Ella es una maestra que se sacrifica por salvar a su clase, pero su vida no termina con un sacrificio solo cambia de mundo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Banquete 1
Caroline estaba agotada.
Completamente agotada.
Después de meses de trabajo, reuniones, decisiones, presupuestos, planos, constructores, profesores y un sinfín de pequeños problemas que parecían multiplicarse cada vez que solucionaba uno, finalmente podía respirar.
La Escuela Ashford estaba funcionando.
Y había sido un éxito.
Pero había algo que la hacía sentirse todavía más feliz que cualquier elogio.
No eran los comentarios de las familias.
Tampoco los cumplidos de los nobles.
Ni siquiera las personas que se acercaban para decirle lo bondadosa, hermosa o generosa que era la hija de la duquesa Ashford.
Aquello le agradaba, por supuesto.
Pero no era lo que llenaba su corazón.
Lo que realmente la hacía feliz eran los niños.
Las sonrisas.
Sus ojos brillantes.
La emoción al entrar a una sala de clases.
La curiosidad cuando abrían un libro.
La felicidad al descubrir algo nuevo.
Y, sobre todo, aquella gratitud que no parecía tener ningún interés detrás.
Era una gratitud inocente.
Sincera.
Una pequeña sonrisa de un niño podía hacer que todo el cansancio de meses desapareciera.
[Esto es lo que quería.]
Caroline sonrió al recordar aquella primera jornada.
[Esto es exactamente lo que quería.]
Y precisamente cuando pensaba que nada podía hacerla más feliz...
Descubrió que su madre había preparado un banquete.
Uno bastante grande.
—¡¿Esto es un banquete?!
Caroline se quedó frente a las puertas del salón.
Había mesas perfectamente decoradas.
Candelabros.
Flores.
Música.
Decenas de invitados.
Y comida.
Mucha comida.
Caroline miró a su madre.
La duquesa Ashford tenía una expresión de absoluta satisfacción.
—Es una ocasión importante.
Caroline sonrió.
—Madre...
—Has trabajado mucho.
—Sí.
—Y estoy orgullosa de ti.
Caroline sintió que el corazón se le ablandaba.
—Gracias.
La duquesa sonrió.
—Ahora ve a disfrutar.
Caroline regresó a sus aposentos para prepararse.
Y ahí apareció otro pequeño problema.
¿Qué vestido elegir?
Después de varios minutos frente al armario, tomó una decisión.
Escogió uno especialmente hermoso.
Era elegante.
Femenino.
Y, a diferencia de los vestidos que había utilizado la antigua Caroline...
Este resaltaba claramente su figura.
La cintura.
Las curvas.
Y, por supuesto...
Su considerable busto.
Caroline se miró frente al espejo.
Giró un poco.
Después hacia el otro lado.
Sonrió.
[¿Qué?]
Volvió a mirarse.
[¡Si tengo atributos, tengo que usarlos!]
Se acomodó el cabello.
[Además, no estoy haciendo nada malo.]
Sonrió.
[La antigua Caroline se escondía.]
[La nueva Caroline va a disfrutar.]
Se puso algunos accesorios.
Una última mirada al espejo.
Y salió.
Al principio, al entrar al salón, se sintió un poco tímida.
Había demasiadas personas.
Demasiadas miradas.
Algunos nobles la saludaban.
Otros felicitaban su trabajo.
Al principio respondía con pequeños gestos y sonrisas.
—Gracias.
—Es usted muy amable.
—Me alegra que haya podido asistir.
Pero poco a poco se relajó.
Después de todo...
Era Caroline.
La mujer que había vivido una vida completamente diferente.
La mujer que había tenido que tratar diariamente con niños.
La mujer que había aprendido a desenvolverse frente a todo tipo de personas.
Y además...
Era coqueta.
Una vez que se sintió cómoda, comenzó a conversar con mucha más libertad.
Sonreía.
Bromeaba.
Escuchaba historias.
Incluso consiguió hacer reír a un pequeño grupo de jóvenes nobles.
[Esto está mucho mejor.]
Tomó una copa y comenzó a caminar por el salón.
Y entonces lo vio.
Un hombre.
Caroline redujo la velocidad.
Era alto.
Muy alto.
Tenía el cabello blanco, corto y perfectamente arreglado.
Sus ojos eran de un llamativo color celeste.
Pero lo que realmente llamó su atención fue su mirada.
Fría.
Intensa.
Con algo peligrosamente calculador.
Y llevaba una capa celeste con blanco que caía elegantemente sobre sus hombros.
Caroline se quedó observándolo.
Un segundo.
Dos.
Tres.
[Oh.]
Apartó la mirada inmediatamente.
[¡No!]
Caminó un poco más rápido.
[¡No lo mires!]
Miró hacia otro lado.
[¡Caroline, no lo mires!]
Pero sus ojos regresaron hacia él.
Solamente un instante.
[¡Maldición!]
Volvió a mirar hacia otro lado.
Su corazón comenzó a latir un poco más rápido.
[Esto no es posible.]
El hombre estaba conversando tranquilamente con otro noble.
Parecía completamente indiferente a todo lo que ocurría alrededor.
Caroline apretó ligeramente la copa.
[Es exactamente igual.]
Intentó recordar.
Los personajes de sus novelas.
Los villanos de aquellas historias de romance oscuro que había leído tantas noches.
Hombres altos.
Hermosos.
Elegantes.
Fríos.
Con miradas capaces de hacer que una protagonista sensata tomara las peores decisiones de su vida.
Y aquel hombre...
Parecía haber salido directamente de una de esas novelas.
Caroline tragó saliva.
[¡No!]
Se obligó a mirar hacia otro lado.
[Es solamente un hombre.]
Dio otro paso.
[Es un hombre atractivo.]
Otro.
[Extremadamente atractivo.]
Otro.
[¡Demasiado atractivo!]
Se detuvo.
[¡Y yo no debería estar pensando estas cosas!]
Recordó su propia promesa.
No buscaría hombres peligrosos.
No buscaría protagonistas de romance oscuro.
No buscaría hombres misteriosos con miradas intimidantes.
Ella quería una vida tranquila.
Una vida agradable.
Una vida llena de libros, vestidos, niños felices y tranquilidad.
[Así que no voy a acercarme.]
Perfecto.
Decisión tomada.
Caroline respiró profundamente.
[De ninguna manera voy a...]
Volvió a mirar.
El hombre seguía allí.
[Qué ojos tan bonitos.]
Caroline cerró los ojos.
[¡DEJA DE MIRARLO!]
Se giró rápidamente.
Una doncella que estaba cerca la observó con curiosidad.
—¿Mi lady?
—¿Sí?
—¿Se encuentra bien?
Caroline sonrió con absoluta naturalidad.
—Perfectamente.
[Estoy teniendo una batalla interna contra mis propios gustos literarios.]
Tomó un pequeño sorbo de su copa.
[Esto va a ser un problema.]
Porque Caroline ya había aprendido algo importante.
Podía controlar sus palabras.
Podía controlar sus decisiones.
Podía controlar su comportamiento.
Pero sus ojos...
Sus ojos parecían tener voluntad propia.
Y cada pocos segundos volvían inevitablemente hacia aquel hombre de cabello blanco.
El hombre que parecía un villano.
El hombre que parecía salido de uno de sus romances oscuros.