Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 3
Cap 3: De vuelta, como si nada
Herminia abrió la puerta antes de que mi papá terminara de sacar las llaves.
—¡Pero mira qué grande estás! Pásale, mija.
Me apretó los cachetes. Aguanté hasta que me soltó, con la bolsa todavía colgada del hombro. Detrás de ella estaba el mismo departamento rentado, cerca de la planta de autopartes donde trabajaba Genaro. Sabía dónde iba a dejarme dormir antes de que me enseñara el cuarto.
—Saluda bien —dijo mi papá.
—Gracias por recibirme, mamá.
Me costó decir la última palabra. Herminia me miró, quizá sorprendida de que no tuviera que pedírmela dos veces, y después sonrió hacia Genaro.
—¿Ves? Nos vamos a llevar muy bien.
Él entró satisfecho. Yo dejé la bolsa donde me indicó ella. En la otra vida había contestado que mi mamá estaba muerta; aquella noche aprendí que ni siquiera esa palabra me pertenecía si a Herminia le molestaba oírla.
Ahora necesitaba que mi papá cumpliera lo que le había prometido a mi abuela: inscribirme en la escuela. Si para conseguirlo tenía que llamarle mamá a esa mujer, podía hacerlo.
A la hora de la cena, Herminia me sirvió tantos frijoles que el caldo llegó al borde del plato.
—Come. Allá se ve que no te alimentaban bien.
Llevaba horas con hambre. Se me fue la mano hacia la cuchara, pero me acordé de su voz diciendo "tragona" cada vez que yo pedía más. Si dejaba comida, en cambio, se la enseñaba a mi papá para que viera lo desagradecida que era.
Miré los dos lugares vacíos.
—Mejor espero a mis hermanos. Para comer todos juntos.
Genaro asintió y se sirvió agua. Herminia dejó la olla en la estufa. Yo mantuve las manos debajo de la mesa para no tocar la cuchara.
Ulises llegó poco después, con un balón de básquet bajo el brazo. A los quince años ya le sacaba una cabeza a mi papá, pero arrojó el balón en medio del paso para que alguien más lo recogiera.
—¿Y esta?
—La hija de tu papá Genaro —dijo Herminia—. Ya les había dicho que iba a venir.
Él se sentó enfrente de mí.
—¿La del rancho? ¿La que se quedó sin mamá?
Esperó mi respuesta con una sonrisa. Busqué a mi papá por costumbre, como si esta vez fuera a decirle que se callara. Genaro tomó un trago de agua.
—Sí —contesté.
—Pues sí estás bien prieta.
Agarró una tortilla del montón y empezó a comer. Yo me quedé mirando el plato. Podía decirle que mi papá no era suyo, que ni siquiera éramos hermanos, pero conocía a Herminia: bastaría eso para que la falta de respeto fuera la mía.
No quería terminar la primera noche castigada antes de haber preguntado por la escuela.
—¡Hola, hermanita!
Me volví hacia su voz.
Bianca acababa de salir de su cuarto. Llevaba un vestido rosa y un moño que se había puesto torcido. Tenía diez años. Se acercó a darme un beso y yo aparté la cara sin poder evitarlo.
—¿Qué? —preguntó.
La había visto estirar los brazos. Todavía recordaba sus manos contra mi pecho, el escalón que ya no estaba bajo mi pie. Ahora una de esas manos descansaba en mi hombro, esperando que yo la saludara.
Herminia nos estaba mirando.
—Me mareé en el camión —dije—. Todavía me siento rara.
Bianca aceptó la explicación. Me tomó de las manos y empezó a contarme que me enseñaría la colonia, que había una tienda cerca, que podíamos jugar juntas. Yo apenas oía las palabras. Me fijé en sus dedos cortos y tuve que recordarme que aquello todavía no había pasado.
Pero yo sí lo había vivido.
—Sí, jugamos —le contesté al fin.
Bianca se sentó y empezó a contarle algo a su mamá. Aproveché para comer. Al menos el hambre seguía siendo una cosa sencilla: sabía qué hacer con ella.
Cuando Genaro terminó, aparté mi plato.
—Papá, ¿cuándo vamos a lo de la escuela?
—Hay que ver.
Herminia recogió su vaso antes de que yo pudiera insistir.
—De eso quería hablar contigo, Genaro. En Puente Negro están buscando aprendices de doce a dieciséis años. Dan casa, comida y hasta paga.
Se quedó junto a él, con el vaso en la mano.
—La niña aprende un oficio y se mantiene. Porque aquí los gastos ya los tenemos encima. ¿De dónde vamos a sacar para otra escuela?
Puente Negro.
