sido abruptamente rechazada e insultada pocas horas antes de que regresara a la boca del lobo para salvarle la vida a un hombre soberbio y terco.

—No me queda de otra —murmuró Federico para sí mismo, pasando una mano temblorosa por su cabello entrecano.

Tomó las llaves del vehículo auxiliar y salió de la mansión a toda prisa. El trayecto nocturno por las calles semivacías duró apenas veinte minutos, pero para el asistente se sintieron como horas eternas. Cuando por fin estacionó frente al edificio de la cafetería, notó que una tenue luz aún se filtraba por la rendija de la puerta principal. Ana Belén seguía allí, terminando de limpiar los últimos rastros de la jornada, con el corazón todavía estrujado por la manera tan violenta en que Jeremías había huido de su lado.

¡Toc, toc, toc!

Un golpe insistente y urgente resonó en la puerta de cristal. Ana Belén frunció el ceño, dejando el trapo sobre la barra con cautela. A estas horas nadie tocaba de esa manera, a menos que fuera una emergencia. Caminó hacia la entrada, descorrió el cerrojo y abrió la puerta apenas unos centímetros, encontrándose con el rostro pálido y desencajado de Federico Montiel.

—¿Federico? ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿Le pasó algo a la niña o a doña Anahí? —preguntó ella de inmediato, sintiendo un vuelco en el estómago al ver la desesperación reflejada en los ojos del asistente.

—Buenas noches, Ana Belén... Perdón que aparezca así, de esta manera, pero necesito su ayuda con desesperación —dijo Federico con la voz entrecortada, cruzando el umbral sin esperar invitación y juntando las manos en un gesto de ruego—. Es don Jeremías. Está al borde del colapso.

Ana Belén sintió que el enojo que aún albergaba por la huida del magnate se desvanecía al instante, reemplazado por una punzada de profunda inquietud.

—¿Qué quieres decir con que está al borde del colapso? ¿Se lastimó? ¿Tuvo un accidente?

—No es un accidente físico tradicional, es... es algo mucho más complejo —explicó Federico, pasándose las manos por la cara, visiblemente avergonzado de tener que revelar detalles tan íntimos, pero acorralado por la urgencia médica—. Tras salir corriendo de aquí, la reacción emocional y el deseo tan intenso que acumuló al besarla le provocaron un cuadro clínico gravísimo. Tiene una fiebre altísima, delirios, su cuerpo está ardiendo y... y su miembro se mantiene en una erección violenta y dolorosa que no cede por ningún método farmacológico. El doctor Duarte estuvo al teléfono y nos dio un diagnóstico lapidario: su organismo está sufriendo una intoxicación pasional y un priapismo por represión y estímulo extremo. Dice que ningún sedante servirá, que su mente y su cuerpo se han obcecado con usted... y que si no viene a calmarlo y a descargar esa energía a su lado, Jeremías puede sufrir un daño vascular irreversible o morir de un colapso cerebral esta misma noche.

Ana Belén abrió los ojos de par en par, con la respiración suspendida en la garganta. El rubor le subió de golpe por el cuello hasta las mejillas, tiñendo su piel blanca de un rojo intenso mientras procesaba la magnitud de lo que el asistente le estaba confesando. ¿Un deseo tan desbordado como para causarle fiebre y poner en riesgo su vida? ¿Su cuerpo reaccionando de esa manera tan visceral al contacto de ambos?

—¿Me estás diciendo... me estás pidiendo que vaya a la mansión a acostarme con él para salvarle la vida? —preguntó Ana Belén con la voz temblorosa, dando un paso atrás, dividida entre el estupor, el orgullo herido y el miedo a enfrentarse a la monumental anatomía de Jeremías y a la intensidad de sus propios sentimientos.

—Le estoy pidiendo que lo salve, Ana Belén —respondió Federico con una sinceridad descarnada, mirándola directamente a los ojos—. Sé que él se comportó como un imbécil, que huyó como un cobarde por culpa de su propio orgullo y del miedo a que lo rechacen. Sé que no se merece que usted mueva un solo dedo por él después de cómo la trató. Pero debajo de toda esa coraza de amargura y arrogancia, es un hombre que se está consumiendo y que solo necesita que alguien le demuestre lo contrario. Si usted no va, temo lo peor.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Ana Belén cerró los ojos por un instante, recordando la mirada de profunda vulnerabilidad y vergüenza con la que Jeremías había pronunciado un escueto "perdóname" antes de escapar despavorido. Comprendió que el orgullo del magnate era solo una armadura de papel frente a sus propias inseguridades.

—Dame dos minutos... —suspiró ella con resignación, pasando de la sorpresa a una mezcla de compasión y un fuego interno que se negaba a admitir del todo—. Voy por mi bolso. Vamos a ver a ese testarudo antes de que le dé un infarto por orgullo.

El trayecto de regreso fue un torbellino de pensamientos para Ana Belén. Al llegar a la Mansión Bustamante, Federico la guio sigilosamente por los pasillos hasta la planta baja, evitando que doña Anahí los viera para no generar falsas expectativas, aunque la matriarca ya intuía el plan del fiel asistente.

Federico abrió la puerta de la habitación principal con extrema suavidad y se retiró de inmediato, cerrando por fuera para darles absoluta privacidad.

La escena en el interior era dantesca y magnética a la vez. En medio de la enorme cama con sábanas revueltas, Jeremías yacía semidesnudo del torso, con la piel brillante de sudor febril, respirando con dificultad y soltando gemidos ahogados de dolor y frustración. Sus ojos verdes, febriles y desorientados, se abrieron de golpe cuando sintió la corriente de aire al abrirse la puerta.

Al ver la silueta de Ana Belén recortada en el dintel, el magnate contuvo el aliento. Creyó que era una alucinación más de su delirio nocturno.

—¿Ana Belén...? —susurró él con la voz rota y ronca, intentando incorporarse con torpeza sobre los codos mientras su cuerpo entero temblaba—. ¿Eres tú... o es mi mente jugando conmigo otra vez?

Ana Belén cerró la puerta tras de sí, respiró hondo para aplacar los latidos desbocados de su propio corazón, y comenzó a caminar hacia la cama con paso firme, dispuesta a domar al león herido.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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