Dejé de escuchar un momento. Recordaba las conversaciones en voz baja, años después de aquella cena: muchachas que se habían ido a trabajar y no regresaban, familias que seguían preguntando por ellas. Lo que ofrecían como aprendizaje acababa en trata.
Entonces yo no lo sabía. Ahora sí.
Miré a mi papá. Esperaba que rechazara la idea por su cuenta, aunque solo fuera porque acababa de traerme. Él se limpió la boca y preguntó:
—¿Y qué les enseñan?
—Pues un oficio, Genaro. Ya preguntamos bien. El caso es que no va a estar aquí de arrimada. Para una mujer, aprender a ganarse la vida vale más que tanto estudio.
"Ya preguntamos." ¿Con quién? Quise hacérselo decir, pero si mostraba lo que sabía podía ponerla sobre aviso. No tenía pruebas ni una persona en aquella mesa dispuesta a creerme.
Herminia se volvió hacia mí.
—¿Cómo ves, mija?
Me obligué a contestar antes de que tomara mi silencio por permiso.
—Se oye bien. Con casa y comida ya no se gasta tanto, ¿verdad?
—Claro. Para que veas que estoy buscando lo mejor para ti.
—A Ulises le convendría.
Él levantó la cabeza.
—¿A mí qué?
—Tienes quince. Sí entras. Y siempre dices que no te gusta la escuela.
—Yo no voy a ir a ninguna parte.
Herminia dejó el vaso sobre la mesa.
—Estamos hablando de ti, Daniela. A tu hermano no lo metas.
—Bueno. Cuando Bianca cumpla doce, entonces. Le guarda un lugar y…
—¡Bianca va a seguir estudiando!
Me callé. No hacía falta preguntarle por qué para sus hijos no quería esa oportunidad. Ya lo había dicho delante de Genaro.
Volteé hacia él.
—Yo también quiero estudiar, papá. Por eso me trajo mi abuela.
—Y nadie ha dicho que no —se apresuró a decir Herminia—. Estamos viendo qué le conviene a cada quien.
—¿Puedo ir a la escuela de Bianca?
—Esa cuesta —dijo mi papá.
Me dolió lo rápido que lo contestó. Para la otra hija la escuela ya estaba pagada; conmigo había que empezar por discutir si valía la pena.
—Entonces a otra. Pero que sea una escuela. Soy tu hija también.
Genaro miró a Herminia. Ella recogió el plato de Ulises con demasiado ruido.
—Luego no quiero quejas de que el dinero no alcanza.
—Ya, mujer. Primero que presente un examen de admisión. Si lo pasa, que estudie. Si no, tendrá que trabajar.
—¿Entonces sí me vas a inscribir para presentarlo? —pregunté.
—Sí, Daniela. Ya te dije.
Bajé la mirada al plato para que no viera mi alivio. No me había prometido cuidarme ni había defendido mis ganas de estudiar. Pero había dicho que sí, delante de todos, y por esa noche necesitaba conservar ese sí.
Herminia me mandó a recoger la mesa. Lavé los platos sin volver a mencionar Puente Negro.
Después me llevó al cuarto de Bianca y señaló una cortina de plástico. Detrás había un colchón en el suelo, pegado a la pared húmeda.
—Aquí vas a dormir. Mañana acomodas tus cosas. No hagas ruido, que tu hermana se levanta temprano.
Esperé a que saliera y levanté una esquina de la cobija. Olía a moho. Del otro lado de la cortina, Bianca se metía en una cama seca.
—Apaga cuando acabes —me dijo.
Dejé la bolsa junto al colchón. Mi abuela había metido la ropa limpia; no quería que amaneciera oliendo igual que las cobijas. Busqué un lugar apartado de la pared y me acosté vestida.
En la otra vida pasé un invierno enferma en ese rincón. Recordé a Herminia diciéndome que dejara de toser, que no dejaba dormir a nadie. Me incorporé para pedirle otra cobija, pero me quedé sentada, pensando qué iba a pasar si lo hacía.
Genaro acababa de aceptar lo del examen. Ella estaba esperando que le diera un motivo para volver a quejarse de mí.
Me dolió tener que medir hasta eso.
Aparté la parte más húmeda y busqué dónde apoyar la espalda. Desde la cama de Bianca llegó una respiración larga, tranquila. Se había dormido.
Me dieron ganas de llorar. Si ella me oía, podía venir a preguntarme qué tenía. No habría soportado que intentara consolarme.
Pensé en mi abuela, en lo que habría sentido al verme allí. Me había pedido que estudiara. Yo le había prometido avisarle si me trataban mal.
Iba a necesitar las dos cosas. Pasar el examen para quedarme en la escuela y encontrar a alguien que pudiera llevarle un mensaje. Antes de que Herminia decidiera por mí adónde tenía que ir.